3.3.08

96

Hicieron la distribución del personal, y a Caballero y a mí nos metieron al salón de los comunes. Pero protesté que yo no tenía que estar allí, y lo conseguí, y me llevaron con los políticos. Al día siguiente me mandaron a la sexta galería, que era la más alta. Por cierto, que tuve que escribir a casa urgente para que me enviasen una manta, porque, por las mañanas, se me ponía la humedad entre los huesos y lo pasaba fatal. Tuve que coser los papeles que tenía a la manta para que hiciese de impermeable.
El menú, por la mañana, constaba de lo siguiente: una especie de sopa que estaba hecha de un sofrito de cebolla, y unos panes que ponían a remojo, después los deshacían, hacían hervir el agua, tiraban el sofrito y te daban el almuerzo. Yo iba a buscarlo con una lata de leche de 350 gramos, y creo que nunca me lo llenaron. Para comer y cenar, los diez meses que estuve, siempre vi la misma comida: una especie de potaje compuesto por patatas, garbanzos y arroz, con unos huesos que, el día que te ponían uno al plato, ya lo podías dar por comido, porque te cogía todo el plato. No se entretenían en cortarlos.
Suerte que la gente, casi todos, estaban empleados con la palma, la piel y otras actividades, que les permitían comprar al Economato patatas asadas o moniatos; también vendían una especie de chistorra, que yo compraba mucho. Le decían "chorizos atados".

2.3.08

95

A los veinte días, nos sacaron del periodo, y al llegar al patio, nos hicieron las presentaciones. Allí estaban las primeras figuras de la CNT, como Juanel Sigfrido Català, un tal Canet, Manuel Morell, Isidro Guardia, Juan Sastre, que ya nos conocíamos de Zaragoza, y una cantidad innumerable.
También me presentaron a un Catedrático ya muy mayor, que era monárquico. Cuando le dijimos al Catedrático que éramos de Mequinenza, nos hizo referencia al Ebro. Dijo que, en la época de Primo de Rivera, estuvo en Caspe porque presentó un proyecto de hacerlo navegable desde el Cantábrico al Mediterráneo, que no se llevó a cabo por la muerte de Primo de Rivera. Dio la casualidad de que entonces yo, que era un crío, fui a Caspe con mis padres y mi hermano Antonio, que tenía dieciocho meses. También nos dijo que tenía correspondencia con el Papa y fray Daniel, que era el prelado de España, y que querían interceder para sacarlo de la cárcel; él decía que no, que quien lo había metido, que lo sacase. No llegué a enterarme por lo que estaba, pero dejó ver que era a consecuencia de desacuerdo con el régimen. Lo tenían destinado a la enfermería porque era muy mayor, y tenía poca salud.

1.3.08

94.- Llegada a la cárcel de San Miguel de los Reyes

Alrededor de la una, llegamos a aquel palacio, que decían que era de los Duques de Calabria. Nos metieron dos en cada celda. De los seis que íbamos del pueblo, a mí me tocó con José Caballero Palmar, un andaluz tan tacaño que, por no gastarse una peseta, sufría morirse de hambre.
Así que, a la que rayaba el alba, nos despertó el runruneo de los pichones, y, a continuación, el grun grun de los gorriones, que estaban a punta pala.
Pero lo que más nos sorprendió fue que, al abrir la puerta, se presentó un compañero, que no conocíamos, y se nos ofreció por si teníamos necesidad de alguna cosa, comida, o si queríamos escribir alguna carta, para pasarla clandestinamente por el tubo. Y que estaba sabedor de todo nuestro expediente, y que era el delegado de la enfermería. Se llamaba Manuel Trem Torres, hijo de Altorrincó, estaba condenado a treinta años por hechos de guerra y era el comodín de San Miguel.

La celda que teníamos medía 2 metros de ancha por 2,5 metros de larga, y nosotros, dispuestos a pasar los veinte días de incomunicación. Yo, para que se me hicieses más amena la vida, me organicé un ejercicio de Contabilidad simulada, de tres meses de unos almacenes al por mayor. Pero resultó que, claro, me ponía a trabajar, y no me daba cuenta de que el compañero, que ni leía ni hacía nada, se lo pasaba fatal. Iba repitiendo: "¡A mí sí que me ha tocado el veinte!". Con que me di cuenta enseguida, y de cuando en cuando dedicaba el rato a hablar y canturrear, que le gustaba mucho. Cuando me veía con tantos papeles esparcidos por la celda, decía que no entendía cómo no me se hacía la cabeza agua.

29.2.08

93

A los dos o tres días, nos notificaron que a las cinco de la mañana nos trasladaban a la cárcel de San Miguel de los Reyes (Valencia). Así que, a las cuatro de la mañana, teníamos que estar con todo preparado en retonda. Con que atamos el petate, el macuto y la bolsa de costado. Ya en retonda, estaba Don Cresencio (el Manchas, el jefe de servicios), Pineda (un oficial), y un funcionario para tomar las huellas dactilares. Entonces, el Manchas, que en los dos años que llevaba en Torrero no había hablado nunca con él y creía que no me conocía, dice: "¿Comas? Quiero hablar un poco contigo". Me hizo salir fuera, y me dice: "¿Sabe que todos los de Mequinenza, con vuestra conducta, habéis dejado el listón muy alto?". Yo contesté: "No hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación en la disciplina que nos han impuesto". Y me dijo: "Pues ten presente que, aunque sé que tengo mala fama, tengo sentimientos. Y si en alguna circunstancia, por la causa que sea, te puedo ser útil, no repares en requerirme, que estaré a tu disposición". Me dio un apretón de manos de despedida, y me dijo que lo comunicase a mis compañeros. Cosa que se quedaron muy extrañados cuando se lo conté.

Partimos con un furgón Canguro para la estación, donde encontré a mi hermano y la mujer, que me esperaban, junto con otros familiares. Creo que eran las seis cuando partíamos, Antonio Soler y yo, atados. Al llegar a Teruel, que hicieron el relevo de la Guardia Civil, nos apretaron las esposas por por precaución a los maquis. Por cierto, que a mí me vino un mal de cabeza que creía que me iba a explotar. Era para finales de Octubre y en Segorbe, a un hombre que vendía naranjas le compré dos kilos. Eran más agrias que un veneno, pero aquello fue lo que me rehizo.
Llegamos a la estación Churra de Valencia a las doce de la noche, y hasta San Miguel, teníamos que andar cuatro kilómetros cargados con el colchón, macuto y bolsa de costado con libros, cuadernos y otros enseres. Yendo por aquellos atajos, en un chalet cerca del camino, salieron tres o cuatro perros, que yo creía que se nos metían encima. Y la Guardia Civil, con más miedo que alma, estuvieron a punto de abrir fuego con sus naranjeros, según nos manifestaron en el camino. Se creían que nos atacaban un grupo de maquis.

28.2.08

92

A los pocos días, ya tuve que contar con él por un caso muy especial. Resulta que habían ingresado en la cárcel tres del pueblo, y tenían que cumplir en la cárcel los veinte días de periodo. Así que lo comentamos con Antonio Soler y otros, y por fin decidimos a ver si había alguna posibilidad de ir a verlos.
Con que al día siguiente le tocó servicio al sr. Trullens, que estaba en el sitio de Valdivieso. Fui a hablar con él para verlos, y accedió enseguida. Con que nos condujo a la celda, y estuvimos cerrados toda la tarde. Por cierto, que los tres eran Pere el Sastre, Jacinto el de las Blancas y un asturiano. De modo que, por mediación de mi hermano en la comunicación, les mandamos las inquietudes de su estado a sus familiares; de lo contrario, no hubieran podido ponerse en contacto con la familia hasta haber cumplido los veinte días del periodo sanitario. Por cierto que, a pesar de que nos arriesgamos la condicional y la redención al encerrarnos en una celda de tres incomunicados, lo que estaba bastante castigado, cuando salimos en libertad, hubo uno de ellos al que no le merecimos ni el saludo, como si no nos hubiésemos visto nunca.

27.2.08

91

Un día, estaba repasando los ejercicios de contabilidad, y se me acercó un funcionario. Al rato que me estaba observando, me pregunta: -"Oiga. Si de diez llevo una, y de veinte llevo dos, de quince ¿Cuántas llevo?". Sin respirar ni levantar la cabeza, le digo: "Uno y medio". Marchó acto seguido y nunca más se acercó a mí.
Otro día, inesperadamente, me llaman que me presentase al centro, en retonda, que es donde el Jefe de Servicios domina toda la cárcel. Al llegar, ya estaba esperándome un oficial llamado Trullens. Me dice que pase, y entramos dentro.
-"¿Usted es Manuel Comas?".
-"¡Sí señor!".
-"¿Conoce a Manuel Muñoz?".
Digo "-Sí, y mucho. ¿Sabe que de pequeños ha sido siempre un gran amigo?".
-"Nunca me ha hablado de ello", me contesta. -"Pues me ha recomendado a usted como persona de confianza para ser el enlace de la CNT en la cárcel".
Y que si en algo podía serme útil, que contara con él.

26.2.08

90

Un día, me pasó un caso muy chocante. Resulta que la correspondencia, después de pasar la censura, sólo la podías recibir del familiar de primer grado. Las otras cartas solamente las leías, y las tenías que devolver. Así que un cuñado mío, que vivía en Barcelona,- a pesar de que estaba advertido-, se dispuso a escribirme una carta muy especial. Resulta que de nombre de pila se llamaba "General". Se puso a escribir con miedo de no infringir en falta - su inteligencia culturalmente no daba para mucho-. Se puso a relatar un viaje de Franco a Barcelona, ponderando que fueron más de dos millones a recibirlo. Que aún estaba emocionado de tanto vocerío aclamando al Caudillo. Yo sabía de sobras que no se había movido de casa.
Yo estaba comiendo, y un ordenanza me llama:
-"¡Manuel Comas Cabistañ, a censura!".
Dije: -"Va, la mujer, que ya ha vuelto a escribir por los lados de las cartas".
Llegué allí, y lo primero que me dijeron fue: -"¿Su cuñado piensa de muy distinta manera que usted?".
Yo entonces dije: -"¡Mi cuñado piensa como quiera, yo pienso como me da la gana! Ustedes la han leído, y saben lo que dice, y por lo tanto...".
Acto seguido, me dieron la carta, diciéndome que me la quedase. Cosa que nunca acostumbraban a hacer.
Cuando llegué al salón, leí la carta, expliqué su contenido y quien era mi cuñado... Fue un cachondeo y guasas por la incultura de los funcionarios responsables de la censura, que no supieron distinguir el nombre de pila de la graduación de General. Así eran todos.

25.2.08

89

Así que, en poco tiempo, justamente el tiempo de leer el proceso de diecisiete personas, en unas dos horas, se saldaron el compromiso de dictar sentencia y aplicarnos: doce años y un día para los de pena de muerte; doce para los de treinta; y seis para el resto. Así quedó cerrado el proceso.
Terminado el proceso, el primero que vino a vernos fue el abogado que me defendió a mí, a Antonio Oliver y a Casildo Estruga. Lo primero que dijo fue: -"¿Qué les ha parecido mi defensa?". Yo le dije: -"Mire usted, lo ha presentado muy bien, muy bien pulido, pero no lo han escuchado. Como si hubiese hecho un discurso en el desierto. Yo, ya firmaría doce años".
Él se creía que saldríamos en libertad, pero se dio cuenta de su error. Nosotros no sabíamos de leyes, pero sabíamos lo que era juzgar a uno por Rebelión Militar. Él lo planteó muy bien para un sistema que hubiese sido por lo Civil, pero cuando le expusimos nuestras razones de que lo llevaban programado, nos dio la razón.

Al día siguiente vinieron los familiares, todos contentos que había ido todo muy bien, pero cuando oyeron nuestra versión, quedaron anonadados y acojonados. Suerte que vieron que nosotros estábamos más resignados, debido a que no nos cogieron de improviso.

24.2.08

88.- El Juicio

En aquellos días, nos comunicaron las peticiones de condena, que fueron de la siguiente manera: cuatro penas de muerte, seis treinta años, y el resto, doce años y un día. Yo estaba entre los de treinta años. Las familias quedaron acojonadas y sin poder reaccionar. Los abogados hacían promesas que sabían que no podrían cumplir.

Algunos tocaron a familiares que estaban entrados con el régimen. Un familiar de Antonio Quintana fue a ver a María Quintana, que era una lumbrera con el régimen. Les echó la puerta a los morros, pero el regalo lo cogió y se lo entró para dentro.
Nosotros, en parte, a pesar de las peticiones elevadas, sabíamos más o menos lo que nos quedaría, por la relación que había con las otras redadas, como la FARE y otras similares. Ellos tenían unas formas similares: nos juzgarían igual que si nos hubiesen cogido con las armas en la mano, y no había sistemas de defensa, porque no la aceptaban. Ellos decían: "A éstos hay que ponerles tal; a los otros, cual". Y sin rodeos ni reclamaciones. Prueba de ello es que, el día del juicio, ya nos habíamos puesto de acuerdo en no decir nada, y uno, Roca Pusach, que intentaba exponer algo a su manera, le tuvo que decir su abogado que callara, o de lo contrario lo complicaba más.

23.2.08

87

Lo primero que hizo fue formar un orfeón con más de cien políticos, una banda de música, torneos de pelota a mano, frontón, baloncesto, y otras actividades. Y nos premiaba con vales para ir al economato por una ración de vino.
Lo peor que tenía era que, a menudo, nos hacía formar y marcar el paso marcialmente. Y en algunos casos incomunicó algún recluso.
Después, puso cine al segundo salón, y, por cierto, que pasó un caso muy singular. Habían ingresado en la cárcel una cantidad de gente de la provincia de Teruel, que parecían de otra época. Entraron por consecuencia de complicidad con los maquis: el uno que les había dado de comer, el otro que les había dado cobijo, y así, entraron más de quinientas personas con mentalidad de otra época. Con albarcas de calzado, pantalones del siglo pasado, y unas camisas con broches a los dos lados.
Cuando ya estaban acomodados a nuestro salón, sentados en el suelo, el programador de la película, que era muy guasón, dijo: "¡Atención! Como sé que aquí hay mucha gente que no han visto nunca cine, y en la primera escena sale un tren que viene de cara al público, que no tengan miedo, que lleva buenos frenos". Al empezar la escena, se oyó una exclamación de susto.

El caso de los maquis fue un caso muy especial. Fue obra del Partido Comunista, cuando el gobierno en el exilio presionaba para derrocar a Franco. Ellos se separaron, y quisieron tomarlo por su cuenta, convencidos de que, al llegar a España, el pueblo se les agruparía a su lado y se adueñarían de la nación. Y lo que consiguieron fue llenar las cárceles a tope, creyendo que, responsabilizando a la gente, caería el régimen por sí solo.