Según me explicaba uno de ellos, un tal Aznar, que era barbero y había trabajado en el pueblo con mi vecino el Miché, que tuvieron que cortar la redada, o de lo contrario estaba complicado el gobernador de Lérida, el de Barcelona, y algún General; y que por lo tanto, estarían poco en la cárcel. En cambio nosotros, que no habíamos hecho nada, lo teníamos más difícil. Según algunos periódicos, nos calificaron de terroristas, bandoleros, salteadores, y una serie de adjetivos difamatorios que nos quisieron aplicar.
El primer domingo de su ingreso, lo sacaron a oír misa, y fue una ovación de murmullo al verlo arrodillado al lado de retonda con la cabeza pelada. Por cierto, que el barbero era un comunista de mala uva, más que esquilarle se lo arrancó. También había pasado por sus manos.
Un día, vino su señora a comunicar, y después que terminó, me dijo que quería hablar conmigo.
Yo le dije que conmigo no tenía que hablar nada, pero tanto insistió que me vi obligado a escucharla.
Y me salta:
-"Si esto cambiase ¿Qué me haríais a mí?".
Yo entonces dije:
-"¿Qué te hemos hecho hasta ahora?".
Dice:
-"¡Vosotros me colgabais de la reja más alta de este edificio!".
Desde luego, que si llega a pasar el cambio, que parecía probable, porque había terminado la guerra [mundial] y todo hizo prever que era el final del fascismo, pero nos equivocamos todos, hasta los mismos del régimen. Y tuvieron una reacción que nosotros, los presos, pagamos las consecuencias. Si llega el cambio estando en Lérida, las consecuencias habrían sido fatales para él, porque había motivos más que suficientes para lincharle.
14.2.08
13.2.08
77
Al día siguiente, por la mañana, después del café, vino el funcionario y me acompañó a la puerta, en la que había una señora con una lechera y unos bizcochos para su marido. Cuál sería mi asombro, al entrar en el salón y ver, en un rincón, tirado, y con unos ojos que le saltaban de la cara, al jefe de la Brigadilla Social: el famoso Tomás Romero Miguel, hijo de la Puebla de Híjar. Por sus manos habíamos pasado más de noventa políticos, entre los pueblos de Lérida, Alcarrás, el Cogull, Fraga, Ontiñena, Torrente de Cinca y Mequinenza.
Al entrar, digo:
-"¡Hombre, sí que es raro ver por estas casas a los defensores de la ley! ¡A los protectores del bien social! ¡A los que matan a palos porque no están de acuerdo con sus ideas! ¡Y tan puros y tan buenos que van cada día a comulgar para quedarse limpios, y, después, volver a proceder contra aquellos trabajadores que no tienen más misión que trabajar en las entrañas de la tierra para mal vivir!".
No hacía más que llorar, cuando por último le dije que me era muy fácil matarlo de un puntapié, pero mi dignidad me impedía usar la Ley del Talión. Entonces vino el funcionario y me dijo: -"Comas, vámonos".
Cuando fui al patio, a los más de noventa presos que habíamos pasado por sus manos les expliqué el caso. Fue una ovación tan sonora que se oyó de lejos.
La cuadrilla de estraperlistas que ingresó, junto con los dos policías, se dedicaban, con una cuba de unas cuatro toneladas, compraban el aceite. Figuraba que lo compraban en Las Garrigas; y entonces aparecía la Brigadilla, y decomisaban el aceite, que entonces eran unas divisas muy importantes. Y encima les amenazaban y les ponían una multa. Y así iban operando, complicando a gentes de altas esferas.
Al entrar, digo:
-"¡Hombre, sí que es raro ver por estas casas a los defensores de la ley! ¡A los protectores del bien social! ¡A los que matan a palos porque no están de acuerdo con sus ideas! ¡Y tan puros y tan buenos que van cada día a comulgar para quedarse limpios, y, después, volver a proceder contra aquellos trabajadores que no tienen más misión que trabajar en las entrañas de la tierra para mal vivir!".
No hacía más que llorar, cuando por último le dije que me era muy fácil matarlo de un puntapié, pero mi dignidad me impedía usar la Ley del Talión. Entonces vino el funcionario y me dijo: -"Comas, vámonos".
Cuando fui al patio, a los más de noventa presos que habíamos pasado por sus manos les expliqué el caso. Fue una ovación tan sonora que se oyó de lejos.
La cuadrilla de estraperlistas que ingresó, junto con los dos policías, se dedicaban, con una cuba de unas cuatro toneladas, compraban el aceite. Figuraba que lo compraban en Las Garrigas; y entonces aparecía la Brigadilla, y decomisaban el aceite, que entonces eran unas divisas muy importantes. Y encima les amenazaban y les ponían una multa. Y así iban operando, complicando a gentes de altas esferas.
12.2.08
76
Así iba pasando el tiempo, con unos días interminables, y yo con unos dolores de cabeza insoportables. Tenía en los oídos unos tapones, y unos bultos debajo de las orejas, que no podía ni tocarlas. Se lo dije a mi compañero Emilio el Pelaire, que hacía de practicante, y me dijo:
-"Mañana pasas por la enfermería, y te haré un lavado".
Con que, después de varias pruebas con agua caliente y jabón, me salió una cantidad de pelotillas más grandes que garbanzos, negras de sangre coagulada, a consecuencia de los golpes que me dieron los de la Brigadilla.
Un día, sin más, ya me iba a dormir en la celda, ya habían tocado silencio, y me llamó un funcionario, diciéndome que había varios ingresos. Con que bajé a retonda, y abajo había una treintena de gente de alto rango de Lérida. Al entrar en contacto con ellos, me dijeron que habían hecho una estraperlada a lo grande, y que había dos jefes de la Brigadilla Social implicados; de modo que los cacheamos, les tomaron las huellas y la afiliación, y los destinaron a un salón.
-"Mañana pasas por la enfermería, y te haré un lavado".
Con que, después de varias pruebas con agua caliente y jabón, me salió una cantidad de pelotillas más grandes que garbanzos, negras de sangre coagulada, a consecuencia de los golpes que me dieron los de la Brigadilla.
Un día, sin más, ya me iba a dormir en la celda, ya habían tocado silencio, y me llamó un funcionario, diciéndome que había varios ingresos. Con que bajé a retonda, y abajo había una treintena de gente de alto rango de Lérida. Al entrar en contacto con ellos, me dijeron que habían hecho una estraperlada a lo grande, y que había dos jefes de la Brigadilla Social implicados; de modo que los cacheamos, les tomaron las huellas y la afiliación, y los destinaron a un salón.
11.2.08
75
Yo era el único que tenía relación con aquella gente, y, francamente, quedé maravillado de ver la variedad que había entre ellos y nosotros. A pesar de la disciplina férrea que tenían, estaban fanatizados para defender a Hitler hasta la muerte, después de haberlo perdido todo.
Entre el oficinista de ingresos y yo, teníamos que revolver todas las pertenencias que traían, que eran todo su patrimonio. Nosotros, haciendo la vista gorda, no les tocábamos nada. Muy diferente a lo que hicieron con nosotros en la Plaza de Toros de Alicante, que nos despojaron de todo, incluso muchos de ellos hasta los zapatos, si consideraban que valía la pena.
La convivencia en la cárcel de Lérida era bastante normal. Los jefes de servicios y los funcionarios eran muy tolerantes, en especial para los presos políticos. En cuanto a los comunes, los tenían a rajatabla por parte de un jefe que se llamaba don Claudio, que decía: "Por mí, los políticos los dejaría sueltos; ahora, los comunes, éstos serían capaces de vender a su madre por un chusco de pan". Decía que "la tranquilidad proviene de 'tranca'."
Entre el oficinista de ingresos y yo, teníamos que revolver todas las pertenencias que traían, que eran todo su patrimonio. Nosotros, haciendo la vista gorda, no les tocábamos nada. Muy diferente a lo que hicieron con nosotros en la Plaza de Toros de Alicante, que nos despojaron de todo, incluso muchos de ellos hasta los zapatos, si consideraban que valía la pena.
La convivencia en la cárcel de Lérida era bastante normal. Los jefes de servicios y los funcionarios eran muy tolerantes, en especial para los presos políticos. En cuanto a los comunes, los tenían a rajatabla por parte de un jefe que se llamaba don Claudio, que decía: "Por mí, los políticos los dejaría sueltos; ahora, los comunes, éstos serían capaces de vender a su madre por un chusco de pan". Decía que "la tranquilidad proviene de 'tranca'."
10.2.08
74
Estando en el salón, en estado de periodo sanitario, donde estábamos los 17 del pueblo y unos cuantos de Fraga y Torrente por la misma causa, entró un funcionario y me llamó a mí con nombre y apellidos; con que me hizo salir del salón, y en un pasillo, empezó a hablarme que estaba hospedado con una familiar mía, y que luego vendría mi mujer a verme. Y que haría los posibles para mejorar mi situación.
Aquel mismo día nos sacaron el periodo sanitario, antes de lo previsto. Al día siguiente, al entrar de turno, me volvió a llamar, y me dijo si me gustaría aceptar el destino de ordenanza de rastrillo. Cosa que acepté de buena gana. Y me pusieron en una celda de los destinos de más categoría. Estaba para llamar a los comunicantes, y cachear los paquetes de comida que entraban y repartirlos, siempre con la presencia de un funcionario. También las comunicaciones eran especiales para mí. En aquella época, se terminó la guerra europea, y pasaban deportados, avalanchas de alemanes e italianos. Los tenían unos días, y después los trasladaban a Miranda de Duero. Pasaban en grupos de treinta o cuarenta. Yo tenía que cachearlos uno por uno. Un día, llegaron tres altos cargos del ejército alemán. Entre ellos, un coronel que hablaba muy bien el castellano. A mí me dijo que había perdido la guerra, pero que, antes de cinco años, volvería Hitler, porque no había muerto, y que dentro de poco sería el amo del mundo.
Aquel mismo día nos sacaron el periodo sanitario, antes de lo previsto. Al día siguiente, al entrar de turno, me volvió a llamar, y me dijo si me gustaría aceptar el destino de ordenanza de rastrillo. Cosa que acepté de buena gana. Y me pusieron en una celda de los destinos de más categoría. Estaba para llamar a los comunicantes, y cachear los paquetes de comida que entraban y repartirlos, siempre con la presencia de un funcionario. También las comunicaciones eran especiales para mí. En aquella época, se terminó la guerra europea, y pasaban deportados, avalanchas de alemanes e italianos. Los tenían unos días, y después los trasladaban a Miranda de Duero. Pasaban en grupos de treinta o cuarenta. Yo tenía que cachearlos uno por uno. Un día, llegaron tres altos cargos del ejército alemán. Entre ellos, un coronel que hablaba muy bien el castellano. A mí me dijo que había perdido la guerra, pero que, antes de cinco años, volvería Hitler, porque no había muerto, y que dentro de poco sería el amo del mundo.
9.2.08
73
Uno de los compañeros, Emeterio, cogió el sistema de no comer. Así, a la primera bofetada, al estar tan débil, caería desmayado, y no le pegarían más.
Así estuvimos hasta el día no sé si 14 o 15. Lo cierto es que, estando en plena fiesta de San Anastasio, por la noche, nos ataron a Emeterio y a mí, y, entre medio de aquel tumulto, con dos policías nos condujeron a la cárcel, siendo la atención de todas las miradas que estaban en la fiesta de aquella avenida. Tenía que ir un policía abriendo camino para poder pasar.
Cuando llegamos a la cárcel nos metieron a un salón donde ya había cuatro del pueblo, y, francamente, el día que salí en libertad tuve una alegría inmensa, pero, al ingresar en la cárcel, fue grandiosa, al escapar de aquellos verdugos, desalmados, criminales, y todos los adjetivos malos son pocos para ellos.
Al día siguiente nos esquilaron al cero y nos metieron en la ducha de agua fría. A los 5 días, nos sacaron del periodo sanitario y nos metieron en celdas de cuatro personas. Al llegar la noche, nos pusimos a observar si había chinches, y no se veía ninguna. Pero al rato que estábamos allí, empezamos: "¡Mira, una!, ¡Otra!...". Y, sin darnos cuenta, ya se podían coger a puñados por toda la celda. Pero cuando estábamos matándolas con las alpargatas, nos apagaron la luz.
Así estuvimos hasta el día no sé si 14 o 15. Lo cierto es que, estando en plena fiesta de San Anastasio, por la noche, nos ataron a Emeterio y a mí, y, entre medio de aquel tumulto, con dos policías nos condujeron a la cárcel, siendo la atención de todas las miradas que estaban en la fiesta de aquella avenida. Tenía que ir un policía abriendo camino para poder pasar.
Cuando llegamos a la cárcel nos metieron a un salón donde ya había cuatro del pueblo, y, francamente, el día que salí en libertad tuve una alegría inmensa, pero, al ingresar en la cárcel, fue grandiosa, al escapar de aquellos verdugos, desalmados, criminales, y todos los adjetivos malos son pocos para ellos.
Al día siguiente nos esquilaron al cero y nos metieron en la ducha de agua fría. A los 5 días, nos sacaron del periodo sanitario y nos metieron en celdas de cuatro personas. Al llegar la noche, nos pusimos a observar si había chinches, y no se veía ninguna. Pero al rato que estábamos allí, empezamos: "¡Mira, una!, ¡Otra!...". Y, sin darnos cuenta, ya se podían coger a puñados por toda la celda. Pero cuando estábamos matándolas con las alpargatas, nos apagaron la luz.
8.2.08
72.- La cárcel de Lérida
Por el camino, íbamos conducidos por un camión custodiado por la policía de Lérida, con un coche de la brigadilla delante y otro detrás. Al llegar al alto de las curvas de Fraga -era la carretera antigua de Fraga, en la que había muchas curvas y quedaba bastante descampada- paró el coche de delante, y se pusieron a discutir con el Brigada de la policía, que querían que bajásemos del camión y aplicarnos la ley de fuga. Pero el Brigada reaccionó, diciendo que a él le habían encargado llevar a los detenidos a Lérida, y que estaba decidido a cumplir la misión que le habían encargado. Después, en Lérida, nos dejaría en la comisaría a su disposición.
Llégamos a Lérida a la madrugada, y nos metieron en unos sótanos, en los que había unos calabozos con una capacidad de 2 metros de largo y 1,5 metros de ancho. Para respiración, una ventanita de 0,30 metros x 0,20 metros de ancho, con un asiento de piedra triangular. Nosotros éramos 17, y nos distribuyeron entre los dos calabozos.
Pero resulta que eran las fiestas de San Anastasio, y cada momento traían algún chorizo. En total, llegamos a estar 11 personas en un calabozo. Nos teníamos que turnar la cabeza en la ventanilla para respirar, porque nos asfixiábamos, y entre día tenían que abrir las puertas porque nos hinchábamos. Durante el día nos dejaban tranquilos, pero cuando llegaba la madrugada, ya tocaban a botasillas. Nos estaban turnando, y empleando los procedimientos más groseros y espantosos que en ninguna época hayan practicado, hasta que quedaban agotados.
Llégamos a Lérida a la madrugada, y nos metieron en unos sótanos, en los que había unos calabozos con una capacidad de 2 metros de largo y 1,5 metros de ancho. Para respiración, una ventanita de 0,30 metros x 0,20 metros de ancho, con un asiento de piedra triangular. Nosotros éramos 17, y nos distribuyeron entre los dos calabozos.
Pero resulta que eran las fiestas de San Anastasio, y cada momento traían algún chorizo. En total, llegamos a estar 11 personas en un calabozo. Nos teníamos que turnar la cabeza en la ventanilla para respirar, porque nos asfixiábamos, y entre día tenían que abrir las puertas porque nos hinchábamos. Durante el día nos dejaban tranquilos, pero cuando llegaba la madrugada, ya tocaban a botasillas. Nos estaban turnando, y empleando los procedimientos más groseros y espantosos que en ninguna época hayan practicado, hasta que quedaban agotados.
7.2.08
71
Después, volvieron con nosotros, preguntándonos que cuántas armas había en el pueblo. Yo les dije que no lo sabía, pero que el que no tenía era porque no le daba la gana, porque en el pueblo estaban esparcidas por todas partes, abandonadas de la guerra. Ya agotados con nosotros -al compañero le cogieron una metralleta- decidieron dejarnos tranquilos.
Entonces hicieron un llamamiento al pueblo, para todo aquel que hubiera recogido un arma, que la entregase, que no le pasaría nada. Y recogieron un montón para parar un ejército.
La gente quedó atemorizada. Muchos marcharon al campo a esconderse. Otros marcharon a Francia, como los hermanos Juan y Diego, que eran vecinos míos. Y los hermanos Domenech, que, cuando fueron a detenerlos, uno de ellos se lo encontraron por las escaleras, y le preguntaron si vivía allí Francisco Domenech. El dijo: -"Sí, arriba, al tercero." Y era él, y ya no paró hasta Francia, desde donde no ha vuelto más.
Otro caso muy doloroso fue el de Antonio Peris, que fue tal el shock que sufrió, que se ahorcó en su casa. El terror y el pánico que sembraron aquella gente era terrorífico.
A los dos días, bajó a buscarnos una Brigada de Policía, y, a las tantas de la noche, se nos llevaron en un camión. Para los familiares, esposas, padres y hermanos, todo eran desmayos, malas ganas y una serie de descomposiciones. Fue algo tan espantoso, que el pueblo tardó mucho en reaccionar; y después, la gente reaccionaba de diversas maneras bastante confusas y para todos los gustos.
Entonces hicieron un llamamiento al pueblo, para todo aquel que hubiera recogido un arma, que la entregase, que no le pasaría nada. Y recogieron un montón para parar un ejército.
La gente quedó atemorizada. Muchos marcharon al campo a esconderse. Otros marcharon a Francia, como los hermanos Juan y Diego, que eran vecinos míos. Y los hermanos Domenech, que, cuando fueron a detenerlos, uno de ellos se lo encontraron por las escaleras, y le preguntaron si vivía allí Francisco Domenech. El dijo: -"Sí, arriba, al tercero." Y era él, y ya no paró hasta Francia, desde donde no ha vuelto más.
Otro caso muy doloroso fue el de Antonio Peris, que fue tal el shock que sufrió, que se ahorcó en su casa. El terror y el pánico que sembraron aquella gente era terrorífico.
A los dos días, bajó a buscarnos una Brigada de Policía, y, a las tantas de la noche, se nos llevaron en un camión. Para los familiares, esposas, padres y hermanos, todo eran desmayos, malas ganas y una serie de descomposiciones. Fue algo tan espantoso, que el pueblo tardó mucho en reaccionar; y después, la gente reaccionaba de diversas maneras bastante confusas y para todos los gustos.
6.2.08
70.- Detención y torturas
El día 7 de Mayo de 1946, a las cuatro de la mañana, se presentaron dos Guardias Civiles y tres de la Brigada Social -especie de checa con los mismos sistemas-, que les abrió mi padre, y me sacaron de la cama con muy malos modos.
Estuvimos dos días en el cuartel declarando, y con careos continuamente. En las declaraciones tenías que decir algo, de lo contrario te habrían muerto. Se ponían uno en cada lado, pegándote puñetazos con toda la fuerza en los riñones; y otro delante, abofeteándote de una manera brutal para que hablásemos. Después, que cuántas armas tenía -por cierto, tenía un mosquetón encasquillado, que ellos lo dieron por bueno-, y que cuántos del pueblo tenían armas.
Yo me encontraba como atrofiado, y sin sentido ni ideas, ni forma de salir de aquel estado caótico.
Después, en un careo, hicieron subir a José Soler, y nos emprendieron a los dos. En aquel momento apareció el señor Serrano para interesarse por mi compañero Soler, diciendo que era un buen chico. Pero fue tal la reacción de aquella gente, que aquel hombre, a pesar de ser muy mayor, y con una personalidad muy influyente en el régimen -era el administrador de todas las minas de la Compañía Flix-, sufrió un impacto tan grande que se quedó temblando, se fue para casa, y al poco tiempo murió sin pronunciar palabra. Ni los médicos ni nadie supieron la enfermedad que tenía.
Estuvimos dos días en el cuartel declarando, y con careos continuamente. En las declaraciones tenías que decir algo, de lo contrario te habrían muerto. Se ponían uno en cada lado, pegándote puñetazos con toda la fuerza en los riñones; y otro delante, abofeteándote de una manera brutal para que hablásemos. Después, que cuántas armas tenía -por cierto, tenía un mosquetón encasquillado, que ellos lo dieron por bueno-, y que cuántos del pueblo tenían armas.
Yo me encontraba como atrofiado, y sin sentido ni ideas, ni forma de salir de aquel estado caótico.
Después, en un careo, hicieron subir a José Soler, y nos emprendieron a los dos. En aquel momento apareció el señor Serrano para interesarse por mi compañero Soler, diciendo que era un buen chico. Pero fue tal la reacción de aquella gente, que aquel hombre, a pesar de ser muy mayor, y con una personalidad muy influyente en el régimen -era el administrador de todas las minas de la Compañía Flix-, sufrió un impacto tan grande que se quedó temblando, se fue para casa, y al poco tiempo murió sin pronunciar palabra. Ni los médicos ni nadie supieron la enfermedad que tenía.
5.2.08
69.- SEGUNDA PARTE.- El Desastre
Hasta el año 1946 todo se iba normalizando, y se empezaba a ganar algún dinero; y la guerra internacional y el régimen parecían tocar a su fin, según las emisoras de radio y el ambiente nacional. Aunque las represalias del régimen eran de las más bárbaras que jamás un régimen procediera.
Las cárceles estaban abarrotadas de presos por hechos de la guerra. La Confederación Nacional del Trabajo iba moviéndose, pero con tan mala suerte que dentro de los comités había espías y chivatos. Así como se formaba un Comité, enseguida venía el chivatazo, y a la cárcel. Así, empezamos recaudando para ayudar a los presos. Después, la cruzada de los maquis; las proclamas de la emisora Pirenaica, lanzando bravatas... La gente hablaba sin reparos, pero los fascistas estaban recelosos, y procedían con mucha saña. Nosotros, con muy poca cautela, cada día nos íbamos involucrando más, y ya era difícil deshacerse.
Las cárceles estaban abarrotadas de presos por hechos de la guerra. La Confederación Nacional del Trabajo iba moviéndose, pero con tan mala suerte que dentro de los comités había espías y chivatos. Así como se formaba un Comité, enseguida venía el chivatazo, y a la cárcel. Así, empezamos recaudando para ayudar a los presos. Después, la cruzada de los maquis; las proclamas de la emisora Pirenaica, lanzando bravatas... La gente hablaba sin reparos, pero los fascistas estaban recelosos, y procedían con mucha saña. Nosotros, con muy poca cautela, cada día nos íbamos involucrando más, y ya era difícil deshacerse.
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