Nada más llegar a Alicante, mandé al ayudante del Capitán que fuera a informarse de las decisiones que teníamos que tomar. Después de los años que han pasado, nunca he olvidado aquel momento. Me hicieron una propuesta, y yo, como un imbécil, no la acepté, y mi error no me costó la muerte porque no había llegado mi hora, como sí les llegó a muchos otros: al bajar del coche, la mujer que vino con nosotros se acercó a mí, y me dijo: -"¡Véngase conmigo!". Yo le dije que no. Ella insistió: -"Mire que no embarcarán. Lo sé muy bien. Se lo repito. ¡Véngase conmigo!". Yo le digo que no insista, que ya está decidido. -"Pues deme sus señas". -"Yo no tengo en estos momentos", le digo. Ella me preguntó: -"¿Cómo se llama?". Y yo le contesté: -"Es igual; no hace falta que se lo diga".
Le di dos botes de leche condensada, que llevaba varios, y marchó derramando lágrimas por mi tozudería de no ir con ella, con lo segura que estaba de que no embarcaríamos. Bajó el ayudante, que también tenía cara de imbécil -quizá más que yo-, con su naranjero en la mano, diciendo que no había aclarado nada.
22.1.08
21.1.08
55
Yo estaba en el internado Durruti, con el escuadrón divisionario llamado Grupo Continente, que nos mandaron por los acontecimientos que provocaron los comunistas. Nos bajaron al frente de Valencia, en respaldo del Comité Nacional de la C.N.T., sito en la calle de La Paz.
El escuadrón del Grupo Continente eran una clase de hombres que no eran inteligentes, porque les había pasado como a mí -la mayoría ni habían ido a la escuela- pero a fuerza de bregar en las avanzadillas, combates, retiradas y otras tareas que se les mandaba, se forjaron de tal manera, que siempre estaban dispuestos a jugarse la vida por la causa.
Era el 28 de Marzo de 1939. Me encontraba a las tres de la madrugada en la calle de La Paz, esperando la orden de partir para Alicante, para embarcar sin saber a dónde. Estaba requisando una rueda de recambio, y se acercó una mujer joven, y me preguntó: "¿Van ustedes a Alicante?". Yo le dije que sí, pero que íbamos tres, el capitán y su ayudante, que estaba presente. Con que le dije: "Ves arriba al Comité y pregúntale si puede venir una mujer en el viaje". Según dijo ella, el poder trasladarse se trataba de vida o muerte. No llevaba más que una carpeta bajo el brazo. Al rato, bajó el ayudante, y dijo que ya podíamos marchar. Así que emprendimos viaje a Alicante.
El viaje parecía cosa de temerarios. Los coches se sucedían fuera de la carretera. Hasta que se hizo de día, fue un temor constante. No te daban con el cruce de las luces. Iban con las largas continuamente. Yo, desde luego, conduje a todo lo que me daba el acelerador. Así que, allá cerca de las nueve, llegamos a Alicante.
El escuadrón del Grupo Continente eran una clase de hombres que no eran inteligentes, porque les había pasado como a mí -la mayoría ni habían ido a la escuela- pero a fuerza de bregar en las avanzadillas, combates, retiradas y otras tareas que se les mandaba, se forjaron de tal manera, que siempre estaban dispuestos a jugarse la vida por la causa.
Era el 28 de Marzo de 1939. Me encontraba a las tres de la madrugada en la calle de La Paz, esperando la orden de partir para Alicante, para embarcar sin saber a dónde. Estaba requisando una rueda de recambio, y se acercó una mujer joven, y me preguntó: "¿Van ustedes a Alicante?". Yo le dije que sí, pero que íbamos tres, el capitán y su ayudante, que estaba presente. Con que le dije: "Ves arriba al Comité y pregúntale si puede venir una mujer en el viaje". Según dijo ella, el poder trasladarse se trataba de vida o muerte. No llevaba más que una carpeta bajo el brazo. Al rato, bajó el ayudante, y dijo que ya podíamos marchar. Así que emprendimos viaje a Alicante.
El viaje parecía cosa de temerarios. Los coches se sucedían fuera de la carretera. Hasta que se hizo de día, fue un temor constante. No te daban con el cruce de las luces. Iban con las largas continuamente. Yo, desde luego, conduje a todo lo que me daba el acelerador. Así que, allá cerca de las nueve, llegamos a Alicante.
20.1.08
54
El descontento era general. La gente andaba sin rumbo fijo. Por todas partes se oían voces de la dimisión de Negrín y de la Junta de Casado. Valencia era un montón de escombros. Las calles estaban llenas de basura maloliente. En las casas de prostitutas, subían y bajaban los milicianos a bandadas. Había mujeres que, sin moverse de la cama y comiendo cacahuetes, tenían una cola de catorce o quince hombres esperando el turno. Y la mujer esperándoles desnuda en la cama sin tomarse un respiro o un descanso de hombre a hombre, ni lavado, ni mucho menos revisión médica. Conducir se hacía imposible; la gente andaba por el medio de la calle sin miedo a que se les atropellase. A mí se me dieron muchos casos de ir con el coche y, hasta que estabas a la altura de la gente, no se movía.
Los cuatro o cinco bares principales que había estaban abarrotados de gente que entraba y salía continuamente. Servían un licor que le llamaban vermut, que de hecho parecía un líquido inflamable. Se armaba cada pelea que acababa en un infierno con todo roto sistema Tejas, ya desde varios días hasta el final de la guerra.
Los cuatro o cinco bares principales que había estaban abarrotados de gente que entraba y salía continuamente. Servían un licor que le llamaban vermut, que de hecho parecía un líquido inflamable. Se armaba cada pelea que acababa en un infierno con todo roto sistema Tejas, ya desde varios días hasta el final de la guerra.
19.1.08
53
Entonces, a primeros de Febrero del 39, me destinaron de enlace al Comité Nacional de la C.N.T. de Valencia, que estaba en la calle La Paz. Estaba con un grupo de choque, que se llamaba la Compañía divisionaria. Y estábamos hospedados en el internado Durruti, que estaba en una calle al lado de las Torres de Cuarte. Todo el mes de Marzo se vivía con una inquietud desesperante. La gente andaban como autómatas; andaban por las calles, les pitabas con el claxon y no se apartaban. Nosotros estábamos alerta, porque se temía la dimisión de Negrín. Los comunistas se revolucionaron, y nosotros íbamos tomando posiciones, anticipándonos a los desmanes comunistas. Hubo unos cuantos brotes, pero se rindieron enseguida. En Madrid hubo muchas escaramuzas hasta que marchó Negrín. Después vino el pacto de Casado. Parece que dieron algunas garantías de seguridad, pero nosotros desconfiábamos mucho.
En una reunión con el grupo, ya habíamos planeado de cargar víveres, adentrarnos en las montañas de Cullera y trasladarnos a campo través hasta Francia. Pero resulta que llegaron noticias de Madrid, que nos darían toda clase de facilidades para embarcar al extranjero, y fuimos engañados como chinos.
En una reunión con el grupo, ya habíamos planeado de cargar víveres, adentrarnos en las montañas de Cullera y trasladarnos a campo través hasta Francia. Pero resulta que llegaron noticias de Madrid, que nos darían toda clase de facilidades para embarcar al extranjero, y fuimos engañados como chinos.
18.1.08
52
Estaba de servicio con un Capitán Instructor, y un día fue a educar un Batallón, que eran recuperados de la "Quinta del Saco". Se les denominaba así porque siempre iban con el saco al hombro, y muchos de ellos llevaban una piel de oveja en la espalda. Les hacían marcar el paso, y ni hecho adrede lo hubiesen hecho peor. Andaban con paso cansino y con desgana, como ancianos de ochenta años. Yo me preguntaba: "¿Con eso vamos a ganar la guerra? Aviados estamos". La primera noche que les mandaron a las avanzadillas, se pasaron casi todos. Daban un aspecto desolador.
Estaba esperando al Capitán, que terminase las diligencias con ellos, y uno que iba rezagado me dijo que, si lo llevaba a su pueblo, matarían un pollo para invitarme a comer. Y que hacía mucho tiempo que no había visto a la familia. Yo le dije: "¿Cuánto hace que no les has visto?". Y dice: "15 días". Entonces le dije que se fuera antes no pasase otra cosa. En todo el tiempo que iba de guerra, yo no los había visto más que una vez.
Ya viendo aquellos sucesos, y otros similares, te hacía reflexionar que las cosas no marchaban bien.
Estaba esperando al Capitán, que terminase las diligencias con ellos, y uno que iba rezagado me dijo que, si lo llevaba a su pueblo, matarían un pollo para invitarme a comer. Y que hacía mucho tiempo que no había visto a la familia. Yo le dije: "¿Cuánto hace que no les has visto?". Y dice: "15 días". Entonces le dije que se fuera antes no pasase otra cosa. En todo el tiempo que iba de guerra, yo no los había visto más que una vez.
Ya viendo aquellos sucesos, y otros similares, te hacía reflexionar que las cosas no marchaban bien.
17.1.08
51
En cambio, por las cercanías de Valencia se hacía intransitable. Había unos hidroaviones que volaban raso y, cuando llegaban a tu altura, te ametrallaban y tiraban dos bombas de mano, y éramos blanco seguro. Operaban siempre de noche, y tenían la base en Palma de Mallorca. Hasta que emplazaron unas ametralladoras antiaéreas, y me enteré que se cargaron por lo menos dos. Entonces circulábamos tranquilos. Se decía que los aviadores eran hijos de Valencia, y por eso eran muy conocedores del terreno.
Llegamos a principios del 39, y el gobierno de Negrín no dejaba de repetir "Resistir es Vencer". Y nosotros, cada día para atrás. Hacía mucho tiempo que habían marchado las Brigadas Internacionales, y nuestro ejército se resintió mucho. Yo estuve en Valencia cuando se marcharon, y se fueron llorando. Todos decían que, tan valientes y mejores compañeros, no los había por ninguna parte; y que marcharon forzados, sabiendo que del otro lado no marchaba ninguno. Que aquello era una trampa para perder la guerra. Después, la gente ya desconfiaba. La Quinta Columna ya actuaba descaradamente. En el Grado de Valencia, los bombardeos eran continuos. Sagunto lo habían asolado. Los obreros nunca pararon de trabajar y, si no, subiendo y bajando a los refugios. Yo estuve allí de servicio dos o tres veces, y considero que aquella gente se merece un monumento por su heroísmo.

Foto: Brigadistas Internacionales.
Llegamos a principios del 39, y el gobierno de Negrín no dejaba de repetir "Resistir es Vencer". Y nosotros, cada día para atrás. Hacía mucho tiempo que habían marchado las Brigadas Internacionales, y nuestro ejército se resintió mucho. Yo estuve en Valencia cuando se marcharon, y se fueron llorando. Todos decían que, tan valientes y mejores compañeros, no los había por ninguna parte; y que marcharon forzados, sabiendo que del otro lado no marchaba ninguno. Que aquello era una trampa para perder la guerra. Después, la gente ya desconfiaba. La Quinta Columna ya actuaba descaradamente. En el Grado de Valencia, los bombardeos eran continuos. Sagunto lo habían asolado. Los obreros nunca pararon de trabajar y, si no, subiendo y bajando a los refugios. Yo estuve allí de servicio dos o tres veces, y considero que aquella gente se merece un monumento por su heroísmo.
Foto: Brigadistas Internacionales.
16.1.08
50
Una noche, sobre las doce, se presentó el francés (que llamábamos "el Español") y dice: "¡He encontrado una mina!". Con que marchamos cuatro rodeando el pueblo. Una vez pasado el control, él no decía nada, y nosotros, un poco moscas, andábamos tras él que casi no lo podíamos seguir. Hacía 1,85 metros de alto. Hasta que, un poco más adelante, vimos que había un bulto gordo. Con que, al llegar, vimos que era una pierna de búfalo congelada. Así que la cargamos entre los cuatro, y fuimos para cara casa, rodeando el control para que no nos vieran. Comimos carne durante varios días, que la tuve que freír para que no se nos malmetiera.
Resulta que "el Español" fue a Valencia y, de vuelta, llegó a un control y pasó un Ford de 10 ruedas. Normalmente, en el control no paraban a nadie, pero [ese día] sí hicieron algo de retención. Y él, que era muy ágil, se agarró a la caja y subió, y cuando notó que estaba cerca de Casinos, tiró la pieza en la cuneta, en el control bajó sin parar, y se volvió a apartarlo de la cuneta, para que no se lo quitasen.
Después de varios tumbos de aquí para allá, volví a ingresar en la 25 División, en la que estaba mi primo de teniente, que es donde estaba antes. Enseguida me dieron un turismo, e iba defendiéndome. Estaba de enlace al puesto de mando en las avanzadillas del frente de Teruel. Había dos o tres pueblos que los dejaron piedra sobre piedra. Andábamos por unas pistas recién hechas, que, aunque estaban batidas por la artillería enemiga, era mejor, porque podías correr y era difícil que te tocasen.
Resulta que "el Español" fue a Valencia y, de vuelta, llegó a un control y pasó un Ford de 10 ruedas. Normalmente, en el control no paraban a nadie, pero [ese día] sí hicieron algo de retención. Y él, que era muy ágil, se agarró a la caja y subió, y cuando notó que estaba cerca de Casinos, tiró la pieza en la cuneta, en el control bajó sin parar, y se volvió a apartarlo de la cuneta, para que no se lo quitasen.
Después de varios tumbos de aquí para allá, volví a ingresar en la 25 División, en la que estaba mi primo de teniente, que es donde estaba antes. Enseguida me dieron un turismo, e iba defendiéndome. Estaba de enlace al puesto de mando en las avanzadillas del frente de Teruel. Había dos o tres pueblos que los dejaron piedra sobre piedra. Andábamos por unas pistas recién hechas, que, aunque estaban batidas por la artillería enemiga, era mejor, porque podías correr y era difícil que te tocasen.
15.1.08
49
Después se creó un malestar entre el grupo, porque el que hacía de cocinero lo hacía con mucha desgana, y acordaron que lo dejara. Teníamos arroz y bacalao, y yo les dije que con un poco de colaboración podríamos comer mejor. Con que por las huertas abandonadas empezaron a recoger pimientos pequeños, algunas cebolletas, y todo lo que tropezaban. Entonces, con un sofrito y un trozo de bacalao, les hacía un arroz que no lo podían creer.
Debido a los continuos bombardeos, nos llevaron a una vaguada del Raudo, el Puerto. Una noche, a las tres de la madrugada, yo me había hecho una cueva para dormir, y oigo "¡ñe!"..., al poco rato, "¡ñe!"... Al momento, se presentaron el sargento de la compañía y uno de Ontiñena, con un cabrito cada uno al hombro. Con que enseguida me llamaron: "¡Comas, Comas, Comas!". Así que, con la luz de un coche, los espellejamos, y aprovechamos hasta la sangre. Cuando se hizo de día, ya nos habíamos comido uno. El otro lo guardamos para el día siguiente.
Continuamente los fascistas iban avanzando, y nosotros retrocediendo. Después nos mandaron a Casinos; y nosotros, en Casinos, íbamos a buscar caracoles por debajo de los algarrobos, que hacíamos con arroz y verdura que robábamos.
Debido a los continuos bombardeos, nos llevaron a una vaguada del Raudo, el Puerto. Una noche, a las tres de la madrugada, yo me había hecho una cueva para dormir, y oigo "¡ñe!"..., al poco rato, "¡ñe!"... Al momento, se presentaron el sargento de la compañía y uno de Ontiñena, con un cabrito cada uno al hombro. Con que enseguida me llamaron: "¡Comas, Comas, Comas!". Así que, con la luz de un coche, los espellejamos, y aprovechamos hasta la sangre. Cuando se hizo de día, ya nos habíamos comido uno. El otro lo guardamos para el día siguiente.
Continuamente los fascistas iban avanzando, y nosotros retrocediendo. Después nos mandaron a Casinos; y nosotros, en Casinos, íbamos a buscar caracoles por debajo de los algarrobos, que hacíamos con arroz y verdura que robábamos.
14.1.08
48
A los pocos días me dieron el alta, y me indicaron que me presentase en Pina de Monte el Grado, más arriba del puerto el Ragudo.
Había un grupo de catorce o quince hombres, la mitad de la 25 y la otra mitad del la 26. Sobrantes de las dos divisiones andábamos de aquí p'allá. No teníamos más que un viejo Katiuska ruso , un Chevrolet en no muy buen estado, y un turismo Ford 17 caballos. Los hombres que componían el grupo eran gente muy decidida, y casi todos teníamos un mote, como "Ballesta", "Tumaca" "No Fasistas", "Español" (y era francés), y así sucesivamente...
Jugaban con la pistola como si fuese un bolígrafo, pero eran muy buenos compañeros. Comer, comíamos poco. Siempre íbamos donde poder recoger algo, de puerta en puerta, por ver si nos vendían cochinillos, o conejos de indias. Una vez, pasamos por un campo que había un plantero de lechugas, y sin parar las comimos todas. Otro día se presentó mi hermano a verme, que estaba acampado en pueblo del Toro. Al volver, lo acompañé con el Ford que teníamos, y, al llegar, dice: "¡Mira, ahí hay una res colgada!". Con que me puse como el hijo del esquilador, y aún les llevé un trozo para los compañeros.
Había un grupo de catorce o quince hombres, la mitad de la 25 y la otra mitad del la 26. Sobrantes de las dos divisiones andábamos de aquí p'allá. No teníamos más que un viejo Katiuska ruso , un Chevrolet en no muy buen estado, y un turismo Ford 17 caballos. Los hombres que componían el grupo eran gente muy decidida, y casi todos teníamos un mote, como "Ballesta", "Tumaca" "No Fasistas", "Español" (y era francés), y así sucesivamente...
Jugaban con la pistola como si fuese un bolígrafo, pero eran muy buenos compañeros. Comer, comíamos poco. Siempre íbamos donde poder recoger algo, de puerta en puerta, por ver si nos vendían cochinillos, o conejos de indias. Una vez, pasamos por un campo que había un plantero de lechugas, y sin parar las comimos todas. Otro día se presentó mi hermano a verme, que estaba acampado en pueblo del Toro. Al volver, lo acompañé con el Ford que teníamos, y, al llegar, dice: "¡Mira, ahí hay una res colgada!". Con que me puse como el hijo del esquilador, y aún les llevé un trozo para los compañeros.
13.1.08
47
Así que pasé tres o cuatro días allí, y me rehíce bastante. Entonces me llevaron a Valencia, al hospital de la Pasionaria, en la calle Sagunto. Allí estuve unos tres meses.
Dio la casualidad que allí se encontraba uno del pueblo, llamado Joaquín Esteve (el de la Esparteñera), que luego murió. Yo iba todos los días a verle, hasta que un día fui y encontré la cama vacía.
Mi compañero de cama era un catalán que le faltaba una pierna. La había perdido por un trozo de metralla de un obús que le explotó al lado en el frente de Teruel.
La mayoría de heridos eran a consecuencia del frío; se les quemaban los pies o las manos. Un día, llegó al lado de mi cama uno, y no quería dejar que le diesen una inyección. Por fin, entre tres o cuatro se la dieron, pero, al momento, yo llamaba a la enfermera, que estaba muerto. Intentamos hacer algunas preguntas y averiguaciones, pero nunca supimos qué tenía, ni cómo se llamaba, ni de qué murió.
El otro compañero, el que le faltaba la pierna, le dieron el alta, y aún le supuraba la herida. Y no tenía más que su madre viuda, que estaba en la zona catalana. Con que cada mañana iba yo a acompañarle a Valencia, subiendo a los tranvías, yo con el brazo en cabestrillo, y el con una pierna y una muleta. Cuando nos veían subir, la gente ya nos hacían sitio para sentarnos.
Hicimos muchas visitas por las dependencias, que nos desaconsejaban que viajásemos. Algunas veces no nos hacían caso, otras implorando; por fin pudo embarcar para Barcelona, pues se hacía muy difícil pasar de una zona a otra, porque estaba el terreno cortado por la retirada de Levante.

Foto: Soldados en camión (Batalla de Teruel, Diciembre de 1937).
Dio la casualidad que allí se encontraba uno del pueblo, llamado Joaquín Esteve (el de la Esparteñera), que luego murió. Yo iba todos los días a verle, hasta que un día fui y encontré la cama vacía.
Mi compañero de cama era un catalán que le faltaba una pierna. La había perdido por un trozo de metralla de un obús que le explotó al lado en el frente de Teruel.
La mayoría de heridos eran a consecuencia del frío; se les quemaban los pies o las manos. Un día, llegó al lado de mi cama uno, y no quería dejar que le diesen una inyección. Por fin, entre tres o cuatro se la dieron, pero, al momento, yo llamaba a la enfermera, que estaba muerto. Intentamos hacer algunas preguntas y averiguaciones, pero nunca supimos qué tenía, ni cómo se llamaba, ni de qué murió.
El otro compañero, el que le faltaba la pierna, le dieron el alta, y aún le supuraba la herida. Y no tenía más que su madre viuda, que estaba en la zona catalana. Con que cada mañana iba yo a acompañarle a Valencia, subiendo a los tranvías, yo con el brazo en cabestrillo, y el con una pierna y una muleta. Cuando nos veían subir, la gente ya nos hacían sitio para sentarnos.
Hicimos muchas visitas por las dependencias, que nos desaconsejaban que viajásemos. Algunas veces no nos hacían caso, otras implorando; por fin pudo embarcar para Barcelona, pues se hacía muy difícil pasar de una zona a otra, porque estaba el terreno cortado por la retirada de Levante.
Foto: Soldados en camión (Batalla de Teruel, Diciembre de 1937).
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