8.12.08

143

En los jóvenes, que salían de noche con una manta al cuello, al no haber luz se creaban una especie de cuadrillas con aires de liderazgo. Los más fuertes se dedicaban a acorralar a los débiles, no les dejaban festejar y los mandaban a dormir, causando mucho malestar. En represalia, hubo algunos casos muy lamentables, como el tal del "Santo", que era un tipo muy fuerte y muy chuleta, que se dedicaba a mantear a todo el que encontraba, y tenía a la juventud atemorizada. Con que se juntaron unos cuantos, organizaron unas patrullas, y en el callejón del Ayuntamiento lo acuchillaron hasta dejarlo muerto.

7.12.08

142

Antiguamente, una vez se hacía de noche, en el pueblo la vida se hacía insoportable: no había luz eléctrica ni de carburo.
En las pocas minas que había, también trabajaban con candiles, una especie de recipiente plano, a forma de tortuga. A primeros de siglo XX aparecieron los satilenos de carburo, y los cafés ya pusieron instalaciones con mecheros, que cobraron una luminosidad aceptable. En las casas, todas se alumbraban con candiles de aceite. Para ir de un departamento a otro tenías que ir con el candil, y procurar no pegar fuego, porque la mayoría de los tabiques eran de cañas.

Las mujeres amasaban el pan cada quince o veinte días. En verano se florecía, pero los padres decían que comiendo el pan florecido se volvían majos.
Para el almuerzo se solía comer torradas y una sardina. Algunos ni eso. Para comer, olla, judías con tocino y morcilla y para toda la familia un hueso de tocino y un poco de chorizo. Otras familias, farinetas para almorzar, y para comer olla con sebo de cerdo, que era lo más barato. Y para cenar, patatas con bacalao y arroz o verdura de la huerta.
Los mineros, en invierno iban tirando, pero en verano venía el paro, y las pasaban moradas. Unos cazaban, otros ayudaban a los payeses a cambio de la comida y poca cosa.

6.11.08

141.- La primera carretera y el primer coche

El correo lo hacía una tartana o berlina que hacía un viaje cada día. También llevaban pasajeros, como cuatro o cinco. Iban a ver montar a las mujeres, porque, al levantar la pierna al estribo, enseñaban el tobillo, y se hacían muchos comentarios. Al cartero lo llamaban "el Chef". Tenía un caballo de mediana edad y estatura, pero como el carro pesaba poco, iba tirando.
De la noche a la mañana vino una caravana de burricos blancos con su saria encima. Cada hombre llevaba cuatro o cinco burros recogiendo piedra por todas partes, y la descargaban a los lados de la carretera. Unas brigadas de picapedreros la picaban a destajo. Y en poco tiempo rellenaron la carretera de Fraga hasta Mequinenza.
Una vez terminada la carretera, apareció el primer coche de Correo, con ruedas macizas de goma. Lo llamaban "el Cochomóvil". Una especie de autocar que, con los mineros de la comarca, llevaba más encima que dentro.
La primera vez que llegó el coche fue una avalancha de gente a recibirle con gritos de júbilo y aclamaciones. Los más avispados del pueblo sacaron canciones del coche, las minas y algunas mozas.
Al poco tiempo emprendieron la carretera de Maella, pero ésta costó un poco más.

5.11.08

140

En el siglo de 1800 según mi abuela vivían un sistema mucho peor que el nuestro en muchos aspectos. La siega la hacían con la hoz y la trilla, con una tabla con hierros y piedras de pedriñera (pedernal, sílex) incrustadas en una tabla. Con las caballerías la arrastraban por la parba hasta que hacían paja, y a triar el grano. Después, el grano lo acarreaban a carga con las caballerías. Después vino la dalla (guadaña), que fue un gran adelanto para la siega. Y se construyeron unos trillos con unos cilindros y unas cuchillas que daban vueltas por la parba que se adelantaba mucho.
Con las forcas, cada hora tumbábamos las parba hasta hacer la paja, después ventarla y limpiar el grano.

En el 1900 empezaron a hacer caminos para carros en el término, y algunos ricos compraron carros, pero los pobres continuaron con la misma rutina. De Mequinenza a Fraga no había carretera, sino un camino ancho de tierra, que lo transitaban los tres recaderos que había. Eran los Tonis, los Gregorios y los de Manoleta de Petra. Cada uno tenía un carro grande con toldo y tres caballerías (mulos grandes). Vestían una blusa negra y grande atada con dos cordones. Los tres iban con sus hijos mayores. Hacían el comercio de Mequinenza-Lérida dos veces a la semana. Entre ellos no se hablaban, pero si se hallaban en apuros, se ayudaban hasta la muerte. Los hijos tenían buena relación.

4.11.08

139

Todos los que hacíamos carbón pernoctábamos en la Herradura, y a la mañana siguiente, a las cuatro de la mañana, nos levantábamos y derecho a Caspe.
Allí empezabas a dar vueltas por las calles, esperando que te llamara una compradora. Discutías el precio, y mirabas de arreglarte. Una vez vendido el carbón, ibas con el alguacil municipal al pesador, pesabas y te daba el resultado. Después cogías el saco y lo subías a la casa a vaciarlo. Una vez terminado, le dabas una pequeña propina al pesador (0,50 céntimos), y contento. Reuníamos unas 45 pesetas más o menos. 50 eran una gran venta.
Después nos íbamos de compras a las tiendas. Comprábamos arroz, judías, bacalao, sopa, fideos extra. Para el camino de vuelta comprábamos un pan, 50 céntimos de salchichón. Y 50 céntimos de caramelos para los pequeños, que se los dabas cuando llegabas a la masía.
En el viaje, empleábamos entre ir y venir un día y medio agotador. Muchos llevaban el carbón a vender a Fraga, Serós y Massalcoreig a cambio de patatas.

2.11.08

138.- Segunda Parte: Recuerdos de los Tiempos Antiguos

(Nota del Transcriptor) Añadido de escritos posteriores:
Manolo sigue escribiendo. Para no desvirtuar la integridad del cuaderno original, los nuevos apuntes, escritos en hojas sueltas, serán publicados sucesivamente, aunque no se siga el orden cronológico del cuaderno. Se refieren a tiempos anteriores a la Guerra Civil.

Cuando sufríamos los trastornos de los malos años, mi padre, viéndose impotente para darnos de comer a ocho que éramos de familia, recurría a hacer carbón vegetal, o a coger destajos de olivos, por donde saliese. Si tocábamos el carbón, nos poníamos en una solana o umbría, y hasta que no quedaba en pie ninguna mata, coscoja, aladierno o enebro, allí no levantábamos cabeza. Después, con los dos burros bajábamos las cargas de leña por aquellas laderas, que no podían andar más que los perros cuando cazaban, o algún jabalí.
Una vez en la finca, a montar la carbonera y darle fuego, y tenías que estar pendiente de ella como un enfermo. Que a poco que te descuidabas, te jugabas el esfuerzo de toda la semana. Y, aunque lo que daba no era mucho, lo necesitábamos como el santo bendimiento.
Cuando rayaba el día, procedíamos al desmonte de la carbonera, que consistía en quitar la tierra, las piedras que formaban las espilleras, y la broza que evitaba que no colase la tierra, y ponerle otra, y así se apagaba si había algún rescoldo de fuego, para cegarlo. Después recogíamos el carbón, que lo poníamos en sacos, y teníamos que estar al tanto de que no se nos encendiese. Una vez recogido, lo cargábamos en las caballerías (tres sacos, unos 100 kg.) y nos íbamos a venderlo a Caspe.

13.4.08

137

Debidos a ciertas actividades entre Montes, Hermandad Cooperativa y los de la ENHER, había adquirido cierta personalidad, en general con los payeses, que habían visto en mí a una persona formal, honrada y sin vicios, y por eso depositaron en mí toda la confianza incondicionalmente. Pero mientras progresaba por un lado, por el otro, el Ayuntamiento estaba poseído por una mala baba de alguno de sus miembros, que estaba mirando continuamente por ver si podían mandarme otra vez a Torrero. Suerte que tuve que uno de los miembros de los empleados me llamó, y me dijo que andase con cuidado, que había un sector en el Ayuntamiento que presionaba para mandarme a Torrero. Así que tuve que reflexionar y deshacerme de todo, hacer marcha atrás, y desde entonces ya no he figurado con cargos públicos. Hasta hace unos años, que me nombraron Tesorero del Club de Fútbol, pero estaba rodeado de una directiva muy incompetente y poco formal, y se deshizo por sí sola.

FIN (de momento)



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Imagen: Manolo Comas en una foto reciente

12.4.08

136

Cuando tomamos la decisión de hacer dimitir al maestro, o Secretario, también tuvo que dimitir el Presidente, que era el Sr. Joaquín Castelló, que alegó que era muy mayor, y no podía colaborar con gente que parecía que habíamos leído el último libro.
Así que me nombraron Presidente, y pudimos trabajar con más soltura. Revisamos las cuentas y las acciones, que muchos se consideraban socios, y resulta que eran "usuarios"; tenían derecho a beneficiarse de las leñas, pero nada más, y ni voz ni voto. Pero lo llevaron tan bien, que hubo que no eran accionistas, y llegaron a ser de Junta y hasta presidentes, que, al darse cuenta los más listos, le otorgaron una acción de las que había olvidadas -que eran muchas, que aún las hay de familiares desaparecidos.
Marchaba todo bastante bien, y un día se presenta un aviso del Ayuntamiento, que me personase con el secretario a tal hora: fuimos allí, y nos estaban esperando unos señores de la ENHER para arrendarnos seis hectáreas en la partida del Ribé, a la orilla de lo de Caballé. Que es todo lo que es el amarre del pantano. Con que quedamos de acuerdo, y al día siguiente, reunimos a la directiva y los asociados, con carácter de general (Asamblea). Acordamos de pedir mil pesetas por hectárea, aunque en aquella época nos parecía un poco exagerado pagar mil pesetas por hectárea de un terreno que no valía más que para anidar cuervos y alguna otra alimaña. Así que, como todos teníamos poca experiencia lucrativa, decidimos que a rebajar ya seríamos a tiempo. Al día siguiente, fuimos a la cita, y aceptaron nuestra oferta sin rechistar de seis hectáreas de un roquisal que no había nada aprovechable. Al día siguiente, ya empezaron las obras que revolucionaron Mequinenza. Acudieron gente de todos los pelajes; algunos buenos, pero en general eran gente muy fulera.

11.4.08

135

Después emprendimos el problema de los pinos. Fuimos a entrevistarnos con el sr. Piera, que se le debían cincuenta mil pinos y estaban en pleito con él. Nos recibió en Zaragoza muy cordialmente, y que estaba decidido a cortar los pinos pronto. Nos informamos con el abogado asesor de la sociedad. Después de sus consejos, fuimos a otro, y nos dio los mismos consejos. Que de diez pleitos, teníamos nueve y medio ganados, pero los pinos se los habían vendido. Por lo tanto, eran suyos.
El precio de los pinos era de dos pesetas. En el informe que nos dieron, figuraban la anterior directiva, el Secretario y algún otro implicados. Decidimos llamar una Junta General Extraordinaria, a la que acudió mucho público. Empezamos el debate y, después de explicar todos los trámites realizados, una de las personas más influyentes del pueblo nos expuso que tirásemos adelante. Pero le contesté que había alguna persona de los presentes que estaba implicada, y no sería yo quien le mandase a la cárcel. Así que decidieron crear una comisión para el arreglo de los pinos, y decidieron que los cortasen y acabar con todo el lío. Se hizo un recuento algo a la ligera, y decidieron cortar las siguientes partidas: empezaron por Vall de l'Om, Valles Fleises, Caídas de Llosa, y Barranc Gran y Vallasierra Salida, y no cortó la otra val porque ya la había cortado Carreño.

Así que dejaron el término sin pinos, y la Sociedad de Montes sin pinos y sin dineros. Suerte tuvo de que entramos nosotros, si no hubiera desparecido. La tenían como un caso muy chocante: estaba tan unida al Ayuntamiento, que lo manipulaban todo. Era una especie de mamella que todos chupaban de allí: necesitaban dineros para las barandillas del puente, cuarenta mil, sin intereses y sin compromisos de devolución; para el adoquinado de la Plaza de Armas, ídem de ídem; para el Santo Cristo de la parroquia; entre los mineros y montes, para el teléfono, no recuerdo la cantidad; y una serie de las que no se acaban.

10.4.08

134

Así que nos dispusimos a aumentar el precio, calculando desde que empezaron con el contrato de después de la guerra, y encima, el tanto por ciento para cubrir el presupuesto. Cuando presentamos todos los datos a la directiva y los asociados, hubo un revuelo de mil demonios; decían y alegaban que enfrentarse con la potencia minera era muy peligroso, y que tenían una fuerza fabulosa. Después de muchas disensiones, decidimos llevarlo a cabo en seguida. Les pasamos la comunicación, y decidimos reunirnos en la oficina de [la mina] Previsión. Fuimos Jesús el secretario y yo; nos estaban esperando: el administrador de Previsión (Pepito), el tío Pepe Estruga, el tío Ramón del estanco, y Agustinet del Moreno. Les explicamos los motivos de la subida del alquiler y la reacción fue fuerte, diciendo que nos habíamos pasado y que no pensaban pagar; pero gracias a la intervención de Pepito, el administrador de Previsión que, haciéndoles ver que aquella subida era justa y que habían de haber sido otras directivas quienes tenían que haber hecho las subidas, y ahora no nos hubiéramos visto en aquel trance tan desagradable. Después de su intervención, todos vinieron de acuerdo, y nos apuntamos un gran tanto.