Yo considero que, si algún pueblo se merece un homenaje de Apóstoles, éste debería ser para las mujeres de Alicante. Las recuerdo cuando íbamos a los almendros; después, de vuelta para la Plaza de Toros, serias, sin pestañear, y llorando a lágrima viva. Había un cordón de espectadores incalculable.
Después vino el reverso. Andando por aquellas calles, nos topamos con un grupo de militares de Franco, y se encaran con nosotros:
-"!Ostia qué tres, qué cara de criminales tienen... particularmente el del medio!".
El del medio era yo.
Después, los dos de Alcampell querían buscar algún almacén de intendencia para que nos suministraran algo de comida para el camino. Yo, más desconfiado, que era impropio para nosotros. No obstante, vieron un almacén, y entraron dentro. Yo me quedé en la puerta, receloso. Dentro había un Capitán y dos o tres más, y, al entrar, el Capitán les dijo:
-"¿Qué sois vosotros?".
Dijeron: -"¡Militares de la República!".
-"¡Lo que sois rojillos... Canallas! ¡Que os doy un puntapié a los cojones que os los pongo para corbata!".
30.1.08
29.1.08
62
Salí con dos de Alcampell. Ya en la calle, con un aspecto deplorable, nos encaminamos para casa. Yendo por una de las calles principales, se nos acercan dos mujeres ya mayores:
-"¿Que han salido de la Plaza de Toros?".
-"Sí, señoras".
-"Se les nota. ¿No se comerían un puchero de lentejas?".
-"Rabiando estoy por unas".
Con que nos sentamos en la acera, dispuestos a devorarlas, cuando se presenta una tercera mujer, y dice:
-"¡Pobre gente, y las comen sin pan!".
-"Y ricas que están".
Al momento, aquella señora nos daba una barra de pan blanco, pero de inmediato se presenta su marido: -"¿Pero qué haces? Si no tenemos otra, y tenemos tres hijos pequeños". Entonces, cogí la barra de pan y se la devolví. Les dije que con las lentejas ya salvábamos la situación, y que aquel gesto de las tres mujeres no lo olvidaría nunca, aunque viviera cien años.
Después nos explicaron que en el puerto había una sierra de lentejas, las cocían, iban a la Plaza de Toros, daban nombres imaginarios, las entraban, pero se las devolvían, al no encontrar un nombre, con la atrocidad de hambre que había.
-"¿Que han salido de la Plaza de Toros?".
-"Sí, señoras".
-"Se les nota. ¿No se comerían un puchero de lentejas?".
-"Rabiando estoy por unas".
Con que nos sentamos en la acera, dispuestos a devorarlas, cuando se presenta una tercera mujer, y dice:
-"¡Pobre gente, y las comen sin pan!".
-"Y ricas que están".
Al momento, aquella señora nos daba una barra de pan blanco, pero de inmediato se presenta su marido: -"¿Pero qué haces? Si no tenemos otra, y tenemos tres hijos pequeños". Entonces, cogí la barra de pan y se la devolví. Les dije que con las lentejas ya salvábamos la situación, y que aquel gesto de las tres mujeres no lo olvidaría nunca, aunque viviera cien años.
Después nos explicaron que en el puerto había una sierra de lentejas, las cocían, iban a la Plaza de Toros, daban nombres imaginarios, las entraban, pero se las devolvían, al no encontrar un nombre, con la atrocidad de hambre que había.
28.1.08
61
Para beber, bebíamos en los urinarios. Recogíamos el líquido con un vaso de aluminio. Para hacer las necesidades, cogieron una brigada y les hicieron cavar una zanja en un corral, pero allí no se hacía más que sangre, de la desnutrición que padecíamos todos. Fue entonces que me enteré de que, al estar días sin comer, después de pasar tres o cuatro, el hambre desaparece. Y es cuando viene la fiebre. El problema es que tienes necesidad de ir de vientre y, al no comer, no puedes hacer nada. Y los problemas son graves.
Entre los compañeros, había un tal Teixidó, que fue chófer del famoso Molins, del Cuerpo Tren de la 25 División. Pesaba más de 110 kg., pero allí se quedó tan delgado que, para orinar, tenía que levantarse la barriga, porque le había quedado como una falda. Ese chico había sido boxeador.
Un día, nos hicieron salir como a medio millar, y nos llevaron a un cuartel a limpiarlo. A mí me dieron una escoba, que para lo que me servía era para tenerme derecho.
Por fin, después de no sé cuanto tiempo, a un grupo -también de medio millar- nos sacaron a declarar. Iba con mis primos en el grupo. Con que me toca a mí. Veía que al que le ponían una "F" azul, era que salía, y al que le ponían una "D" roja quedaba retenido. Así que me toca a mí: -"¿Motivos de ir al puerto?". Dije que llevé a un Capitán, con el que estaba de servicio, y no podía negarme. -"¿Tiene documentación?". Hoja de ruta y el carnet de conducir. -"¿Tiene alguna persona que le avale en el pueblo?". E instantáneamente me vino a la memoria Antonio Sagarra Navas y su cuñado, Anselmo La Casa. Acto seguido, ya marcó la "F" , que me di cuenta que iba fuera.
De modo que mis primos se quedaron. Una tableta de chocolate, que me dieron para el viaje, se la di para ellos, por una reja que nos separaba.
Entre los compañeros, había un tal Teixidó, que fue chófer del famoso Molins, del Cuerpo Tren de la 25 División. Pesaba más de 110 kg., pero allí se quedó tan delgado que, para orinar, tenía que levantarse la barriga, porque le había quedado como una falda. Ese chico había sido boxeador.
Un día, nos hicieron salir como a medio millar, y nos llevaron a un cuartel a limpiarlo. A mí me dieron una escoba, que para lo que me servía era para tenerme derecho.
Por fin, después de no sé cuanto tiempo, a un grupo -también de medio millar- nos sacaron a declarar. Iba con mis primos en el grupo. Con que me toca a mí. Veía que al que le ponían una "F" azul, era que salía, y al que le ponían una "D" roja quedaba retenido. Así que me toca a mí: -"¿Motivos de ir al puerto?". Dije que llevé a un Capitán, con el que estaba de servicio, y no podía negarme. -"¿Tiene documentación?". Hoja de ruta y el carnet de conducir. -"¿Tiene alguna persona que le avale en el pueblo?". E instantáneamente me vino a la memoria Antonio Sagarra Navas y su cuñado, Anselmo La Casa. Acto seguido, ya marcó la "F" , que me di cuenta que iba fuera.
De modo que mis primos se quedaron. Una tableta de chocolate, que me dieron para el viaje, se la di para ellos, por una reja que nos separaba.
26.1.08
60.- La Plaza de Toros de Alicante
En el centro del ruedo, descargaron una cantidad de paelleras y calderas enorme. Pero yo, por desgracia, no las vi usar. Así que, como pudimos, me reuní con mis primos Estruga y pudimos, a empujones, pasar al tendido, o pasillos. Con que con la manta que llevaba, y el macuto para cabecera, pude acostarme, con un mal de cabeza que no podía; los demás, sentados. Uno te pisaba la cabeza, otro el cuerpo, y así iban pasando los días.
Yo, de no haber sido por los hermanos Estruga, primos hermanos míos, me habría muerto. Cogí una delgadez, me lié una manta tirado al suelo, y continuamente unos me pisaban la cabeza, otros el vientre, e iba de mal en peor.
Mis primos, viendo que mi estado de ánimo iba decayendo cada día, me forzaron a que me levantase, y me dieron unos cuantos objetos para que los intercambiase: una máquina fotográfica, una pluma, unos zapatos, y algunas cosas más. De la pluma me dieron un chusco y una lata sardinas; y de lo demás, por el estilo. Así mejoré bastante. Después, por la noche, no se me acomodaba la cabeza al macuto, lo deshice, y llevaba cuatro o cinco latas de leche, que me llevé del internado Durruti. De modo que las repartí para el grupo, y si me descuido, no me dejan para mí.
En aquellas circunstancias se dio un caso muy curioso. Resulta que una familia de Alicante les entraba comida a unos que estaban a mi lado. Después de comer, desgranaron una habas y se comieron el grano, y tiraron las vainas a la basura, con tan buena suerte que nos tiramos un grupo, y las recogí yo. Después las repartí, y tocamos a media vaina cada uno.
Yo, de no haber sido por los hermanos Estruga, primos hermanos míos, me habría muerto. Cogí una delgadez, me lié una manta tirado al suelo, y continuamente unos me pisaban la cabeza, otros el vientre, e iba de mal en peor.
Mis primos, viendo que mi estado de ánimo iba decayendo cada día, me forzaron a que me levantase, y me dieron unos cuantos objetos para que los intercambiase: una máquina fotográfica, una pluma, unos zapatos, y algunas cosas más. De la pluma me dieron un chusco y una lata sardinas; y de lo demás, por el estilo. Así mejoré bastante. Después, por la noche, no se me acomodaba la cabeza al macuto, lo deshice, y llevaba cuatro o cinco latas de leche, que me llevé del internado Durruti. De modo que las repartí para el grupo, y si me descuido, no me dejan para mí.
En aquellas circunstancias se dio un caso muy curioso. Resulta que una familia de Alicante les entraba comida a unos que estaban a mi lado. Después de comer, desgranaron una habas y se comieron el grano, y tiraron las vainas a la basura, con tan buena suerte que nos tiramos un grupo, y las recogí yo. Después las repartí, y tocamos a media vaina cada uno.
25.1.08
59.- El Campo de los Almendros
Pero, al día siguiente, el asombro fue general. No sé el día que estábamos. Eran los primeros de Abril, no sé si el cuatro o el cinco. Había unos almendros cargados de almendras del tamaño de peladillas fabulosas o avellanas, y protegidas por el verdor de las hojas. El primer día, nadie tocó nada de las cuatro o cinco hectáreas que había plantadas de almendros. Pero, al día siguiente, aparecieron los almendros con el brote más delgado como media muñeca. Lo mismo que si hubiera pasado una tormenta de piedra que deja devastada de una manera catastrófica de lo más deplorable. No creo que volvieran a reverdecer.
Las mujeres de Alicante se esforzaban llevando cántaros de agua. Algunas cobraban hasta mil pesetas por un trago. Pero, como el dinero no tenía ningún valor, era igual que si la regalasen. Porque tanto en el puerto como en los almendros había dineros hasta la rodilla, y nadie los recogía. Acampábamos todos tirados al suelo, hasta que un día se presentaron unos grupos armados hasta los dientes, y, a empujones, nos hicieron ir para la carretera. Y, por las afueras de Alicante, nos condujeron a la plaza de toros. Nos metieron a unos diez mil, todos amontonados. Primero nos hicieron formar al ruedo, en forma de media luna. Y pasaron unos tipos, vestidos de falangistas, armados hasta los dientes, haciéndonos un registro de pies a cabeza, que no quieras saber. El que les parecía sospechoso, se lo llevaban y ya no sabíamos más de él.
Las mujeres de Alicante se esforzaban llevando cántaros de agua. Algunas cobraban hasta mil pesetas por un trago. Pero, como el dinero no tenía ningún valor, era igual que si la regalasen. Porque tanto en el puerto como en los almendros había dineros hasta la rodilla, y nadie los recogía. Acampábamos todos tirados al suelo, hasta que un día se presentaron unos grupos armados hasta los dientes, y, a empujones, nos hicieron ir para la carretera. Y, por las afueras de Alicante, nos condujeron a la plaza de toros. Nos metieron a unos diez mil, todos amontonados. Primero nos hicieron formar al ruedo, en forma de media luna. Y pasaron unos tipos, vestidos de falangistas, armados hasta los dientes, haciéndonos un registro de pies a cabeza, que no quieras saber. El que les parecía sospechoso, se lo llevaban y ya no sabíamos más de él.
24.1.08
58
Después, otro que se subió a una torre metálica del muelle, y no paraba de dar voces: "¡Vienen por aquí!, ¡Compañeros, vienen por aquí!, ¡Allá hay muchos barcos!"...
De hecho, los había, pero eran fascistas. A continuación, una caravana de mujeres gritando: "¡No os marchéis...!, ¡No os marchéis...!, ¡No os marchéis...!", sucesivamente. De golpe y porrazo, nos encontramos rodeados de tantos morteros y ametralladoras que se tocaban unos con otros, apuntando ante nosotros.
Continuamente entraba el Cónsul inglés, después el francés, diciendo que ellos no podían hacer nada. Que Franco era muy bueno. Que a todos los que no tenían las manos manchadas de sangre los perdonaba. Hicieron retirar las mujeres, y la situación de los hombres se hacía insoportable. Faltaba agua, comida, higiene, y todas las necesidades que las personas necesitan para subsistir. Ya al vernos impotentes y sin fuerzas, nos hicieron formar y, sin fuerzas para andar y en columnas de cinco, nos mandaron al campo de los almendros. Nos acomodamos en el suelo, esperando lo peor que nos podía pasar.
De hecho, los había, pero eran fascistas. A continuación, una caravana de mujeres gritando: "¡No os marchéis...!, ¡No os marchéis...!, ¡No os marchéis...!", sucesivamente. De golpe y porrazo, nos encontramos rodeados de tantos morteros y ametralladoras que se tocaban unos con otros, apuntando ante nosotros.
Continuamente entraba el Cónsul inglés, después el francés, diciendo que ellos no podían hacer nada. Que Franco era muy bueno. Que a todos los que no tenían las manos manchadas de sangre los perdonaba. Hicieron retirar las mujeres, y la situación de los hombres se hacía insoportable. Faltaba agua, comida, higiene, y todas las necesidades que las personas necesitan para subsistir. Ya al vernos impotentes y sin fuerzas, nos hicieron formar y, sin fuerzas para andar y en columnas de cinco, nos mandaron al campo de los almendros. Nos acomodamos en el suelo, esperando lo peor que nos podía pasar.
23.1.08
57.- La Hecatombe
Ya directamente nos fuimos al puerto. Y lo primero que me encontré fue el Jefe de la 25 División, que me llamó para que lo llevara al local de las Juventudes Libertarias. Fuimos allí a toda pastilla, subió de un salto, y me dijo que no parara el motor. Bajó al instante, y me dijo: "¡Ya lo tenemos todo perdido!".
El coche ya no lo pude entrar, y se me vino el cielo encima. Una avalancha de gente amontonada, de unas cuarenta mil personas, hombres y mujeres apiñados. Unos, que los barcos están a la derecha, como una tromba humana difícil de explicar, sin poder ni sentarse, ni acostarse, ni hacer sus necesidades; hasta que otras voces se oían: "¡Allá embarcan!", y todos apretujando por donde se oían las voces. Hasta que, por fin, rendidos, quedaban como estatuas, sin poderse tambalear para ningún lado, muertos de sed más que otra cosa.
Cada momento había alguien que se suicidaba -entre ellos, el Capitán del Estado Mayor de la 25 División, Máximo Franco, con el que había estado varios meses de enlace, y en el frente compartimos el mismo apartamento, junto con tres más de un pueblo medio destruido por la aviación y la artillería. Estábamos a primera línea-.

Foto: El barco Stanbrook, uno de los dos únicos que partieron del puerto de Alicante el 28 de Marzo de 1939, en los últimos días de la guerra. El barco iba escorado, con la línea de flotación hundida. Zarpó el 28 de Marzo a las 23 horas, con 2.638 personas hacinadas, entre bombardeos franquistas. El otro barco, el Marítime, salió con sólo 32 "personalidades" republicanas, aunque cabían muchos más. En el puerto quedaban decenas de miles de desesperados, abandonados a la represión fascista. La República agonizaba ante la dictadura.
El coche ya no lo pude entrar, y se me vino el cielo encima. Una avalancha de gente amontonada, de unas cuarenta mil personas, hombres y mujeres apiñados. Unos, que los barcos están a la derecha, como una tromba humana difícil de explicar, sin poder ni sentarse, ni acostarse, ni hacer sus necesidades; hasta que otras voces se oían: "¡Allá embarcan!", y todos apretujando por donde se oían las voces. Hasta que, por fin, rendidos, quedaban como estatuas, sin poderse tambalear para ningún lado, muertos de sed más que otra cosa.
Cada momento había alguien que se suicidaba -entre ellos, el Capitán del Estado Mayor de la 25 División, Máximo Franco, con el que había estado varios meses de enlace, y en el frente compartimos el mismo apartamento, junto con tres más de un pueblo medio destruido por la aviación y la artillería. Estábamos a primera línea-.
Foto: El barco Stanbrook, uno de los dos únicos que partieron del puerto de Alicante el 28 de Marzo de 1939, en los últimos días de la guerra. El barco iba escorado, con la línea de flotación hundida. Zarpó el 28 de Marzo a las 23 horas, con 2.638 personas hacinadas, entre bombardeos franquistas. El otro barco, el Marítime, salió con sólo 32 "personalidades" republicanas, aunque cabían muchos más. En el puerto quedaban decenas de miles de desesperados, abandonados a la represión fascista. La República agonizaba ante la dictadura.
22.1.08
56
Nada más llegar a Alicante, mandé al ayudante del Capitán que fuera a informarse de las decisiones que teníamos que tomar. Después de los años que han pasado, nunca he olvidado aquel momento. Me hicieron una propuesta, y yo, como un imbécil, no la acepté, y mi error no me costó la muerte porque no había llegado mi hora, como sí les llegó a muchos otros: al bajar del coche, la mujer que vino con nosotros se acercó a mí, y me dijo: -"¡Véngase conmigo!". Yo le dije que no. Ella insistió: -"Mire que no embarcarán. Lo sé muy bien. Se lo repito. ¡Véngase conmigo!". Yo le digo que no insista, que ya está decidido. -"Pues deme sus señas". -"Yo no tengo en estos momentos", le digo. Ella me preguntó: -"¿Cómo se llama?". Y yo le contesté: -"Es igual; no hace falta que se lo diga".
Le di dos botes de leche condensada, que llevaba varios, y marchó derramando lágrimas por mi tozudería de no ir con ella, con lo segura que estaba de que no embarcaríamos. Bajó el ayudante, que también tenía cara de imbécil -quizá más que yo-, con su naranjero en la mano, diciendo que no había aclarado nada.
Le di dos botes de leche condensada, que llevaba varios, y marchó derramando lágrimas por mi tozudería de no ir con ella, con lo segura que estaba de que no embarcaríamos. Bajó el ayudante, que también tenía cara de imbécil -quizá más que yo-, con su naranjero en la mano, diciendo que no había aclarado nada.
21.1.08
55
Yo estaba en el internado Durruti, con el escuadrón divisionario llamado Grupo Continente, que nos mandaron por los acontecimientos que provocaron los comunistas. Nos bajaron al frente de Valencia, en respaldo del Comité Nacional de la C.N.T., sito en la calle de La Paz.
El escuadrón del Grupo Continente eran una clase de hombres que no eran inteligentes, porque les había pasado como a mí -la mayoría ni habían ido a la escuela- pero a fuerza de bregar en las avanzadillas, combates, retiradas y otras tareas que se les mandaba, se forjaron de tal manera, que siempre estaban dispuestos a jugarse la vida por la causa.
Era el 28 de Marzo de 1939. Me encontraba a las tres de la madrugada en la calle de La Paz, esperando la orden de partir para Alicante, para embarcar sin saber a dónde. Estaba requisando una rueda de recambio, y se acercó una mujer joven, y me preguntó: "¿Van ustedes a Alicante?". Yo le dije que sí, pero que íbamos tres, el capitán y su ayudante, que estaba presente. Con que le dije: "Ves arriba al Comité y pregúntale si puede venir una mujer en el viaje". Según dijo ella, el poder trasladarse se trataba de vida o muerte. No llevaba más que una carpeta bajo el brazo. Al rato, bajó el ayudante, y dijo que ya podíamos marchar. Así que emprendimos viaje a Alicante.
El viaje parecía cosa de temerarios. Los coches se sucedían fuera de la carretera. Hasta que se hizo de día, fue un temor constante. No te daban con el cruce de las luces. Iban con las largas continuamente. Yo, desde luego, conduje a todo lo que me daba el acelerador. Así que, allá cerca de las nueve, llegamos a Alicante.
El escuadrón del Grupo Continente eran una clase de hombres que no eran inteligentes, porque les había pasado como a mí -la mayoría ni habían ido a la escuela- pero a fuerza de bregar en las avanzadillas, combates, retiradas y otras tareas que se les mandaba, se forjaron de tal manera, que siempre estaban dispuestos a jugarse la vida por la causa.
Era el 28 de Marzo de 1939. Me encontraba a las tres de la madrugada en la calle de La Paz, esperando la orden de partir para Alicante, para embarcar sin saber a dónde. Estaba requisando una rueda de recambio, y se acercó una mujer joven, y me preguntó: "¿Van ustedes a Alicante?". Yo le dije que sí, pero que íbamos tres, el capitán y su ayudante, que estaba presente. Con que le dije: "Ves arriba al Comité y pregúntale si puede venir una mujer en el viaje". Según dijo ella, el poder trasladarse se trataba de vida o muerte. No llevaba más que una carpeta bajo el brazo. Al rato, bajó el ayudante, y dijo que ya podíamos marchar. Así que emprendimos viaje a Alicante.
El viaje parecía cosa de temerarios. Los coches se sucedían fuera de la carretera. Hasta que se hizo de día, fue un temor constante. No te daban con el cruce de las luces. Iban con las largas continuamente. Yo, desde luego, conduje a todo lo que me daba el acelerador. Así que, allá cerca de las nueve, llegamos a Alicante.
20.1.08
54
El descontento era general. La gente andaba sin rumbo fijo. Por todas partes se oían voces de la dimisión de Negrín y de la Junta de Casado. Valencia era un montón de escombros. Las calles estaban llenas de basura maloliente. En las casas de prostitutas, subían y bajaban los milicianos a bandadas. Había mujeres que, sin moverse de la cama y comiendo cacahuetes, tenían una cola de catorce o quince hombres esperando el turno. Y la mujer esperándoles desnuda en la cama sin tomarse un respiro o un descanso de hombre a hombre, ni lavado, ni mucho menos revisión médica. Conducir se hacía imposible; la gente andaba por el medio de la calle sin miedo a que se les atropellase. A mí se me dieron muchos casos de ir con el coche y, hasta que estabas a la altura de la gente, no se movía.
Los cuatro o cinco bares principales que había estaban abarrotados de gente que entraba y salía continuamente. Servían un licor que le llamaban vermut, que de hecho parecía un líquido inflamable. Se armaba cada pelea que acababa en un infierno con todo roto sistema Tejas, ya desde varios días hasta el final de la guerra.
Los cuatro o cinco bares principales que había estaban abarrotados de gente que entraba y salía continuamente. Servían un licor que le llamaban vermut, que de hecho parecía un líquido inflamable. Se armaba cada pelea que acababa en un infierno con todo roto sistema Tejas, ya desde varios días hasta el final de la guerra.
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