10.3.08

103

Un día, nos pasó un caso muy chocante. Estábamos en el patio, y oigo la voz del ordenanza llamando: "¡Manuel Comas Cabistañ, a censura!". Con que subo a censura con el ordenanza, que era compañero mío, y entramos pidiendo permiso. -"¿Usted es Manuel Comas?". -"¡Sí, señor!". -"Usted ha escrito una carta haciendo mofa del Generalísimo". -"¿Yo? No sé de qué". Y con voz autoritaria, dijo: -"Usted dice que si el General aquí, al General lo atropella una bici, pasa un tranvía y también lo atropella. ¡Esto es hacer mofa!". Y acto seguido le contesto: "¿Y que culpa tengo yo de que mi cuñado tenga o le pusieran General como nombre de pila?".
Todos los empleados, que eran unos diez, explotaron en una carcajada descomunal. Por cierto, que eran compañeros, y el domingo, a la hora de la tertulia del café, hubo tema a cargo mío, de lo chocante que resultó el hecho del oficial de censura con el caso mío. Pero tuve que modificar la carta, tachando delante de él la palabra 'General' por la palabra 'Cuñado'. La realidad era que mi cuñado en pocos días había tenido dos atropellos en Barcelona.

9.3.08

102

En la Cuaresma, todos los días nos hacían ir a misa durante más de dos horas, que, entre formaciones y desfiles, pasábamos la tarde. Había dos curas. Uno era de formas afeminadas. El cojo era el encargado de decir la misa, y el otro leía la epístola en el púlpito. Después de que nos lanzaba continuamente arengas de mal gusto, cuando terminaba, decía: "¡Ahora rezaremos un Padre Nuestro para el que se muera de los que estáis aquí presentes!". Las miradas de los reclusos, todas al unísono, se clavaban en el cura mallorquín.
El domingo de Pascua pasaban la orden de que el que quisiese comulgar, que pasase por la sacristía. Llegada la hora, no comulgaban más que los monaguillos, y un funcionario.

El cura cojo era muy chocante. La mayor parte del tiempo se lo pasaba con una escopeta del veintiocho ampaytando los pichones del palacio, que estaba fornido. Después los guisaban en el economato y venía el cura de Paterna, y merendaban los dos opíparamente.
Después, en los domingos, el cura de Paterna se preparaba el discurso, diciendo en el sermón que había pasado la semana conviviendo con la miseria de los presos, alentándolos, consolándolos y mimándolos. Y lo cierto era que a lo que venía era a ponerse como el Kico en el economato con los pichones y un chato tras otro, que salían colorados como pimientos. Así pasaban la mayor parte de los días, y veíamos como los pichones poco a poco iban desapareciendo, y eso que al principio los había abundantes.

8.3.08

101

El compañero Muñiz estudiaba esperanto. Cuando, hace dos o tres años, hacían el programa por la tele de 3 x 4, presentado por la Julia Otero, concursó, y batió el récord de respuestas. Pidió como premio la colección de los libros de esperanto. Después, tenía la opción a tres llamadas telefónicas para conseguir un coche. Tenía que averiguar no sé qué en Sabiñánigo, y preguntó si podía llamar a un compañero para que le informara. Yo estaba viéndole, y le dije a mi mujer: "¡Éste llama a Manuel Trem Torres!". No hubo manera de ponerse en contacto después de muchas llamadas.
Al día siguiente los llamé yo, y me contestó su señora, que estaban esperando la llamada, y no hubo manera. Al día siguiente, Manuel se fue a Barcelona a TV3 para saludarle, y me dijo Manuel que se les portaron muy bien en la tele·

La población reclusa de San Miguel era de alrededor de los mil cien. Unos cuatrocientos eran maquis de tendencia comunista; otros tantos de la CNT, y el resto de delito común. Las relaciones entre ambos eran normales, ni buenas ni malas.

7.3.08

100

Después de las tertulias, nos íbamos al cine. Nos costaba 50 céntimos. Un día nos hicieron una película que salimos todos decepcionados. Resulta que el argumento se basaba en que unas señoras de avanzada edad se dedicaban a recoger ancianos, los cuidaban muy bien y, cuando los tenían recuperados, les daban unas píndulas que les proporcionaban una muerte muy dulce. Después, les preparaban unos ataúdes muy adornados. Y entre las cuatro los bajaban por las escaleras al jardín, donde les daban sepultura con todas las pompas funebres.
Así que salimos todos decepcionados de la sesión de cine de aquel domingo. Yo comenté el programa con algunos compañeros, y todos coincidían conmigo. Pero cuando lo comenté con el Carrasquer, me dijo que el próximo domingo lo comentaríamos. Llegamos al domingo siguiente, y en la tertulia del café empezó el debate y los comentarios de la película. En la tertulia estaba Sigfrido Catalá, Isidro Guardia, Juan Sastre y muchos más, que formábamos un grupo de una veintena. Cuando ya habíamos hablado todos, Carrasquer llamó a Muñiz (que resultó ser hermano del entrenador que mandó a Barcelona a mi hijo Ismael) y le dijo que leyera lo que llevaba escrito. De modo que sacó unas cuartillas, empezó a leer, y nos quedamos todos impresionados y con ganas de volverla a ver.

Al días siguiente, en la clase, me atreví a preguntarle que cómo es que un grupo como el que estábamos, todos coincidimos que la película no valía la pena para comentar, y ahora todos estábamos deseosos de volverla a ver. Y él me contestó: "Muy fácilmente. Vosotros visteis las imágenes que no eran agradables. En cambio, el diálogo, que era inmejorable, vosotros no lo escuchabais".
Un día le dije que tenía una mentalidad envidiable, y él me contestó que las personas, cuando pierden un miembro, recuperan otro.

6.3.08

99

Así que nos pudimos reunir cinco compañeros, y nos pusimos a dar clases en la Biblioteca, que estaba al lado de las clases de la escuela. Así empezamos, y, francamente, íbamos progresando bastante bien. La clase consistía en leer y, de cuando en cuando, nos hacían hacer un comentario, y continuando cada uno por su turno. Después, escribíamos al dictado para el ejercicio de la mañana, lo que nos forzaba a hacer el comentario. Había veces que, por error de imprenta, había alguna fecha equivocada, nos hacía retroceder a otros capítulos que hablaba del mismo tema, y a pesar de no tener vista, [Félix Carrasquer] siempre tenía razón. Nos sentábamos en una mesa, y así pasábamos las horas de clase. Pero, de golpe, nos dimos cuenta de que un funcionario nos estaba observando cada día. Hasta que, un día, vino el director de la escuela, y nos dijo que, si queríamos seguir estudiando historia, tenía que ser controlada por el Capellán. Le contestó que la que nos tenía que enseñar el Capellán, hacía muchos años que la teníamos pasada. Así que tuvimos que dejar la escuela, y decidimos hacerlo al patio, hasta que se puso enfermo, muy enfermo.

También los compañeros organizaron la 'República del Café', y todos los domingos nos reuníamos en un departamento que le llamaban 'Inválidos', después de comer. Allí se debatían los acontecimientos actuales. Mi paisano Soler y yo nunca podíamos intervenir, porque nuestras mentes no alcanzaban a dialogar con ellos, pero se hacían muy importantes.
Todos los que recibíamos café de casa, parte de él lo compartíamos con el grupo, y el encargado de hacerlo era Manuel Trem, que era el delegado de la enfermería.

5.3.08

98

En aquellos días, ingresó Félix Carrasquer, que, a pesar de ser ciego, es una de las mentalidades más despejadas que jamás haya habido.
El primer día nos obligaron a ir a la escuela. Después, se formó un grupo para dar clases de Contabilidad Comercial. Empezamos las clases, y el profesor no hacía más que escribir al dictado. Al cabo de los días, yo le dije que no entendía la manera que llevaba la enseñanza, y le demostré que la Contabilidad se enseña con ejercicios prácticos. El resto de los alumnos le contestaron que ignoraban cómo se hacía; así que terminó la clase. Después, el jefe del grupo, un tal Enric, que era maqui él y todo el grupo de clase, me pidió que les diese clases yo, pero yo me negué. Entonces me dijo que si fuesen de la CNT sí que hubiese aceptado, y tenía razón. El tal Enric descendía de Mequinenza.
Después me llamó Félix Carrasquer, y me dijo a ver si tenía a bien que formáramos una clase de Historia de la Civilización, y que buscase unos cuantos más. Total, que le cité unos cuantos nombres, entre ellos A. Soler y A. Quintana, de mi pueblo, y me dijo que se lo dijera, pero que no me aceptarían; y así pasó.

4.3.08

97

Yo las compraba (las chistorras) y, con dos alambres, uno lo pasaba por el chorizo, y el otro, con dos almendras: las encendía, y con el pringue del chorizo sobre el pan y la llama de las almendras, se formaba un aroma por la galería que todos me gritaban: "¿Que están asando un cordero o qué?". No valía mucho, pero el hambre hacía muy buena salsa.
A mí, cada quince días me mandaban dos panes grandes, los cortaba en diez trozos, y los ponía a secar. Así no se florecían, y tenía un trozo para cada día. Por la noche, le tiraba unas gotitas de agua, lo envolvía con un trapo y, al día siguiente, parecía recién hecho. También, con mi compañero de celda Juanel, con un lata pequeña mandamos hacer un hornillo con alcohol, y muchos días nos hacíamos café.

Juanel era un hombre muy especial. En la celda, no paraba con la palma, no se le veían las manos; y cuando no, escribía continuamente. Fue una persona muy destacada en la guerra: fue Comisario General del Ejército del Este. También fue Consejero de la Generalitat de Cataluña y Secretario General de la CNT en el exilio, y pasó a organizarla en España clandestinamente. En Francia, fue muy perseguido por los alemanes, porque estaba enrolado con la resistencia. Su mujer fue una gran escritora, Lola Iturbe, considerada una de las mejores literarias de su época. Con ella vivía, junto con su hija, la hija de Buenaventura Durruti.

3.3.08

96

Hicieron la distribución del personal, y a Caballero y a mí nos metieron al salón de los comunes. Pero protesté que yo no tenía que estar allí, y lo conseguí, y me llevaron con los políticos. Al día siguiente me mandaron a la sexta galería, que era la más alta. Por cierto, que tuve que escribir a casa urgente para que me enviasen una manta, porque, por las mañanas, se me ponía la humedad entre los huesos y lo pasaba fatal. Tuve que coser los papeles que tenía a la manta para que hiciese de impermeable.
El menú, por la mañana, constaba de lo siguiente: una especie de sopa que estaba hecha de un sofrito de cebolla, y unos panes que ponían a remojo, después los deshacían, hacían hervir el agua, tiraban el sofrito y te daban el almuerzo. Yo iba a buscarlo con una lata de leche de 350 gramos, y creo que nunca me lo llenaron. Para comer y cenar, los diez meses que estuve, siempre vi la misma comida: una especie de potaje compuesto por patatas, garbanzos y arroz, con unos huesos que, el día que te ponían uno al plato, ya lo podías dar por comido, porque te cogía todo el plato. No se entretenían en cortarlos.
Suerte que la gente, casi todos, estaban empleados con la palma, la piel y otras actividades, que les permitían comprar al Economato patatas asadas o moniatos; también vendían una especie de chistorra, que yo compraba mucho. Le decían "chorizos atados".

2.3.08

95

A los veinte días, nos sacaron del periodo, y al llegar al patio, nos hicieron las presentaciones. Allí estaban las primeras figuras de la CNT, como Juanel Sigfrido Català, un tal Canet, Manuel Morell, Isidro Guardia, Juan Sastre, que ya nos conocíamos de Zaragoza, y una cantidad innumerable.
También me presentaron a un Catedrático ya muy mayor, que era monárquico. Cuando le dijimos al Catedrático que éramos de Mequinenza, nos hizo referencia al Ebro. Dijo que, en la época de Primo de Rivera, estuvo en Caspe porque presentó un proyecto de hacerlo navegable desde el Cantábrico al Mediterráneo, que no se llevó a cabo por la muerte de Primo de Rivera. Dio la casualidad de que entonces yo, que era un crío, fui a Caspe con mis padres y mi hermano Antonio, que tenía dieciocho meses. También nos dijo que tenía correspondencia con el Papa y fray Daniel, que era el prelado de España, y que querían interceder para sacarlo de la cárcel; él decía que no, que quien lo había metido, que lo sacase. No llegué a enterarme por lo que estaba, pero dejó ver que era a consecuencia de desacuerdo con el régimen. Lo tenían destinado a la enfermería porque era muy mayor, y tenía poca salud.

1.3.08

94.- Llegada a la cárcel de San Miguel de los Reyes

Alrededor de la una, llegamos a aquel palacio, que decían que era de los Duques de Calabria. Nos metieron dos en cada celda. De los seis que íbamos del pueblo, a mí me tocó con José Caballero Palmar, un andaluz tan tacaño que, por no gastarse una peseta, sufría morirse de hambre.
Así que, a la que rayaba el alba, nos despertó el runruneo de los pichones, y, a continuación, el grun grun de los gorriones, que estaban a punta pala.
Pero lo que más nos sorprendió fue que, al abrir la puerta, se presentó un compañero, que no conocíamos, y se nos ofreció por si teníamos necesidad de alguna cosa, comida, o si queríamos escribir alguna carta, para pasarla clandestinamente por el tubo. Y que estaba sabedor de todo nuestro expediente, y que era el delegado de la enfermería. Se llamaba Manuel Trem Torres, hijo de Altorrincó, estaba condenado a treinta años por hechos de guerra y era el comodín de San Miguel.

La celda que teníamos medía 2 metros de ancha por 2,5 metros de larga, y nosotros, dispuestos a pasar los veinte días de incomunicación. Yo, para que se me hicieses más amena la vida, me organicé un ejercicio de Contabilidad simulada, de tres meses de unos almacenes al por mayor. Pero resultó que, claro, me ponía a trabajar, y no me daba cuenta de que el compañero, que ni leía ni hacía nada, se lo pasaba fatal. Iba repitiendo: "¡A mí sí que me ha tocado el veinte!". Con que me di cuenta enseguida, y de cuando en cuando dedicaba el rato a hablar y canturrear, que le gustaba mucho. Cuando me veía con tantos papeles esparcidos por la celda, decía que no entendía cómo no me se hacía la cabeza agua.