8.2.08

72.- La cárcel de Lérida

Por el camino, íbamos conducidos por un camión custodiado por la policía de Lérida, con un coche de la brigadilla delante y otro detrás. Al llegar al alto de las curvas de Fraga -era la carretera antigua de Fraga, en la que había muchas curvas y quedaba bastante descampada- paró el coche de delante, y se pusieron a discutir con el Brigada de la policía, que querían que bajásemos del camión y aplicarnos la ley de fuga. Pero el Brigada reaccionó, diciendo que a él le habían encargado llevar a los detenidos a Lérida, y que estaba decidido a cumplir la misión que le habían encargado. Después, en Lérida, nos dejaría en la comisaría a su disposición.

Llégamos a Lérida a la madrugada, y nos metieron en unos sótanos, en los que había unos calabozos con una capacidad de 2 metros de largo y 1,5 metros de ancho. Para respiración, una ventanita de 0,30 metros x 0,20 metros de ancho, con un asiento de piedra triangular. Nosotros éramos 17, y nos distribuyeron entre los dos calabozos.
Pero resulta que eran las fiestas de San Anastasio, y cada momento traían algún chorizo. En total, llegamos a estar 11 personas en un calabozo. Nos teníamos que turnar la cabeza en la ventanilla para respirar, porque nos asfixiábamos, y entre día tenían que abrir las puertas porque nos hinchábamos. Durante el día nos dejaban tranquilos, pero cuando llegaba la madrugada, ya tocaban a botasillas. Nos estaban turnando, y empleando los procedimientos más groseros y espantosos que en ninguna época hayan practicado, hasta que quedaban agotados.

7.2.08

71

Después, volvieron con nosotros, preguntándonos que cuántas armas había en el pueblo. Yo les dije que no lo sabía, pero que el que no tenía era porque no le daba la gana, porque en el pueblo estaban esparcidas por todas partes, abandonadas de la guerra. Ya agotados con nosotros -al compañero le cogieron una metralleta- decidieron dejarnos tranquilos.

Entonces hicieron un llamamiento al pueblo, para todo aquel que hubiera recogido un arma, que la entregase, que no le pasaría nada. Y recogieron un montón para parar un ejército.
La gente quedó atemorizada. Muchos marcharon al campo a esconderse. Otros marcharon a Francia, como los hermanos Juan y Diego, que eran vecinos míos. Y los hermanos Domenech, que, cuando fueron a detenerlos, uno de ellos se lo encontraron por las escaleras, y le preguntaron si vivía allí Francisco Domenech. El dijo: -"Sí, arriba, al tercero." Y era él, y ya no paró hasta Francia, desde donde no ha vuelto más.
Otro caso muy doloroso fue el de Antonio Peris, que fue tal el shock que sufrió, que se ahorcó en su casa. El terror y el pánico que sembraron aquella gente era terrorífico.

A los dos días, bajó a buscarnos una Brigada de Policía, y, a las tantas de la noche, se nos llevaron en un camión. Para los familiares, esposas, padres y hermanos, todo eran desmayos, malas ganas y una serie de descomposiciones. Fue algo tan espantoso, que el pueblo tardó mucho en reaccionar; y después, la gente reaccionaba de diversas maneras bastante confusas y para todos los gustos.

6.2.08

70.- Detención y torturas

El día 7 de Mayo de 1946, a las cuatro de la mañana, se presentaron dos Guardias Civiles y tres de la Brigada Social -especie de checa con los mismos sistemas-, que les abrió mi padre, y me sacaron de la cama con muy malos modos.
Estuvimos dos días en el cuartel declarando, y con careos continuamente. En las declaraciones tenías que decir algo, de lo contrario te habrían muerto. Se ponían uno en cada lado, pegándote puñetazos con toda la fuerza en los riñones; y otro delante, abofeteándote de una manera brutal para que hablásemos. Después, que cuántas armas tenía -por cierto, tenía un mosquetón encasquillado, que ellos lo dieron por bueno-, y que cuántos del pueblo tenían armas.
Yo me encontraba como atrofiado, y sin sentido ni ideas, ni forma de salir de aquel estado caótico.
Después, en un careo, hicieron subir a José Soler, y nos emprendieron a los dos. En aquel momento apareció el señor Serrano para interesarse por mi compañero Soler, diciendo que era un buen chico. Pero fue tal la reacción de aquella gente, que aquel hombre, a pesar de ser muy mayor, y con una personalidad muy influyente en el régimen -era el administrador de todas las minas de la Compañía Flix-, sufrió un impacto tan grande que se quedó temblando, se fue para casa, y al poco tiempo murió sin pronunciar palabra. Ni los médicos ni nadie supieron la enfermedad que tenía.

5.2.08

69.- SEGUNDA PARTE.- El Desastre

Hasta el año 1946 todo se iba normalizando, y se empezaba a ganar algún dinero; y la guerra internacional y el régimen parecían tocar a su fin, según las emisoras de radio y el ambiente nacional. Aunque las represalias del régimen eran de las más bárbaras que jamás un régimen procediera.

Las cárceles estaban abarrotadas de presos por hechos de la guerra. La Confederación Nacional del Trabajo iba moviéndose, pero con tan mala suerte que dentro de los comités había espías y chivatos. Así como se formaba un Comité, enseguida venía el chivatazo, y a la cárcel. Así, empezamos recaudando para ayudar a los presos. Después, la cruzada de los maquis; las proclamas de la emisora Pirenaica, lanzando bravatas... La gente hablaba sin reparos, pero los fascistas estaban recelosos, y procedían con mucha saña. Nosotros, con muy poca cautela, cada día nos íbamos involucrando más, y ya era difícil deshacerse.

4.2.08

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Me mandaron a Barcelona. Estuve más de tres meses -fue cuando nació Ismael- en la General de Seguros. Me daban de seguro 7,50 céntimos. Viendo ya que no podía hacer más con la mano, me ofrecieron un arreglo, y un abogado, de esos que son mensajeros (representan a los abogados), me llenó la cabeza que tenía que cobrar mucho, y, a la hora de la verdad, vi que me lo liaba mucho, y que era muy amigo del de la Mutua. Me ofreció 5.000, y el abogado se me quedó 1.000. Solamente por una pequeña intervención.

Los primeros años después de la guerra fueron caracterizados por una cantidad de accidentes horrorosos. El primero fue al polvorín de la mina, delante del matadero municipal; que entraron cinco niños, y murieron carbonizados al explotar una gran cantidad de explosivos abandonados por la guerra. Y otros que murieron recogiendo metralla.
Después vino el de la acequia de Campells, que murieron cinco obreros atrapados por una piedra muy grande, casi todos casados y con familia. Dos eran del pueblo.
Yo, entonces, trabajaba en Previsión, en la mina del puente. Allí también trabajaba mi hermano, llevábamos una galería y nos defendíamos bastante bien.

3.2.08

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Llegamos al pueblo. La segunda semana, me vinieron a buscar para hacer las escaleras de la iglesia. Trabajé dos semanas, que aún me las deben. Fuimos tres hombres.
Y empezamos a organizarnos la vida. Yo me lié con Teresa, y vivíamos una vida muy reprimida. A los pocos días, viene una orden de detención de mi hermano, con cuatro más del pueblo. Aquello fue un mazazo para nosotros, porque mi hermano, que apenas tenía veinte años cuando terminó la guerra, nunca había participado en nada, ni había pertenecido a ningún partido político ni sindical.
Estuvo más de seis meses en las cárceles de Caspe y Zaragoza. Yo no salía de casa, de no ser para ver a la novia, porque cada día había desfiles y procesiones con boinas rojas y fusiles de madera, y con redobles de tambores y trompetas, con unos ruidos desacompasados y desastrosos.
En aquellas épocas, los pueblos estaban gobernados por unos clanes envalentonados por una victoria de la guerra franquista. Aunque ellos no habían participado en ninguna confrontación, sí tenían la mala baba de hacernos purgar con sus malas entrañas, y disfrutar viendo y procediendo contra todos aquellos que no queríamos someternos a unos fanáticos que no tenían más luces que un satileno apagado.
En el pueblo, todo eran desfiles con boinas rojas, el brazo levantado, una cantidad de tambores que redoblaban con todas las fuerzas que parecía una tormenta de granizo; con fusiles de madera y unos cornetines que tocaban desordenadamente. Pero los chavales, aupados por sus jefes que mandaban los desfiles, no tenían ni puñetera idea; ni siquiera habían hecho el servicio militar. Yo veía los actos desde casa con la luz apagada, debido a que no hacían más que mirar por balcones y ventanas para llamar la atención e incluirlos a los desfiles o las procesiones que se hacían semanalmente.
Así iba siguiendo la vida. Yo me metí en la mina. Me costó mucho adaptarme a la forma de trabajo. Después me casé. Y cuando ya me había acostumbrado al trabajo, tuve tan mala suerte que me cayó una piedra en la mano, que me la dejó hecha un guiñapo.

2.2.08

66.- Llegada a Mequinenza

Llegué a mediados de Mayo, y un día después llegó mi hermano Joaquín. Nos presentamos al Ayuntamiento, y el alcalde Valentín Médico nos puso verdes de barbaridades contra nosotros, por estar con la República, calificándonos de todos los males habidos y por haber.

Al día siguiente, nos mandaron presentarnos a Zaragoza, y no teníamos ni una peseta. Una señora nos dejó 25 pesetas, y con ellas hicimos el viaje. Fuimos a Capitanía a presentarnos, y a dormir en una casa de muebles que cobraba 2 pesetas, con derecho a desayuno. Muy de mañana, nos levantamos mi hermano y yo y, desayunando, había seis o siete militares de Franco, que hacían gala de las proezas de su ejército. Que si los rojos eran eso, que si lo otro, que si tenían cola, que obreros eran capitanes, y una guasa a cual mayor. Entonces, indignado, les dije: -"Mirar, nosotros somos del ejército rojo, que decís vosotros. ¿Sabéis quién ha hecho la guerra tanto en un bando como en otro? Labradores, pastores, jornaleros, obreros, y gente por el estilo. ¿Quién se ha llevado las condecoraciones? Vosotros no. Tenéis que saber que la República tuvo que formar un ejército del pueblo para luchar contra los militares, que ya estaban formados. Y si no hubiese sido la ayuda de los alemanes, italianos y los moros, no hubieseis ganado la guerra, aunque vosotros no habéis ganado nada."

Se levantaron, y, sin pronunciar palabra, pagaron y marcharon. Aquella señora [la de la casa de muebles] era viuda. Le habían fusilado el marido los fascistas en la cárcel de Torrero. Después de marchar los militares, nos abrazó y nos besó a mi hermano y a mí, y no quiso cobrarnos el desayuno. Nos dijo que había disfrutado mucho al oír las verdades que ella sabía y que nunca pudo manifestar. Con que nos despedimos, y se nos ofreció incondicionalmente, aunque no hemos sabido más de ella.

1.2.08

65

Con que, por el camino, compramos dos pesetas de naranjas, y nos tocó una peseta para cada uno. En Silla nos bajamos, y nos separamos todos. En aquellos momentos, vi que se abría una barbería, y me fui allí y dije:
-"¿Cuánto vale un corte de pelo y barba?".
Dice: -"Una peseta".
-"¿Se atreve conmigo?".
-"Siéntese".
Me hizo lavar la cabeza, me arregló cabello y barba, y después no quiso cobrar. Dijo que más falta me hacía a mí que a él.
Después me fui al pueblo de Aldaya, a casa de una familia que me esperaba, pues había un amigo de Caspe que era hermano de la nuera de la casa. Estuvimos dos días para recuperar fuerzas, y entonces decidimos marchar para el pueblo. Me vendí la manta que llevaba a un Requeté de Pamplona, y por caridad me dio 15 pesetas, que nos fueron muy bien para el viaje.

31.1.08

64

Cogimos la carretera camino de Valencia, y al lado del camino, en las afueras, había un campo de habas, y aprovechamos bastante. Después, andando, se nos juntaron unos cuantos militares italianos. Empezaron haciendo preguntas, y ensalzando el valor de las fuerzas Republicanas en Guadalajara, las batallas del Ebro y la resistencia de Madrid; y que ellos no vieron la guerra ganada hasta que retiraron los diez mil voluntarios internacionales de la República, mientras que los de los fascistas, que eran más de ciento cincuenta mil, no marcharon ninguno. Después de muchas consideraciones, empezaron a tirar piedras a las palmeras para hacer bajar los dátiles, para que los comiésemos nosotros. También nos llevaron a su base, y nos dieron un plato de macarrones hervidos.
A media noche llegamos a los túneles de Masagrat. Al día siguiente, emprendimos la marcha, hasta que, cansados de andar, llegamos a un control de guardia. Ya no podíamos más. Al cabo de mucho rato, se presenta una camioneta pequeña. Le pedimos si nos podía subir, y dijo que sí. En éstas, venía un hombre con una bicicleta vieja cogida de la mano, que le esperasen. Suerte tuvo que yo le ayudé a subir. Ya en la camioneta, me miró y dice: -"¿Que vienen de la Plaza de Toros?". Digo: -"Sí, señor". -"¡Se les nota!". Al cabo de un rato, que íbamos en silencio, veo que saca la cartera, empieza a pasar papeles y repasar, y la vuelve al bolsillo; después saca un bloc, y empieza a pasar hojas; al rato, aparece un billete de 5 pesetas, lo coge y dice: -"Tome, para los tres. No tengo otro". Yo no quería aceptarlo de ninguna manera. Entonces, medio enfadado, me dice: "¡Soy un obrero de Sagunto!". Entonces, yo no hablé más. Conozco todas las tragedias que han pasado con los bombardeos cada día.

30.1.08

63

Yo considero que, si algún pueblo se merece un homenaje de Apóstoles, éste debería ser para las mujeres de Alicante. Las recuerdo cuando íbamos a los almendros; después, de vuelta para la Plaza de Toros, serias, sin pestañear, y llorando a lágrima viva. Había un cordón de espectadores incalculable.

Después vino el reverso. Andando por aquellas calles, nos topamos con un grupo de militares de Franco, y se encaran con nosotros:
-"!Ostia qué tres, qué cara de criminales tienen... particularmente el del medio!".
El del medio era yo.

Después, los dos de Alcampell querían buscar algún almacén de intendencia para que nos suministraran algo de comida para el camino. Yo, más desconfiado, que era impropio para nosotros. No obstante, vieron un almacén, y entraron dentro. Yo me quedé en la puerta, receloso. Dentro había un Capitán y dos o tres más, y, al entrar, el Capitán les dijo:
-"¿Qué sois vosotros?".
Dijeron: -"¡Militares de la República!".
-"¡Lo que sois rojillos... Canallas! ¡Que os doy un puntapié a los cojones que os los pongo para corbata!".