21.2.08

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Después, venía la Semana Santa, y qué de preparaciones, limpieza, flores, cuadros, sacar el Santo Cristo, formaciones y desfiles haciendo prácticas, pasando por los salones para ver los que querían comulgar. En resumidas cuentas, comulgaban los funcionarios y oficiales, el coro Capilla, y algún que otro chorizo, y aquí se acababa todo.

Cuando estaba de jefe de servicios Valdivieso, Torrero parecía otro. Un grupo de la CNT formado por Benegas, Domínguez, Félez, Muñoz, Angel María de Lera, A. Oliver y yo, formábamos "la República del Café". Eran unas tertulias muy amenas, que yo consideraba muy instructivas. Yo les debo a que tomase tanto interés por el estudio.
Angel María de Lera siempre resaltaba el tema de que el gran defecto de nuestra organización era que la militancia era semianalfabeta; y que, por falta de inteligencia, tuvieron que dar cargos a gentes que eran de la Quinta Columna, que fueron los que nos arrebataron la victoria.
Era un hombre de ideas muy claras. Un día, convino que una tarde leería, en presencia del jefe de servicios Valdivieso, una obra de teatro titulada "La Novia del Viento". Estuvo más de tres horas leyendo, en tres actos. Cuando terminó, fue una ovación inmensa. A muchos se nos saltaron las lágrimas. Al jefe de servicio, también.
Siempre decía que, cuando saliera, escribiría un libro sonado, del que se hablaría. Y así fue. Escribió "Las Últimas Banderas", que ganó el premio Planeta. Escribió muchos más.

20.2.08

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Cuando llegaba la Cuaresma, las pasábamos canutas. Venía una especie de fraile con una barbilla a estilo "macho cabrío", con una capa descolorida, y con más mugre que un palo de un gallinero. Empezaba hablando con amenazas de que seríamos quemados en los altos infiernos: que iríamos en columna macabra conducidos por Satanás, arrastrándonos como culebras despellejadas, para arrojarnos a la caldera de Pedro Botero; que éramos una pandilla de sifilíticos, tuberculosos, y todos los adjetivos repugnantes habidos y por haber. Hablaba del Padre Rentería, que levantaba las losas de las tumbas, y observaba cómo las ráfagas de aire de la noche movían las barbas de la momia. Y entonces exclamaba: -"¡Padre Rentería! ¿Dónde están tus poesías, que te hicieron célebre?". Después, cogía el Santo Cristo y, encarándolo a toda la población reclusa, nos barría sistema ametralladora, al son del canto 'Perdón, Dios Mío'. El coro Capilla lo cantaba desafinadamente. Estaba formado por un grupo de chorizos perturbados, que se desgañitaban por un cazo de rancho. Y eso se repetía todos los días durante el mes Pascual, que tildaban ellos.

19.2.08

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Un día ocurrió un caso muy desagradable. Hubo una redada del sector de Utrillas, de unos veintitantos entre Andorra y otros pueblos de la comarca. Resulta que toda la noche se oyeron ruidos sospechosos. Al día siguiente, nos mandaron al patio a primera hora. De una manera indirecta, nos enteramos de que un compañero de la CNT decían que se había ahorcado en la celda con la faja. Cosa que considerábamos imposible, porque la ventana estaba a la altura de un hombre de uno sesenta y cinco.
En todo el día estuvimos sin salir del patio, con un silencio sepulcral, y con miradas resignadas de duelo y de un rencor amargo, sin manera de disiparlo. Reforzaron la vigilancia, y quedaron suspendidas todas las actividades, como la escuela, el orfeón, y otras.
No acabo de comprender cómo hoy en día hay tanta cantidad de fugas a punta de pistola, que hacen túneles, que suben al tejado, y que secuestran toda una plantilla. Yo estuve al cacheo en la cárcel de Lérida. Un plátano, lo cortábamos por el medio; el pan, lo cortábamos en varios trozos; y pucheros y cacerolas, con una cuchara larga, no paraban de remenarlo hasta que estaban convencidos de que no había nada. En Zaragoza, aún éramos más estrictos en la disciplina.

18.2.08

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El jefe de servicios era el prototipo del retrato de Hitler, con una mancha en la cara, de lo que lo llamaban 'el Manchas'. Era recto en disciplina. Los días que estaba él, no circulábamos por ninguna parte, y así no le dábamos lugar a que nos castigase. Por las noches, cuando tocaban a oración, si no contestábamos con la voz de "¡Franco!", nos tenía formados hasta que consideraba que lo habíamos hecho todos.

El peor de todos era el director. Era tuerto y cojo, porque lo atropellaron, y tenía alergia a los chóferes. Cuando estábamos formados en el patio, pasaba revista de pelo, y como alguien tuviese el pelo de dos semanas, le preguntaba: -"¿Usted por qué no se corta el pelo?". Le contestaban: -"...Mire usted, es que tengo que salir a juicio", o "voy a salir en libertad...". Él replicaba: -"¡A la barbería!¡Aquí no hay más tupé que el mío!". Y tenía una cabeza como una bola de billar.

Después de la limpieza del salón, con el ojo que tenía, miraba si los montones de los petates no estaban bien alineados, y empezaba a patadas hasta que los deshacía. También miraba los cristales, y decía: -"Todos los cristales quiero verlos como éste". Y no había cristal.
Los domingos, una hora antes de la misa, nos hacían formar, alinear y ponernos firmes y, antes no empezaba la misa, ya estábamos agotados. Después, al terminar, se juntaba con las monjas, arrimándole la tripa hasta tocarse con la de la monja descaradamente, en presencia de todos, hasta del cura y el resto de la plantilla. Así nos tenían, hasta que les rotaba, que nos tenían a mil personas o más formados en el centro y galerías.

17.2.08

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Había tres jefes de servicios: si estaba Valdivieso, decían estar en "República"; si estaba Simeón, en "Monarquía"; y si estaba 'el Manchas', que formaba equipo con el oficial Pineda y los funcionarios 'la Vaca Roya'-que pegaba hasta que se le caía al suelo la gorra-, y 'Pedro el Cruel', que siempre inventaba algo para meterse con los presos, se tildaba de "Fascismo". Decían de Pedro el Cruel que la República no lo fusiló porque era muy joven y le tuvieron lástima. Pero la bilis que tenía contra los políticos era inmensurable. Siempre nos miraba con ojos felinos y de traidor. Nunca habló con ningún político, de no ser para pegarle.

Una vez, según dijo, se paseaba por el patio de la enfermería, que quedaba por debajo del salón segundo. Las ventanas del salón estaban protegidas por una tela metálica, por la que el dedo meñique de un recién nacido no habría pasado. Y subió como una fiera, diciendo que habían atentado contra él. Pegó hasta que se cansó, nos hizo formar diciéndonos que estaríamos formados hasta que cayésemos de cansancio, si no delatábamos al que había atentado contra su vida.
Pero, por suerte, subió el jefe de servicios a ver lo que pasaba, le quitó importancia y nos hizo romper filas.

16.2.08

80.- Llegada a la Cárcel de Torrero (Zaragoza)

Así que, a las doce de la noche del día 15 de Octubre, llegamos a Zaragoza. En la estación encontramos a mi hermano Antonio.
En la cárcel de Torrero, fue como una ducha de agua fría. Al entrar, el funcionario nos dijo: -"¿Que vienen de vacaciones?". Y francamente, el cambio era como de la noche a la mañana.
Nos metieron a dos en cada celda. Conmigo metieron a Antonio Malchó. Veinte días que no salimos más que para la ducha.
Al despertar del día siguiente, había un invertido en la galería fregando el suelo. Un funcionario se lió a ostias con él hasta que lo tiró al suelo. La impresión que sacamos al mirar por el chivato de la puerta fue desoladora.
A los veinte días, nos metieron al salón, donde había unas doscientas personas, la mitad comunistas, y el resto de la C.N.T.
Al ingresar nosotros al salón, éramos unos ciento cincuenta, y otros muchos más por las celdas.
El primer día, al salir al patio, fue decepcionante. Nos hicieron formar de 5 cada hilera. Estaba de servicio el llamado "Pedro el Cruel" y, mirando si sobresalía alguien o alguna oreja, se metió entre las filas repartiendo ostias, con unas manos como un gorila, que provocaba el terror. Y con la pistola en la mano, por si alguien intentaba algún pequeño gesto de rebeldía.

15.2.08

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Así que las cosas iban siguiendo su curso, cuando, de la noche a la mañana, nos comunican que nuestra causa la habían desglosado del resto de los pueblos, y trasladado a Zaragoza como "Rebelión Militar". Así que, acto seguido, el día 15 de Octubre de 1946, nos ataron a los 17 y para Zaragoza.
En Lérida, los jefes eran muy tolerantes. Nunca vi que a ningún político se le llamara la atención. Una de las cosas que más nos preocupaba era que, algunos domingos, venía un cura muy pequeño vestido de blanco. Decía misa con una pistola del nueve largo al lado, que le sobresalía por la sotana. Nos clavaba cada mirada desafiante y provocativa; y, hasta que marchaba, estábamos inquietos. En cambio, el otro, ya muy mayor, parecía un bonifacio. Nos hacía examen de religión, y preguntaba: -"¿Cuántos dioses hay?". Y levantaba un dedo: -"¡Uno!". -"¿Y personas?". Te enseñaba tres dedos: "¡Tres!". -"¿Dónde está el Cielo?". Con el dedo apuntaba para arriba: -"¡Arriba!". "¿Y el Infierno?". Apuntaba para abajo: -"¡Abajo". -"Muy bien, aprobado".
Después, debido a la mala comida que nos daban, más bien escasa, hicimos un plante, pero duró poco; aumentaron la comida.

14.2.08

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Según me explicaba uno de ellos, un tal Aznar, que era barbero y había trabajado en el pueblo con mi vecino el Miché, que tuvieron que cortar la redada, o de lo contrario estaba complicado el gobernador de Lérida, el de Barcelona, y algún General; y que por lo tanto, estarían poco en la cárcel. En cambio nosotros, que no habíamos hecho nada, lo teníamos más difícil. Según algunos periódicos, nos calificaron de terroristas, bandoleros, salteadores, y una serie de adjetivos difamatorios que nos quisieron aplicar.
El primer domingo de su ingreso, lo sacaron a oír misa, y fue una ovación de murmullo al verlo arrodillado al lado de retonda con la cabeza pelada. Por cierto, que el barbero era un comunista de mala uva, más que esquilarle se lo arrancó. También había pasado por sus manos.
Un día, vino su señora a comunicar, y después que terminó, me dijo que quería hablar conmigo.
Yo le dije que conmigo no tenía que hablar nada, pero tanto insistió que me vi obligado a escucharla.
Y me salta:
-"Si esto cambiase ¿Qué me haríais a mí?".
Yo entonces dije:
-"¿Qué te hemos hecho hasta ahora?".
Dice:
-"¡Vosotros me colgabais de la reja más alta de este edificio!".

Desde luego, que si llega a pasar el cambio, que parecía probable, porque había terminado la guerra [mundial] y todo hizo prever que era el final del fascismo, pero nos equivocamos todos, hasta los mismos del régimen. Y tuvieron una reacción que nosotros, los presos, pagamos las consecuencias. Si llega el cambio estando en Lérida, las consecuencias habrían sido fatales para él, porque había motivos más que suficientes para lincharle.

13.2.08

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Al día siguiente, por la mañana, después del café, vino el funcionario y me acompañó a la puerta, en la que había una señora con una lechera y unos bizcochos para su marido. Cuál sería mi asombro, al entrar en el salón y ver, en un rincón, tirado, y con unos ojos que le saltaban de la cara, al jefe de la Brigadilla Social: el famoso Tomás Romero Miguel, hijo de la Puebla de Híjar. Por sus manos habíamos pasado más de noventa políticos, entre los pueblos de Lérida, Alcarrás, el Cogull, Fraga, Ontiñena, Torrente de Cinca y Mequinenza.

Al entrar, digo:
-"¡Hombre, sí que es raro ver por estas casas a los defensores de la ley! ¡A los protectores del bien social! ¡A los que matan a palos porque no están de acuerdo con sus ideas! ¡Y tan puros y tan buenos que van cada día a comulgar para quedarse limpios, y, después, volver a proceder contra aquellos trabajadores que no tienen más misión que trabajar en las entrañas de la tierra para mal vivir!".
No hacía más que llorar, cuando por último le dije que me era muy fácil matarlo de un puntapié, pero mi dignidad me impedía usar la Ley del Talión. Entonces vino el funcionario y me dijo: -"Comas, vámonos".
Cuando fui al patio, a los más de noventa presos que habíamos pasado por sus manos les expliqué el caso. Fue una ovación tan sonora que se oyó de lejos.

La cuadrilla de estraperlistas que ingresó, junto con los dos policías, se dedicaban, con una cuba de unas cuatro toneladas, compraban el aceite. Figuraba que lo compraban en Las Garrigas; y entonces aparecía la Brigadilla, y decomisaban el aceite, que entonces eran unas divisas muy importantes. Y encima les amenazaban y les ponían una multa. Y así iban operando, complicando a gentes de altas esferas.

12.2.08

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Así iba pasando el tiempo, con unos días interminables, y yo con unos dolores de cabeza insoportables. Tenía en los oídos unos tapones, y unos bultos debajo de las orejas, que no podía ni tocarlas. Se lo dije a mi compañero Emilio el Pelaire, que hacía de practicante, y me dijo:
-"Mañana pasas por la enfermería, y te haré un lavado".
Con que, después de varias pruebas con agua caliente y jabón, me salió una cantidad de pelotillas más grandes que garbanzos, negras de sangre coagulada, a consecuencia de los golpes que me dieron los de la Brigadilla.

Un día, sin más, ya me iba a dormir en la celda, ya habían tocado silencio, y me llamó un funcionario, diciéndome que había varios ingresos. Con que bajé a retonda, y abajo había una treintena de gente de alto rango de Lérida. Al entrar en contacto con ellos, me dijeron que habían hecho una estraperlada a lo grande, y que había dos jefes de la Brigadilla Social implicados; de modo que los cacheamos, les tomaron las huellas y la afiliación, y los destinaron a un salón.