Para que se me curase mejor la mano, me destinaron con un compañero albañil, que iba tapando rozas, arreglando desagües, y otras tareas. Un día, estábamos poniendo tubos de desagüe de un piso a otro, y se presentó el encargado general, que le decían 'Barrilito'.
-"¿Qué hacéis aquí?".
-"Estamos poniendo un desagüe".
-"¿De qué medidas son los tubos?".
-"De 15 cm.".
-"¡Del 22, me cauen Dios! Vosotros no conocéis a esta gente. Empiezan a tirar bragas, sostenes, condones, y todas estas especies, que lo embozan todo. Así que del veintidós, y no quiero ver ninguna del 15".
Después me volvieron a poner de rocista.
Comparada con la vida en la cárcel, allí era más llevadera. Se comía mejor, un buen trato, y una serie de consideraciones que en las cárceles nunca tuve. Los domingos celebraban misa en el templo, sin haberlo terminado, pero al grupo nuestro ni siquiera nos dijeron nunca si queríamos ir. Así que los domingos los dedicábamos a ir al sector de debajo del templo. Allí acudían con unos carritos con pescados y frutas, y nosotros aprovechábamos, comprábamos un cuarto Kg. de pescado y unas gambas, y nos preparábamos un arroz para los tres, A. Rodes, A. Soler y yo. Después leíamos y paseábamos por allí. Algunos domingos, subíamos a las cúspides de las montañas, para contemplar el panorama de Guadarrama.
21.3.08
20.3.08
113

Sin más, me salió un callo en la mano, se me infectó y tuve que coger la baja. Fui a ver a Manuel Fernández, que era el que hacía de médico y practicante del Destacamento, y le dije que quería ir a trabajar. Él me dijo que aún tenía la herida tierna, pero yo decidía. Esto era un sábado, y el domingo me llamaron que quería verme el Oficial del Departamento:
-"¿Es verdad que quiere ir a trabajar el lunes?".
Digo: "Sí, señor".
-"¿Qué interés tiene usted en trabajar tan pronto?".
-"Ninguno, pero no sé las costumbres, y ya estoy mejor".
-"Mire usted, el informe que tengo es que aún no está en condiciones. Y no vaya a creer que la empresa le va a tener ninguna consideración por mucha atención que le tenga. De modo que tómese una semana más, y tranquilo. Cójase libros, váyase a la montaña, y tranquilo".
Y así lo hice.
Un día, estaba paseando por las cercanías del monasterio. Allí estaban cargando escombro mi compañero y el que decía ser confitero, y dirigiéndose a mí, me dijo: -"Comas, mira". Cada palada que tiraba al camión decía: -"¡Oro molido!... ¡Oro molido!...". Y tenía razón. Los escombros eran de las celdas, que tan pronto como las terminaban, las echaban abajo. Continuamente.
Foto: Manolo Comas en el Valle de los Caídos, 1949 o 1950.
19.3.08
112
Después me explicó que lo que iba a deshacer yo, ya lo habían hecho varias veces. Viene el contratista, ve que las puertas están unas frente otras, hay corriente de aire y es malo para los seminaristas. Viene el aparejador, no le gusta el modelo de celdas, al suelo. Va Franco, no le gustan, y así sucesivamente, tirando y construyendo. Con que, con el pico, empecé a tirar celdas. Cuando vino uno de los encargados, me dijo que me lo tomase con calma, me invitó a fumar y estuvimos mucho rato hablando. Sin decir nada, me di cuenta que el trabajo lo debía llevar moderadamente.
Al día siguiente, vino un encargado que había sido preso y pertenecía a nuestra organización. Me preguntó si sabía manejar la maza y el puntero. Yo le contesté que eran herramientas de minero, y yo era minero profesional. Así que me dio un juego de punteros y una maceta, y ves haciendo estas rozas que están marcadas. Así iba haciendo. Cuando venía el encargado, yo paraba a fumar y charlar con él, cosa que veían mal los otros componentes rocistas, el que yo parase con el encargado delante. Ellos, entonces era cuando trabajaban. Yo les dije que me justificaba la faena. Aunque los que había eran malos rocistas. Había veces que estaban sentados cuando no estaba el encargado, y para hacer ruido, picaban el pistolete sin clavarlo. Yo les decía que yo, de ser encargado, sin estar delante, sabría quien rendía y quien no.
Al día siguiente, vino un encargado que había sido preso y pertenecía a nuestra organización. Me preguntó si sabía manejar la maza y el puntero. Yo le contesté que eran herramientas de minero, y yo era minero profesional. Así que me dio un juego de punteros y una maceta, y ves haciendo estas rozas que están marcadas. Así iba haciendo. Cuando venía el encargado, yo paraba a fumar y charlar con él, cosa que veían mal los otros componentes rocistas, el que yo parase con el encargado delante. Ellos, entonces era cuando trabajaban. Yo les dije que me justificaba la faena. Aunque los que había eran malos rocistas. Había veces que estaban sentados cuando no estaba el encargado, y para hacer ruido, picaban el pistolete sin clavarlo. Yo les decía que yo, de ser encargado, sin estar delante, sabría quien rendía y quien no.
18.3.08
111
Al día siguiente, me presentaron a mi encargado general, de los que había cuatro o cinco en el edificio. El edificio, también llamado monasterio, se compone de dos pisos y un ático en forma de parrilla; es de unas dimensiones fabulosas, con unas trescientas celdas de una construcción interior inmejorable, con calefacción interna, teléfono, agua corriente, baño con ducha y bañera normal con unas capas de alquitrán y una pintura impermeable, y una decoración perfecta. A cada lado del pasillo central había una sala. Esas salas estaban dedicadas a la dirección del piso. Los bajos eran todos salas y locales grandiosos, que desconozco para qué los querían.
Así que estaba con el encargado general, que era más ancho que alto, y que siempre estaba blasfemando a Dios y al Diablo (pero que no le tocasen la Pilarica, que era su patrona, y para él era cosa sagrada). De modo que dice: "Coge ese pico y ves tirando todo eso". Yo digo: -"¿Eso, qué?". Dice: "Eso, esas paredes. Aquí, lo que se hace hoy, se tira mañana, mecauen Dios".

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Foto: Cruz del Valle de los Caídos.
Así que estaba con el encargado general, que era más ancho que alto, y que siempre estaba blasfemando a Dios y al Diablo (pero que no le tocasen la Pilarica, que era su patrona, y para él era cosa sagrada). De modo que dice: "Coge ese pico y ves tirando todo eso". Yo digo: -"¿Eso, qué?". Dice: "Eso, esas paredes. Aquí, lo que se hace hoy, se tira mañana, mecauen Dios".
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Foto: Cruz del Valle de los Caídos.
17.3.08
110
De modo que a Antonio Rodes y a mí nos hicieron montar en un camión y, junto con el funcionario -que andaba cojo y se llamaba don Nico- nos fuimos a la estación del Escorial, que estaba a 16 km. Llegamos allí, y nos mandó ir cargando el camión de ladrillos. Estábamos cargando, y a cada momento iban cayendo chubascos, y nos refugiábamos en el muelle. Allí, los dos comentamos: "¡Mira que dejar dos presos solos en una estación!". Pero sabían que llevábamos muchos años de cárcel, y no nos íbamos a jugar la condicional, con el tiempo que nos quedaba.
Con que por fin cargamos el camión, "¿Y ahora qué hacemos?". Cansados de esperar, decidimos ir al bar a comunicar que ya habíamos terminado. Cuando entramos en el bar, fuimos la nota de atención de toda la concurrencia, que era mucha. Nos miraban como bichos raros con aquel uniforme y la boina del mismo color. Así que les comunicamos que ya estaba cargado. Estaban jugando a las cartas, e insistieron mucho en que bebiéramos algo. Pero, dándonos cuenta de que éramos el centro de atención de todos, nos fuimos al camión. Aún tardaron un buen rato en llegar. Por cierto, que cuando llegaron, nos dijeron que habíamos corrido mucho cargando.
Con que por fin cargamos el camión, "¿Y ahora qué hacemos?". Cansados de esperar, decidimos ir al bar a comunicar que ya habíamos terminado. Cuando entramos en el bar, fuimos la nota de atención de toda la concurrencia, que era mucha. Nos miraban como bichos raros con aquel uniforme y la boina del mismo color. Así que les comunicamos que ya estaba cargado. Estaban jugando a las cartas, e insistieron mucho en que bebiéramos algo. Pero, dándonos cuenta de que éramos el centro de atención de todos, nos fuimos al camión. Aún tardaron un buen rato en llegar. Por cierto, que cuando llegaron, nos dijeron que habíamos corrido mucho cargando.
16.3.08
109.- Valle de los Caídos
A mediados de Octubre, o poco antes, nos mandaron al Valle de los Caídos. Tan pronto llegamos -ya era el atardecer- nos destinaron a los tres del pueblo al Barracón, donde luego acudieron todos los trabajadores, que estaba compuesto por unos ciento cincuenta de delitos diversos. Los más eran compañeros, que nos fueron presentados todos y nos dieron una gran acogida todos en general. Y, en especial, Manuel Fernández, que era el Secretario General de Galicia, y Ramón Remacha, que era aragonés, y de gran estima en la organización por sus actuaciones. Allí tenía mucha personalidad en la obra. En la oficina había un Oficial, y un funcionario con dos presos compañeros nuestros.

Al día siguiente, nos formaron en la calle, y los primeros en llamar fuimos nosotros. "¡Los mineros, que den un paso adelante!". Y salimos los tres. Nos llamaron por el nombre; después: "¡Los carpinteros, que den un paso adelante!". No salió nadie. Después dice: "¡Fulano de Tal!". "Presente", responde uno. "¿Usted no es carpintero?". Dice: "¡Yo soy confitero!". "¡Pues a buena parte has ido a parar para hacer confites!". Al resto los mandaron a trabajos diversos.
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Imagen: Valle de los Caídos (vista frontal).
Al día siguiente, nos formaron en la calle, y los primeros en llamar fuimos nosotros. "¡Los mineros, que den un paso adelante!". Y salimos los tres. Nos llamaron por el nombre; después: "¡Los carpinteros, que den un paso adelante!". No salió nadie. Después dice: "¡Fulano de Tal!". "Presente", responde uno. "¿Usted no es carpintero?". Dice: "¡Yo soy confitero!". "¡Pues a buena parte has ido a parar para hacer confites!". Al resto los mandaron a trabajos diversos.
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Imagen: Valle de los Caídos (vista frontal).
15.3.08
108.- Estancia en la cárcel de Yeserías
Al llegar, el primero con el que hablé fue Juanito Torres, que ya había visto nuestro expediente. También vino Cecilio Rodríguez y tres más, que todos habían formado uno de los Comités Nacionales. Cuando les hablé sobre lo que me había dicho Juanel de salir a trabajar, consideraban que tenía demasiada condena (era de quince años) para eso. Así que no veían muy claro el asunto.
En seguida me dieron destino. Me mandaron al chequeo de los paquetes de comida que entraban. Así conocí un elemento muy original. Se trata del "Consorcio de Franco", un elemento de una figura un poco rara: una altura de metro cincuenta, con ciento treinta Kg. de peso, era un sistema como un saco ancho, con dos palos, uno en cada lado del saco, y una calabaza para cabeza, sin cuello, pegada a los hombros. Le entraban un bolso de comida, jarabes, piorreas, reforzantes, y otras especies, con un valor mayor que entre todos los demás paquetes que entraban. Lo tenían en la enfermería, tipo camuflaje. Le subía el bolso, que casi no podía con él. A pesar de que me tenía que firmar el libro, durante varios días de mi estancia allí, nunca me dio las gracias ni oí su voz. Según las versiones que daban de él, lo querían linchar los estudiantes de Madrid, a consecuencia de unas estraperladas con los alimentos que mandaba Eva Perón, en especial barcos de lentejas para matar el hambre de aquella época. Y para despistar, lo camuflaron en Yeserías a cuerpo de rey. Para comunicar, no sé si era su señora o qué, pero lo vi personalmente, se cerraba con una mujer en la sala de Jueces cada día. No tenía relación con ningún recluso de la entidad. Yo, como tenía ese destino, me veía obligado cada día a llevarle el paquete que le mandaban. A lo pronto, parece que le molestaba el que después que firmaba, sin mirarte siquiera, le decías adiós y no te contestaba. Era repugnante.
En seguida me dieron destino. Me mandaron al chequeo de los paquetes de comida que entraban. Así conocí un elemento muy original. Se trata del "Consorcio de Franco", un elemento de una figura un poco rara: una altura de metro cincuenta, con ciento treinta Kg. de peso, era un sistema como un saco ancho, con dos palos, uno en cada lado del saco, y una calabaza para cabeza, sin cuello, pegada a los hombros. Le entraban un bolso de comida, jarabes, piorreas, reforzantes, y otras especies, con un valor mayor que entre todos los demás paquetes que entraban. Lo tenían en la enfermería, tipo camuflaje. Le subía el bolso, que casi no podía con él. A pesar de que me tenía que firmar el libro, durante varios días de mi estancia allí, nunca me dio las gracias ni oí su voz. Según las versiones que daban de él, lo querían linchar los estudiantes de Madrid, a consecuencia de unas estraperladas con los alimentos que mandaba Eva Perón, en especial barcos de lentejas para matar el hambre de aquella época. Y para despistar, lo camuflaron en Yeserías a cuerpo de rey. Para comunicar, no sé si era su señora o qué, pero lo vi personalmente, se cerraba con una mujer en la sala de Jueces cada día. No tenía relación con ningún recluso de la entidad. Yo, como tenía ese destino, me veía obligado cada día a llevarle el paquete que le mandaban. A lo pronto, parece que le molestaba el que después que firmaba, sin mirarte siquiera, le decías adiós y no te contestaba. Era repugnante.
14.3.08
107.- Traslado a la cárcel de Yeserías
Así que a la madrugada llegamos a Ciudad Real. La cárcel estaba lo menos a tres kilómetros de la estación. Una cárcel con un sistema de paridera; un patio en el centro de unos 12 metros de ancho por otros 12 de largo, con tres departamentos, que era donde dormíamos. Tenía una capacidad de una treintena, y llegamos a estar cerca de trescientos, de todas las especies, empezando por invertidos, criminales, ladrones, chorizos y demás. Sólo había un váter, que dormíamos al lado, por la recomendación que nos había dado Juanel ("el Cabo, un preso común, os tendrá alguna consideración"), y nos puso a su lado, protegiéndonos de la avalancha de depravados que lo invadían todo. No estuvimos mucho tiempo, pero los días se hacían interminables.
Así, un día, inesperadamente, formaron una expedición de un centenar y nos mandaron para Yeserías, que era la Cárcel Hospital, considerada la más moderna.
Cuando llegamos a la estación de Madrid, nos metieron a toda la formación en la sala de espera, pero así como entraba la gente, que era continuamente, quedaba parada, al ver la formación tan rara, con traje de penados. De modo que, al ver que llamábamos la atención de todos, nos hicieron salir, y nos trasladaron detrás de la estación, y así no nos veía nadie. A pesar de que no estaba muy lejos, no se atrevieron a trasladarnos a pie, por no llamar la atención de medio Madrid y mezclarnos con el personal.
Por fin, vino el camión, y nos hicieron montar los pocos que íbamos a Yeserías, y el resto los trasladaron a Carabanchel Prisión Provincial.
Así, un día, inesperadamente, formaron una expedición de un centenar y nos mandaron para Yeserías, que era la Cárcel Hospital, considerada la más moderna.
Cuando llegamos a la estación de Madrid, nos metieron a toda la formación en la sala de espera, pero así como entraba la gente, que era continuamente, quedaba parada, al ver la formación tan rara, con traje de penados. De modo que, al ver que llamábamos la atención de todos, nos hicieron salir, y nos trasladaron detrás de la estación, y así no nos veía nadie. A pesar de que no estaba muy lejos, no se atrevieron a trasladarnos a pie, por no llamar la atención de medio Madrid y mezclarnos con el personal.
Por fin, vino el camión, y nos hicieron montar los pocos que íbamos a Yeserías, y el resto los trasladaron a Carabanchel Prisión Provincial.
13.3.08
106
Creo que fue a mediados de Agosto cuando nos dieron la orden de partida. Nos montaron en un camión a unos quince, todos atados de dos en dos, salvo en el caso de Antonio Rodes, que le pusieron un tercero entre los dos, cosa que me hizo mucha extrañeza de que no le esposasen solo. Así que nos metieron en el camión para mandarnos a la estación. Pero antes de arrancar, subió el jefe de la expedición y nos dijo: -"¡Oído! ¡Si alguno se escapa, al que se queda le pego un tiro en la nuca!". Bajó del camión y arrancó enseguida para la estación.
Cuando llegamos a las cercanías de Albacete, entró un hombre con un cinturón lleno de navajas de Albacete, pero al entrar y ver la clase de gente que éramos, y con traje de penados, ya no acabó la frase y se volvió.
Al llegar a Albacete, al que iba atado en medio de Antonio Rodes, lo bajaron. Después, el jefe de la expedición pasó por los departamentos pidiendo perdón por la frase que nos soltó en Valencia. La causa era que se le había fugado dos veces, y por eso lo puso entre medio de los dos, porque era un preso peligroso. Nos dijo que el informe que tenía de nosotros era muy distinto a la frase que nos había soltado.
Cuando llegamos a las cercanías de Albacete, entró un hombre con un cinturón lleno de navajas de Albacete, pero al entrar y ver la clase de gente que éramos, y con traje de penados, ya no acabó la frase y se volvió.
Al llegar a Albacete, al que iba atado en medio de Antonio Rodes, lo bajaron. Después, el jefe de la expedición pasó por los departamentos pidiendo perdón por la frase que nos soltó en Valencia. La causa era que se le había fugado dos veces, y por eso lo puso entre medio de los dos, porque era un preso peligroso. Nos dijo que el informe que tenía de nosotros era muy distinto a la frase que nos había soltado.
12.3.08
105
El otro departamento estaba destinado a la barbería y ducha, y casi la mayoría, entre duchas y lavabos, pasaba por allí. Yo, de la sexta galería, tenía que bajar ochenta escaleras para asearme. El fuerte del trabajo era la palma, haciendo toda clase de bolsos y otras cosas muy bien hechas, que se mandaban por todas partes. Mi compañero Juanel mandó muchos pedidos, y mi familia le giraba los dineros a San Miguel.
En lo alto del edificio había un torreón que lo utilizaban para la desinfección de los petates. Cada dos por tres nos daban la orden de pasarlos. Aunque había un grupo de comunes que tenía una agencia, que pagando una peseta por colchón, lo llevaban y te lo devolvían.
Así iban transcurriendo los días, cuando nos pasaron la orden de traslado para trabajar, sin saber dónde nos mandaban. Comentando con Carrasquer, me decía que no saliese a trabajar, porque sería mucho mejor para mí, ya que podría continuar los estudios, que eran muy importantes. De lo contrario, suponía el abandono, en un momento en que progresaba mucho. Y estuve en un tris que no renuncié. En cuanto a Juanel, me dijo todo lo contrario. Me dio una lista de nombres que encontraría, en especial en Yeserías, como Cecilio Rodríguez, Juanito Torres, Manuel Fernández y otros tantos, pero todos de memoria. También me recordó que intentasen influir para que él saliese a trabajar.
En lo alto del edificio había un torreón que lo utilizaban para la desinfección de los petates. Cada dos por tres nos daban la orden de pasarlos. Aunque había un grupo de comunes que tenía una agencia, que pagando una peseta por colchón, lo llevaban y te lo devolvían.
Así iban transcurriendo los días, cuando nos pasaron la orden de traslado para trabajar, sin saber dónde nos mandaban. Comentando con Carrasquer, me decía que no saliese a trabajar, porque sería mucho mejor para mí, ya que podría continuar los estudios, que eran muy importantes. De lo contrario, suponía el abandono, en un momento en que progresaba mucho. Y estuve en un tris que no renuncié. En cuanto a Juanel, me dijo todo lo contrario. Me dio una lista de nombres que encontraría, en especial en Yeserías, como Cecilio Rodríguez, Juanito Torres, Manuel Fernández y otros tantos, pero todos de memoria. También me recordó que intentasen influir para que él saliese a trabajar.
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