12.1.08

46

Allí me encontré con mi cuñado Joaquín, que estaba en la 117. Salimos a la madrugada con un camión pequeño, y, al poco trayecto, apatinó y volcó, y el que salió más mal parado fui yo, que se me rompió la muñeca, el cuerpo lleno de contusiones, y heridas por el brazo. Con el frío que hacía -era de madrugada y estábamos a 18º bajo cero- yo ya consideraba que aquello era el final. Pero no sé cómo ni de qué manera, que me llevaron a Alcalá de la Selva.
Allí me metieron en una cama, con las sábanas medio negras y llenas de sangre de algún herido, y no tenían ropa para cambiar las camas. Era un puesto de urgencia de primera cura. Así que, sin almorzar, ni comer, ni cenar, a las tantas de la noche, vinieron a por mí. Me pusieron sentado en un banco, los tres aguantándome y dos tirando del brazo, el caso es que, cuando me desperté, me dijeron que estaba en Segorbe. Con que vino un médico y unas enfermeras, ordenando que cuanto antes me quitaran el yeso, que la inflación pasaba tres dedos por encima. Con que luego vino un señor corpulento, con unas tijeras de podar, dice que era el practicante, y no quieras saber lo que pasé hasta que me lo sacaron. Lo que sí me dijo es que se me estaba encangrenando, y urgentemente había que sacarlo.

11.1.08

45

Así que fuimos subiendo, hasta que encontramos la pista. Antes de encontrarla, dimos con una paridera, entramos dentro, y encontramos mucho bacalao y pan. Y como hacía unas cuarenta horas que no habíamos comido, nos atracamos demasiado de pan y bacalao. Pero el problema vino después: una sed que no podíamos resistir. Comíamos nieve, y contra más comíamos, más sed teníamos. Cuando ya estábamos al final de la cordillera, había una caravana de cubas de agua llenas abandonadas. Tratamos de abrir los grifos y estaban congelados. Y no podíamos abrir la tapa de encima. Al final, con una lata que había por allí lo conseguimos, y pudimos beber. A los tres días dimos con la Compañía, y el recibimiento fue apoteósico, porque ya nos dieron por muertos o desaparecidos.

Así que, al quedar sin camión, nos mandaron al Trece Cuerpo del ejército, y nos enviaron a un pueblo llamado Alcalá de la Selva. Llegamos a media noche, y había nieve hasta la rodilla. Al lado de la carretera hicimos una fogata con pino verde, que por delante te quemabas y por detrás te quedabas helado.

10.1.08

44

De pronto, parece que te has salvado de la masacre que ha habido durante el día, pero los problemas no acaban. Íbamos un grupo de siete en fila india, para no destraviarnos del espesor de la niebla. En esto que oímos unos voceríos, y era que estaba acampado el Campesino, y a todos los que cogían, los mandaban al Mansueto, a primera línea, entre dos fuegos. Nosotros, al ver el panorama, nos desviamos a la izquierda. Una vez superado aquel percance, empezaron las disensiones: que si arriba, que si abajo, y no había manera de ponernos de acuerdo. Hasta que yo me puse muy serio, y les dije: "Cada uno que haga lo que quiera. Yo me voy por aquí." Los demás dijeron: "Danos una razón. ¿Por qué quieres ir por aquí?". Y les dije: "Bajamos por una pista de la ladera izquierda de la cordillera de Corbalán. Al final, nos localizaron y cazaron los fascistas, de modo que, si vamos subiendo, vamos de cara a la cordillera, y la pista que hemos bajado queda a nuestra izquierda". Fue entonces que mi compañero, el otro chófer, dijo: "Yo me voy con Comas, que tiene una idea muy clara de donde estamos."

9.1.08

43.-La Desbandada

Pasamos unos días vagando por allí, y por fin nos mandaron a Rodilla, frente de Teruel. Hicimos otros dos viajes de Requena y Buñol, cargados con las fuerzas de las brigadas de la División. Las distribuyeron entre Corbalán, Tortajada y Valdecebro, con un frío de muchos grados bajo cero.
A nosotros nos destinaron con un grupo de transmisiones. Iban a tender líneas de comunicación con la División 25. Pero cuando llegamos al llano de Valdecebro, vino una bandada de Junkers y empezaron a bombardear la Brigada 117, que iban a tomar las posiciones que ocupaba el Campesino. Pero éste ya las había abandonado, y se situó más atrás, a la ladera del Mansueto. De modo que nos pilló con las fuerzas desparramadas. Y después del bombardeo vinieron los cazas ametrallándonos todo el día sin descansar, hasta que se hizo de noche. Entonces fuimos al camión, y una bomba lo había tirado fuera del camino, culo arriba. Nosotros estuvimos todo el día tumbados encima de la nieve, sin podernos mover por los cazas. Cuando oscureció, fuimos a recoger alguna cosa del coche, y ya no nos dejaron llegar, por el fuego cruzado de los fascistas.

En las competiciones se habla de superar marcas por atletas y deportistas. A mí me gustaría comprobar lo que es capaz una persona que, después de pasar todo el día tumbado sobre el suelo, sin ningún resguardo, esperando que una bala o bomba acabe son su existencia y, cuando parece que ha terminado el combate, te levantas con el cuerpo dolorido, la vista turbia y la mente atrofiada, de golpe y porrazo sientes el repiqueteo de las ametralladoras que te dibujan, y, así como corres, las balas te pasan delante; saltas piedras grandes, matas, ribazos, sin mirar la profundidad ni la anchura que tienen; hasta que la oscuridad se convierte en tu aliado benefactor. Pero después viene lo bueno. Estás desorientado, la niebla te impide orientarte, y no sabes donde tirar para no caer en manos del enemigo.

Soldados muertos en Teruel


Foto: Soldados muertos sobre los helados campos de Teruel (21 de Diciembre de 1937). Autor: Robert Capa.

8.1.08

42

Le conté todo lo que me había pasado, y me dijo: "No te preocupes, la base está en Valencia, y tenemos que ir allí. Tu déjame hacer a mí".
De modo que ya se acercaba el día, y tiro. Llega al control y dijo: "¡Hola muchachos!". Y sacó, en vez de la hoja de ruta, un paquete de cigarros medio vacío, y arrancó a toda marcha para Valencia.
Llegamos al Perelló con más hambre que el perro de un saltimbanqui. Allí en la plaza había un portalón, grande y antiguo, con un hombre que abría la portezuela del medio; nos acercamos a él y le dijimos si tenía algo para almorzar. Nos dijo que no tenía nada. Nos exclamábamos, aunque no fuese más que una sopa hervida. Después de mucho rogar, nos hizo subir al primer piso. Una vez arriba, dice: "¿Os comeríais unas costillas asadas?". ¡Oh!", dijimos nosotros. Perdimos la cuenta de las que nos comimos. Así llegamos a la Ciudad Jardín de Valencia, al lado de Burjasot, el pueblo de Blasco Ibáñez. Los compañeros de allí ya nos daban por desaparecidos.

7.1.08

41

Después fuimos a cenar a un hotel de categoría. Y así pasamos unos días por Barcelona, yendo de aquí para allá. Hasta que llegamos a Alcañiz, y allí me detuvieron. Llegamos al control, y nos tiraron el alto. Mi compañero, que era muy tuno, me dice: "Bájate, que voy a aparcar el camión". Y tan buen aparcamiento que marchó, y yo quedé detenido. Eran las dos de la tarde, a pesar de que aún no habíamos almorzado, cuando se presentó Líster, que era el jefe de la 27 División y era comunista, empezó a hacerme preguntas y a amenazarme de mala manera. Yo, haciéndome el plan del bonifacio y que no sabía nada. Me pidió la documentación, y le di los dos carnets que tenía de conducir, uno del Ministerio de Guerra y el otro de lo Civil. Con que me los retuvo los dos, y me dijo que estaría allí hasta que me viniese a buscar mi compañero. Y que no intentase nada, porque había dado orden de que me pegasen un tiro si intentaba algo. Así estuve, en un rincón, sin pestañear, hasta las tres de la madrugada. Entonces volvió Líster. A mí se me vino el mundo encima cuando lo vi, porque estaba indefenso. Pero me dio los dos carnets y me dijo: "¡Antes de dos horas os quiero aquí!". Y me dejó marchar. Yo me fui directo al convento, que era donde tenía la base, y allí no había nadie. Todos habían marchado. Así que, dando vueltas por si veía algo, oigo "¡chit!", y me di cuenta que era mi compañero.

40

La estancia en Barcelona tuvo sus pros y sus contras. Resulta que el chófer que iba conmigo era de Caldes de Montbui, y yo me quedé con los otros chóferes del grupo. Dieron la orden de partida y, claro, al no presentarse él, yo decidí agregarme al grupo de regreso. Pero al llegar al plano de El Vendrell -al chófer le llamaban Banau, y con él andaba mi primo Joaquín- empezó a hacer el tonto el camión, y resulta que se le fundió una biela. Tratamos de ponernos en comunicación con la base, y fue en vano. No teníamos dineros ninguno de los tres. Entonces, cambiamos un saco de patatas por la comida, y yo me volví a Barcelona con un camión de Correos, en las ruedas, que casi me hubiese valido más andar a pie.

Con que me fui a la base, y luego vino el chófer. Así que preguntó: "¿Dónde podríamos ir a cenar?". "Aquí detrás dan muy bien de comer, le llaman La Favorita". Nos sentamos allá, y dice: "¿Qué quieren para primer plato, uno o medio de garbanzos?". Dijimos uno, y nos sacaron un plato con cuatro garbanzos a medio cocer. Preguntamos si se habían equivocado. Dijeron que no. Con que pagamos el plato y se armó un gran escándalo.

5.1.08

39

Con que después nos llamaron a los cuatro camiones más grandes, para hacer una operación muy delicada. Nos mandaron a Teruel, y allí cargamos pieles y azafrán. Y nombraron delegado del grupo a mi compañero, por ser el más veterano. Los otros tres camiones los descargaron en la Delegación de la 25ª División. Estaba en la calle Roselló, al lado del Paseo de Gracia. Y nosotros lo íbamos distribuyendo entre Sabadell, Terrassa, Hospitalet y otros. Pero nuestra estancia se nos hacía muy difícil. No querían darnos gasolina por ninguna parte, y el Partido Comunista de Líster, que se había enterado de la requisa, dio la orden de capturar el camión. Pero el chófer, que era más vivo que la fam, no paraba. Escondimos el coche, y fuimos observando, hasta que, en la calle Urgel, localizamos un camión muy grande. Se asomó y vio que había un bidón de 200 litros de gasolina. Acto seguido, me dijo que me quedara observando, que iba a buscar el camión. Al rato, se presentó, y le dije que todo seguía igual. Así que enculó el camión, abrimos las dos portellas de detrás, y rodando lo pasamos al nuestro como si nada. Y así pudimos regresar a la base de Alcañiz. Pero allí no había nada más que el susto que nos esperaba.

4.1.08

38

A los pocos días, emprendieron otra ofensiva en el Sillero, una sierra que decían era el baluarte de Zaragoza. Pero, desgraciadamente, salimos mal parados. Tuvimos muchas bajas, entre ellos muchos del pueblo.

Así pasamos una temporada, yendo de aquí para allá sin ningún acontecimiento digno de atención. Pero ya a finales del 37 y el 38, vinieron las operaciones de Teruel. No fueron como las de Belchite, pero a primeros del 38, desde un pueblo llamado Tortajada, para celebrar el éxito, nos hicieron ir a Alcañiz, que era donde tenía la base el Cuerpo Tren y la 25ª División. A cargar de cervezas y licores, y en todo el trayecto, desde Alcañiz a Teruel y viceversa, había dos palmos de nieve. Con que pusimos una cadena a las ruedas, y así pudimos hacer el viaje. Viajamos a una temperatura de 18º bajo cero. La cincuentena de coches que teníamos allí, a cada 10 minutos los teníamos que poner en marcha. De lo contrario, si no lo hacíamos, ya no podíamos moverlos si no los remolcábamos. Y así las 24 horas del día.

3.1.08

37

Por fin pudimos recuperar Belchite, y parecía que habíamos pasado un mal sueño. Aquello era un montón de ruinas. No había ni tan sólo una casa que no estuviera dañada, porque estaban bajo el fuego raso del monte Lobo y eran blanco fijo. Y después que hicieron una resistencia encarnizada, tuvimos que conquistarla palmo a palmo, haciendo boquetes y con bombas de mano. Hubo una cantidad de bajas enorme, por ambos lados. Hacía un calor sofocante, y las víctimas esparcidas por todo el pueblo en estado de descomposición. Andábamos con pañuelos atados a la cara y en todo. Era irresistible. Una vez normalizada la cosa, hicieron un hoyo muy grande, y a mí me tocó ir con el camión a recogerlos, que fue una faena muy desagradable. La cantidad que había era inmensa. Los enterramos a la parte baja de una ladera del río. Murieron varios de mi pueblo (Mequinenza) . Creo que entre aquellos no había ninguno, porque prestaba atención, por si los reconocía.
En la recuperación de los cadáveres, habían reclutado una pandilla de desaprensivos que hay que ver cómo procedían. Les miraban los bolsillos. Si llevaban algo de algún valor, se lo quedaban; anillos, dinero, incluso algún diente de oro.


Foto: Belchite, al poco de acabar la batalla.