3.2.08

67

Llegamos al pueblo. La segunda semana, me vinieron a buscar para hacer las escaleras de la iglesia. Trabajé dos semanas, que aún me las deben. Fuimos tres hombres.
Y empezamos a organizarnos la vida. Yo me lié con Teresa, y vivíamos una vida muy reprimida. A los pocos días, viene una orden de detención de mi hermano, con cuatro más del pueblo. Aquello fue un mazazo para nosotros, porque mi hermano, que apenas tenía veinte años cuando terminó la guerra, nunca había participado en nada, ni había pertenecido a ningún partido político ni sindical.
Estuvo más de seis meses en las cárceles de Caspe y Zaragoza. Yo no salía de casa, de no ser para ver a la novia, porque cada día había desfiles y procesiones con boinas rojas y fusiles de madera, y con redobles de tambores y trompetas, con unos ruidos desacompasados y desastrosos.
En aquellas épocas, los pueblos estaban gobernados por unos clanes envalentonados por una victoria de la guerra franquista. Aunque ellos no habían participado en ninguna confrontación, sí tenían la mala baba de hacernos purgar con sus malas entrañas, y disfrutar viendo y procediendo contra todos aquellos que no queríamos someternos a unos fanáticos que no tenían más luces que un satileno apagado.
En el pueblo, todo eran desfiles con boinas rojas, el brazo levantado, una cantidad de tambores que redoblaban con todas las fuerzas que parecía una tormenta de granizo; con fusiles de madera y unos cornetines que tocaban desordenadamente. Pero los chavales, aupados por sus jefes que mandaban los desfiles, no tenían ni puñetera idea; ni siquiera habían hecho el servicio militar. Yo veía los actos desde casa con la luz apagada, debido a que no hacían más que mirar por balcones y ventanas para llamar la atención e incluirlos a los desfiles o las procesiones que se hacían semanalmente.
Así iba siguiendo la vida. Yo me metí en la mina. Me costó mucho adaptarme a la forma de trabajo. Después me casé. Y cuando ya me había acostumbrado al trabajo, tuve tan mala suerte que me cayó una piedra en la mano, que me la dejó hecha un guiñapo.

2.2.08

66.- Llegada a Mequinenza

Llegué a mediados de Mayo, y un día después llegó mi hermano Joaquín. Nos presentamos al Ayuntamiento, y el alcalde Valentín Médico nos puso verdes de barbaridades contra nosotros, por estar con la República, calificándonos de todos los males habidos y por haber.

Al día siguiente, nos mandaron presentarnos a Zaragoza, y no teníamos ni una peseta. Una señora nos dejó 25 pesetas, y con ellas hicimos el viaje. Fuimos a Capitanía a presentarnos, y a dormir en una casa de muebles que cobraba 2 pesetas, con derecho a desayuno. Muy de mañana, nos levantamos mi hermano y yo y, desayunando, había seis o siete militares de Franco, que hacían gala de las proezas de su ejército. Que si los rojos eran eso, que si lo otro, que si tenían cola, que obreros eran capitanes, y una guasa a cual mayor. Entonces, indignado, les dije: -"Mirar, nosotros somos del ejército rojo, que decís vosotros. ¿Sabéis quién ha hecho la guerra tanto en un bando como en otro? Labradores, pastores, jornaleros, obreros, y gente por el estilo. ¿Quién se ha llevado las condecoraciones? Vosotros no. Tenéis que saber que la República tuvo que formar un ejército del pueblo para luchar contra los militares, que ya estaban formados. Y si no hubiese sido la ayuda de los alemanes, italianos y los moros, no hubieseis ganado la guerra, aunque vosotros no habéis ganado nada."

Se levantaron, y, sin pronunciar palabra, pagaron y marcharon. Aquella señora [la de la casa de muebles] era viuda. Le habían fusilado el marido los fascistas en la cárcel de Torrero. Después de marchar los militares, nos abrazó y nos besó a mi hermano y a mí, y no quiso cobrarnos el desayuno. Nos dijo que había disfrutado mucho al oír las verdades que ella sabía y que nunca pudo manifestar. Con que nos despedimos, y se nos ofreció incondicionalmente, aunque no hemos sabido más de ella.

1.2.08

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Con que, por el camino, compramos dos pesetas de naranjas, y nos tocó una peseta para cada uno. En Silla nos bajamos, y nos separamos todos. En aquellos momentos, vi que se abría una barbería, y me fui allí y dije:
-"¿Cuánto vale un corte de pelo y barba?".
Dice: -"Una peseta".
-"¿Se atreve conmigo?".
-"Siéntese".
Me hizo lavar la cabeza, me arregló cabello y barba, y después no quiso cobrar. Dijo que más falta me hacía a mí que a él.
Después me fui al pueblo de Aldaya, a casa de una familia que me esperaba, pues había un amigo de Caspe que era hermano de la nuera de la casa. Estuvimos dos días para recuperar fuerzas, y entonces decidimos marchar para el pueblo. Me vendí la manta que llevaba a un Requeté de Pamplona, y por caridad me dio 15 pesetas, que nos fueron muy bien para el viaje.

31.1.08

64

Cogimos la carretera camino de Valencia, y al lado del camino, en las afueras, había un campo de habas, y aprovechamos bastante. Después, andando, se nos juntaron unos cuantos militares italianos. Empezaron haciendo preguntas, y ensalzando el valor de las fuerzas Republicanas en Guadalajara, las batallas del Ebro y la resistencia de Madrid; y que ellos no vieron la guerra ganada hasta que retiraron los diez mil voluntarios internacionales de la República, mientras que los de los fascistas, que eran más de ciento cincuenta mil, no marcharon ninguno. Después de muchas consideraciones, empezaron a tirar piedras a las palmeras para hacer bajar los dátiles, para que los comiésemos nosotros. También nos llevaron a su base, y nos dieron un plato de macarrones hervidos.
A media noche llegamos a los túneles de Masagrat. Al día siguiente, emprendimos la marcha, hasta que, cansados de andar, llegamos a un control de guardia. Ya no podíamos más. Al cabo de mucho rato, se presenta una camioneta pequeña. Le pedimos si nos podía subir, y dijo que sí. En éstas, venía un hombre con una bicicleta vieja cogida de la mano, que le esperasen. Suerte tuvo que yo le ayudé a subir. Ya en la camioneta, me miró y dice: -"¿Que vienen de la Plaza de Toros?". Digo: -"Sí, señor". -"¡Se les nota!". Al cabo de un rato, que íbamos en silencio, veo que saca la cartera, empieza a pasar papeles y repasar, y la vuelve al bolsillo; después saca un bloc, y empieza a pasar hojas; al rato, aparece un billete de 5 pesetas, lo coge y dice: -"Tome, para los tres. No tengo otro". Yo no quería aceptarlo de ninguna manera. Entonces, medio enfadado, me dice: "¡Soy un obrero de Sagunto!". Entonces, yo no hablé más. Conozco todas las tragedias que han pasado con los bombardeos cada día.

30.1.08

63

Yo considero que, si algún pueblo se merece un homenaje de Apóstoles, éste debería ser para las mujeres de Alicante. Las recuerdo cuando íbamos a los almendros; después, de vuelta para la Plaza de Toros, serias, sin pestañear, y llorando a lágrima viva. Había un cordón de espectadores incalculable.

Después vino el reverso. Andando por aquellas calles, nos topamos con un grupo de militares de Franco, y se encaran con nosotros:
-"!Ostia qué tres, qué cara de criminales tienen... particularmente el del medio!".
El del medio era yo.

Después, los dos de Alcampell querían buscar algún almacén de intendencia para que nos suministraran algo de comida para el camino. Yo, más desconfiado, que era impropio para nosotros. No obstante, vieron un almacén, y entraron dentro. Yo me quedé en la puerta, receloso. Dentro había un Capitán y dos o tres más, y, al entrar, el Capitán les dijo:
-"¿Qué sois vosotros?".
Dijeron: -"¡Militares de la República!".
-"¡Lo que sois rojillos... Canallas! ¡Que os doy un puntapié a los cojones que os los pongo para corbata!".

29.1.08

62

Salí con dos de Alcampell. Ya en la calle, con un aspecto deplorable, nos encaminamos para casa. Yendo por una de las calles principales, se nos acercan dos mujeres ya mayores:
-"¿Que han salido de la Plaza de Toros?".
-"Sí, señoras".
-"Se les nota. ¿No se comerían un puchero de lentejas?".
-"Rabiando estoy por unas".

Con que nos sentamos en la acera, dispuestos a devorarlas, cuando se presenta una tercera mujer, y dice:
-"¡Pobre gente, y las comen sin pan!".
-"Y ricas que están".

Al momento, aquella señora nos daba una barra de pan blanco, pero de inmediato se presenta su marido: -"¿Pero qué haces? Si no tenemos otra, y tenemos tres hijos pequeños". Entonces, cogí la barra de pan y se la devolví. Les dije que con las lentejas ya salvábamos la situación, y que aquel gesto de las tres mujeres no lo olvidaría nunca, aunque viviera cien años.
Después nos explicaron que en el puerto había una sierra de lentejas, las cocían, iban a la Plaza de Toros, daban nombres imaginarios, las entraban, pero se las devolvían, al no encontrar un nombre, con la atrocidad de hambre que había.

28.1.08

61

Para beber, bebíamos en los urinarios. Recogíamos el líquido con un vaso de aluminio. Para hacer las necesidades, cogieron una brigada y les hicieron cavar una zanja en un corral, pero allí no se hacía más que sangre, de la desnutrición que padecíamos todos. Fue entonces que me enteré de que, al estar días sin comer, después de pasar tres o cuatro, el hambre desaparece. Y es cuando viene la fiebre. El problema es que tienes necesidad de ir de vientre y, al no comer, no puedes hacer nada. Y los problemas son graves.
Entre los compañeros, había un tal Teixidó, que fue chófer del famoso Molins, del Cuerpo Tren de la 25 División. Pesaba más de 110 kg., pero allí se quedó tan delgado que, para orinar, tenía que levantarse la barriga, porque le había quedado como una falda. Ese chico había sido boxeador.
Un día, nos hicieron salir como a medio millar, y nos llevaron a un cuartel a limpiarlo. A mí me dieron una escoba, que para lo que me servía era para tenerme derecho.
Por fin, después de no sé cuanto tiempo, a un grupo -también de medio millar- nos sacaron a declarar. Iba con mis primos en el grupo. Con que me toca a mí. Veía que al que le ponían una "F" azul, era que salía, y al que le ponían una "D" roja quedaba retenido. Así que me toca a mí: -"¿Motivos de ir al puerto?". Dije que llevé a un Capitán, con el que estaba de servicio, y no podía negarme. -"¿Tiene documentación?". Hoja de ruta y el carnet de conducir. -"¿Tiene alguna persona que le avale en el pueblo?". E instantáneamente me vino a la memoria Antonio Sagarra Navas y su cuñado, Anselmo La Casa. Acto seguido, ya marcó la "F" , que me di cuenta que iba fuera.
De modo que mis primos se quedaron. Una tableta de chocolate, que me dieron para el viaje, se la di para ellos, por una reja que nos separaba.

26.1.08

60.- La Plaza de Toros de Alicante

En el centro del ruedo, descargaron una cantidad de paelleras y calderas enorme. Pero yo, por desgracia, no las vi usar. Así que, como pudimos, me reuní con mis primos Estruga y pudimos, a empujones, pasar al tendido, o pasillos. Con que con la manta que llevaba, y el macuto para cabecera, pude acostarme, con un mal de cabeza que no podía; los demás, sentados. Uno te pisaba la cabeza, otro el cuerpo, y así iban pasando los días.
Yo, de no haber sido por los hermanos Estruga, primos hermanos míos, me habría muerto. Cogí una delgadez, me lié una manta tirado al suelo, y continuamente unos me pisaban la cabeza, otros el vientre, e iba de mal en peor.
Mis primos, viendo que mi estado de ánimo iba decayendo cada día, me forzaron a que me levantase, y me dieron unos cuantos objetos para que los intercambiase: una máquina fotográfica, una pluma, unos zapatos, y algunas cosas más. De la pluma me dieron un chusco y una lata sardinas; y de lo demás, por el estilo. Así mejoré bastante. Después, por la noche, no se me acomodaba la cabeza al macuto, lo deshice, y llevaba cuatro o cinco latas de leche, que me llevé del internado Durruti. De modo que las repartí para el grupo, y si me descuido, no me dejan para mí.
En aquellas circunstancias se dio un caso muy curioso. Resulta que una familia de Alicante les entraba comida a unos que estaban a mi lado. Después de comer, desgranaron una habas y se comieron el grano, y tiraron las vainas a la basura, con tan buena suerte que nos tiramos un grupo, y las recogí yo. Después las repartí, y tocamos a media vaina cada uno.

25.1.08

59.- El Campo de los Almendros

Pero, al día siguiente, el asombro fue general. No sé el día que estábamos. Eran los primeros de Abril, no sé si el cuatro o el cinco. Había unos almendros cargados de almendras del tamaño de peladillas fabulosas o avellanas, y protegidas por el verdor de las hojas. El primer día, nadie tocó nada de las cuatro o cinco hectáreas que había plantadas de almendros. Pero, al día siguiente, aparecieron los almendros con el brote más delgado como media muñeca. Lo mismo que si hubiera pasado una tormenta de piedra que deja devastada de una manera catastrófica de lo más deplorable. No creo que volvieran a reverdecer.

Las mujeres de Alicante se esforzaban llevando cántaros de agua. Algunas cobraban hasta mil pesetas por un trago. Pero, como el dinero no tenía ningún valor, era igual que si la regalasen. Porque tanto en el puerto como en los almendros había dineros hasta la rodilla, y nadie los recogía. Acampábamos todos tirados al suelo, hasta que un día se presentaron unos grupos armados hasta los dientes, y, a empujones, nos hicieron ir para la carretera. Y, por las afueras de Alicante, nos condujeron a la plaza de toros. Nos metieron a unos diez mil, todos amontonados. Primero nos hicieron formar al ruedo, en forma de media luna. Y pasaron unos tipos, vestidos de falangistas, armados hasta los dientes, haciéndonos un registro de pies a cabeza, que no quieras saber. El que les parecía sospechoso, se lo llevaban y ya no sabíamos más de él.

24.1.08

58

Después, otro que se subió a una torre metálica del muelle, y no paraba de dar voces: "¡Vienen por aquí!, ¡Compañeros, vienen por aquí!, ¡Allá hay muchos barcos!"...
De hecho, los había, pero eran fascistas. A continuación, una caravana de mujeres gritando: "¡No os marchéis...!, ¡No os marchéis...!, ¡No os marchéis...!", sucesivamente. De golpe y porrazo, nos encontramos rodeados de tantos morteros y ametralladoras que se tocaban unos con otros, apuntando ante nosotros.
Continuamente entraba el Cónsul inglés, después el francés, diciendo que ellos no podían hacer nada. Que Franco era muy bueno. Que a todos los que no tenían las manos manchadas de sangre los perdonaba. Hicieron retirar las mujeres, y la situación de los hombres se hacía insoportable. Faltaba agua, comida, higiene, y todas las necesidades que las personas necesitan para subsistir. Ya al vernos impotentes y sin fuerzas, nos hicieron formar y, sin fuerzas para andar y en columnas de cinco, nos mandaron al campo de los almendros. Nos acomodamos en el suelo, esperando lo peor que nos podía pasar.