De modo que a Antonio Rodes y a mí nos hicieron montar en un camión y, junto con el funcionario -que andaba cojo y se llamaba don Nico- nos fuimos a la estación del Escorial, que estaba a 16 km. Llegamos allí, y nos mandó ir cargando el camión de ladrillos. Estábamos cargando, y a cada momento iban cayendo chubascos, y nos refugiábamos en el muelle. Allí, los dos comentamos: "¡Mira que dejar dos presos solos en una estación!". Pero sabían que llevábamos muchos años de cárcel, y no nos íbamos a jugar la condicional, con el tiempo que nos quedaba.
Con que por fin cargamos el camión, "¿Y ahora qué hacemos?". Cansados de esperar, decidimos ir al bar a comunicar que ya habíamos terminado. Cuando entramos en el bar, fuimos la nota de atención de toda la concurrencia, que era mucha. Nos miraban como bichos raros con aquel uniforme y la boina del mismo color. Así que les comunicamos que ya estaba cargado. Estaban jugando a las cartas, e insistieron mucho en que bebiéramos algo. Pero, dándonos cuenta de que éramos el centro de atención de todos, nos fuimos al camión. Aún tardaron un buen rato en llegar. Por cierto, que cuando llegaron, nos dijeron que habíamos corrido mucho cargando.
17.3.08
16.3.08
109.- Valle de los Caídos
A mediados de Octubre, o poco antes, nos mandaron al Valle de los Caídos. Tan pronto llegamos -ya era el atardecer- nos destinaron a los tres del pueblo al Barracón, donde luego acudieron todos los trabajadores, que estaba compuesto por unos ciento cincuenta de delitos diversos. Los más eran compañeros, que nos fueron presentados todos y nos dieron una gran acogida todos en general. Y, en especial, Manuel Fernández, que era el Secretario General de Galicia, y Ramón Remacha, que era aragonés, y de gran estima en la organización por sus actuaciones. Allí tenía mucha personalidad en la obra. En la oficina había un Oficial, y un funcionario con dos presos compañeros nuestros.

Al día siguiente, nos formaron en la calle, y los primeros en llamar fuimos nosotros. "¡Los mineros, que den un paso adelante!". Y salimos los tres. Nos llamaron por el nombre; después: "¡Los carpinteros, que den un paso adelante!". No salió nadie. Después dice: "¡Fulano de Tal!". "Presente", responde uno. "¿Usted no es carpintero?". Dice: "¡Yo soy confitero!". "¡Pues a buena parte has ido a parar para hacer confites!". Al resto los mandaron a trabajos diversos.
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Imagen: Valle de los Caídos (vista frontal).
Al día siguiente, nos formaron en la calle, y los primeros en llamar fuimos nosotros. "¡Los mineros, que den un paso adelante!". Y salimos los tres. Nos llamaron por el nombre; después: "¡Los carpinteros, que den un paso adelante!". No salió nadie. Después dice: "¡Fulano de Tal!". "Presente", responde uno. "¿Usted no es carpintero?". Dice: "¡Yo soy confitero!". "¡Pues a buena parte has ido a parar para hacer confites!". Al resto los mandaron a trabajos diversos.
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Imagen: Valle de los Caídos (vista frontal).
15.3.08
108.- Estancia en la cárcel de Yeserías
Al llegar, el primero con el que hablé fue Juanito Torres, que ya había visto nuestro expediente. También vino Cecilio Rodríguez y tres más, que todos habían formado uno de los Comités Nacionales. Cuando les hablé sobre lo que me había dicho Juanel de salir a trabajar, consideraban que tenía demasiada condena (era de quince años) para eso. Así que no veían muy claro el asunto.
En seguida me dieron destino. Me mandaron al chequeo de los paquetes de comida que entraban. Así conocí un elemento muy original. Se trata del "Consorcio de Franco", un elemento de una figura un poco rara: una altura de metro cincuenta, con ciento treinta Kg. de peso, era un sistema como un saco ancho, con dos palos, uno en cada lado del saco, y una calabaza para cabeza, sin cuello, pegada a los hombros. Le entraban un bolso de comida, jarabes, piorreas, reforzantes, y otras especies, con un valor mayor que entre todos los demás paquetes que entraban. Lo tenían en la enfermería, tipo camuflaje. Le subía el bolso, que casi no podía con él. A pesar de que me tenía que firmar el libro, durante varios días de mi estancia allí, nunca me dio las gracias ni oí su voz. Según las versiones que daban de él, lo querían linchar los estudiantes de Madrid, a consecuencia de unas estraperladas con los alimentos que mandaba Eva Perón, en especial barcos de lentejas para matar el hambre de aquella época. Y para despistar, lo camuflaron en Yeserías a cuerpo de rey. Para comunicar, no sé si era su señora o qué, pero lo vi personalmente, se cerraba con una mujer en la sala de Jueces cada día. No tenía relación con ningún recluso de la entidad. Yo, como tenía ese destino, me veía obligado cada día a llevarle el paquete que le mandaban. A lo pronto, parece que le molestaba el que después que firmaba, sin mirarte siquiera, le decías adiós y no te contestaba. Era repugnante.
En seguida me dieron destino. Me mandaron al chequeo de los paquetes de comida que entraban. Así conocí un elemento muy original. Se trata del "Consorcio de Franco", un elemento de una figura un poco rara: una altura de metro cincuenta, con ciento treinta Kg. de peso, era un sistema como un saco ancho, con dos palos, uno en cada lado del saco, y una calabaza para cabeza, sin cuello, pegada a los hombros. Le entraban un bolso de comida, jarabes, piorreas, reforzantes, y otras especies, con un valor mayor que entre todos los demás paquetes que entraban. Lo tenían en la enfermería, tipo camuflaje. Le subía el bolso, que casi no podía con él. A pesar de que me tenía que firmar el libro, durante varios días de mi estancia allí, nunca me dio las gracias ni oí su voz. Según las versiones que daban de él, lo querían linchar los estudiantes de Madrid, a consecuencia de unas estraperladas con los alimentos que mandaba Eva Perón, en especial barcos de lentejas para matar el hambre de aquella época. Y para despistar, lo camuflaron en Yeserías a cuerpo de rey. Para comunicar, no sé si era su señora o qué, pero lo vi personalmente, se cerraba con una mujer en la sala de Jueces cada día. No tenía relación con ningún recluso de la entidad. Yo, como tenía ese destino, me veía obligado cada día a llevarle el paquete que le mandaban. A lo pronto, parece que le molestaba el que después que firmaba, sin mirarte siquiera, le decías adiós y no te contestaba. Era repugnante.
14.3.08
107.- Traslado a la cárcel de Yeserías
Así que a la madrugada llegamos a Ciudad Real. La cárcel estaba lo menos a tres kilómetros de la estación. Una cárcel con un sistema de paridera; un patio en el centro de unos 12 metros de ancho por otros 12 de largo, con tres departamentos, que era donde dormíamos. Tenía una capacidad de una treintena, y llegamos a estar cerca de trescientos, de todas las especies, empezando por invertidos, criminales, ladrones, chorizos y demás. Sólo había un váter, que dormíamos al lado, por la recomendación que nos había dado Juanel ("el Cabo, un preso común, os tendrá alguna consideración"), y nos puso a su lado, protegiéndonos de la avalancha de depravados que lo invadían todo. No estuvimos mucho tiempo, pero los días se hacían interminables.
Así, un día, inesperadamente, formaron una expedición de un centenar y nos mandaron para Yeserías, que era la Cárcel Hospital, considerada la más moderna.
Cuando llegamos a la estación de Madrid, nos metieron a toda la formación en la sala de espera, pero así como entraba la gente, que era continuamente, quedaba parada, al ver la formación tan rara, con traje de penados. De modo que, al ver que llamábamos la atención de todos, nos hicieron salir, y nos trasladaron detrás de la estación, y así no nos veía nadie. A pesar de que no estaba muy lejos, no se atrevieron a trasladarnos a pie, por no llamar la atención de medio Madrid y mezclarnos con el personal.
Por fin, vino el camión, y nos hicieron montar los pocos que íbamos a Yeserías, y el resto los trasladaron a Carabanchel Prisión Provincial.
Así, un día, inesperadamente, formaron una expedición de un centenar y nos mandaron para Yeserías, que era la Cárcel Hospital, considerada la más moderna.
Cuando llegamos a la estación de Madrid, nos metieron a toda la formación en la sala de espera, pero así como entraba la gente, que era continuamente, quedaba parada, al ver la formación tan rara, con traje de penados. De modo que, al ver que llamábamos la atención de todos, nos hicieron salir, y nos trasladaron detrás de la estación, y así no nos veía nadie. A pesar de que no estaba muy lejos, no se atrevieron a trasladarnos a pie, por no llamar la atención de medio Madrid y mezclarnos con el personal.
Por fin, vino el camión, y nos hicieron montar los pocos que íbamos a Yeserías, y el resto los trasladaron a Carabanchel Prisión Provincial.
13.3.08
106
Creo que fue a mediados de Agosto cuando nos dieron la orden de partida. Nos montaron en un camión a unos quince, todos atados de dos en dos, salvo en el caso de Antonio Rodes, que le pusieron un tercero entre los dos, cosa que me hizo mucha extrañeza de que no le esposasen solo. Así que nos metieron en el camión para mandarnos a la estación. Pero antes de arrancar, subió el jefe de la expedición y nos dijo: -"¡Oído! ¡Si alguno se escapa, al que se queda le pego un tiro en la nuca!". Bajó del camión y arrancó enseguida para la estación.
Cuando llegamos a las cercanías de Albacete, entró un hombre con un cinturón lleno de navajas de Albacete, pero al entrar y ver la clase de gente que éramos, y con traje de penados, ya no acabó la frase y se volvió.
Al llegar a Albacete, al que iba atado en medio de Antonio Rodes, lo bajaron. Después, el jefe de la expedición pasó por los departamentos pidiendo perdón por la frase que nos soltó en Valencia. La causa era que se le había fugado dos veces, y por eso lo puso entre medio de los dos, porque era un preso peligroso. Nos dijo que el informe que tenía de nosotros era muy distinto a la frase que nos había soltado.
Cuando llegamos a las cercanías de Albacete, entró un hombre con un cinturón lleno de navajas de Albacete, pero al entrar y ver la clase de gente que éramos, y con traje de penados, ya no acabó la frase y se volvió.
Al llegar a Albacete, al que iba atado en medio de Antonio Rodes, lo bajaron. Después, el jefe de la expedición pasó por los departamentos pidiendo perdón por la frase que nos soltó en Valencia. La causa era que se le había fugado dos veces, y por eso lo puso entre medio de los dos, porque era un preso peligroso. Nos dijo que el informe que tenía de nosotros era muy distinto a la frase que nos había soltado.
12.3.08
105
El otro departamento estaba destinado a la barbería y ducha, y casi la mayoría, entre duchas y lavabos, pasaba por allí. Yo, de la sexta galería, tenía que bajar ochenta escaleras para asearme. El fuerte del trabajo era la palma, haciendo toda clase de bolsos y otras cosas muy bien hechas, que se mandaban por todas partes. Mi compañero Juanel mandó muchos pedidos, y mi familia le giraba los dineros a San Miguel.
En lo alto del edificio había un torreón que lo utilizaban para la desinfección de los petates. Cada dos por tres nos daban la orden de pasarlos. Aunque había un grupo de comunes que tenía una agencia, que pagando una peseta por colchón, lo llevaban y te lo devolvían.
Así iban transcurriendo los días, cuando nos pasaron la orden de traslado para trabajar, sin saber dónde nos mandaban. Comentando con Carrasquer, me decía que no saliese a trabajar, porque sería mucho mejor para mí, ya que podría continuar los estudios, que eran muy importantes. De lo contrario, suponía el abandono, en un momento en que progresaba mucho. Y estuve en un tris que no renuncié. En cuanto a Juanel, me dijo todo lo contrario. Me dio una lista de nombres que encontraría, en especial en Yeserías, como Cecilio Rodríguez, Juanito Torres, Manuel Fernández y otros tantos, pero todos de memoria. También me recordó que intentasen influir para que él saliese a trabajar.
En lo alto del edificio había un torreón que lo utilizaban para la desinfección de los petates. Cada dos por tres nos daban la orden de pasarlos. Aunque había un grupo de comunes que tenía una agencia, que pagando una peseta por colchón, lo llevaban y te lo devolvían.
Así iban transcurriendo los días, cuando nos pasaron la orden de traslado para trabajar, sin saber dónde nos mandaban. Comentando con Carrasquer, me decía que no saliese a trabajar, porque sería mucho mejor para mí, ya que podría continuar los estudios, que eran muy importantes. De lo contrario, suponía el abandono, en un momento en que progresaba mucho. Y estuve en un tris que no renuncié. En cuanto a Juanel, me dijo todo lo contrario. Me dio una lista de nombres que encontraría, en especial en Yeserías, como Cecilio Rodríguez, Juanito Torres, Manuel Fernández y otros tantos, pero todos de memoria. También me recordó que intentasen influir para que él saliese a trabajar.
11.3.08
104
Así iban transcurriendo los días. Cada semana tenía un día de limpieza. Teníamos que barrer dos patios. Uno era casi como un campo de fútbol. El otro, como la mitad del mayor. Los pisos estaban compuestos por cuatro bloques con cuatro pisos cada uno, y la Iglesia en medio. Allí formábamos 1.200 personas, y sobraba una capacidad de espacio fabulosa. Dentro de los arcos laterales, nunca vi formado a nadie. El Altar del centro era grandioso, con un San Miguel matando el Dragón con una espada de lo menos cinco metros, de un valor incalculable.
La altura de los pisos era de veinte escaleras de losa, que cuando bajabas, tenías que ir con mucho cuidado, pues eran muy resbaladizas, porque estaban muy gastadas por el uso. Podían bajar cuatro personas sin tocarse. Para fregarlas, nos poníamos dos con una bayeta cada uno, le dábamos una pasada mojándolas, y en un momento fregábamos las ochenta escaleras.
Los bajos estaban ocupados de la siguiente forma: uno era para el ensayo de la banda, y parte, para la desinfección; otro para economato, cocina y no sé qué más; encima, los tres pisos eran para talleres; otro de los bajos era de artesanía, donde trabajaban los de la piel, la plata, la disecación de pájaros o pulirlos, encuadernadores, y otras especies de artesanía. El encargado del salón era Sigfrido Catalá, que era diseñador de piel.
La altura de los pisos era de veinte escaleras de losa, que cuando bajabas, tenías que ir con mucho cuidado, pues eran muy resbaladizas, porque estaban muy gastadas por el uso. Podían bajar cuatro personas sin tocarse. Para fregarlas, nos poníamos dos con una bayeta cada uno, le dábamos una pasada mojándolas, y en un momento fregábamos las ochenta escaleras.
Los bajos estaban ocupados de la siguiente forma: uno era para el ensayo de la banda, y parte, para la desinfección; otro para economato, cocina y no sé qué más; encima, los tres pisos eran para talleres; otro de los bajos era de artesanía, donde trabajaban los de la piel, la plata, la disecación de pájaros o pulirlos, encuadernadores, y otras especies de artesanía. El encargado del salón era Sigfrido Catalá, que era diseñador de piel.
10.3.08
103
Un día, nos pasó un caso muy chocante. Estábamos en el patio, y oigo la voz del ordenanza llamando: "¡Manuel Comas Cabistañ, a censura!". Con que subo a censura con el ordenanza, que era compañero mío, y entramos pidiendo permiso. -"¿Usted es Manuel Comas?". -"¡Sí, señor!". -"Usted ha escrito una carta haciendo mofa del Generalísimo". -"¿Yo? No sé de qué". Y con voz autoritaria, dijo: -"Usted dice que si el General aquí, al General lo atropella una bici, pasa un tranvía y también lo atropella. ¡Esto es hacer mofa!". Y acto seguido le contesto: "¿Y que culpa tengo yo de que mi cuñado tenga o le pusieran General como nombre de pila?".
Todos los empleados, que eran unos diez, explotaron en una carcajada descomunal. Por cierto, que eran compañeros, y el domingo, a la hora de la tertulia del café, hubo tema a cargo mío, de lo chocante que resultó el hecho del oficial de censura con el caso mío. Pero tuve que modificar la carta, tachando delante de él la palabra 'General' por la palabra 'Cuñado'. La realidad era que mi cuñado en pocos días había tenido dos atropellos en Barcelona.
Todos los empleados, que eran unos diez, explotaron en una carcajada descomunal. Por cierto, que eran compañeros, y el domingo, a la hora de la tertulia del café, hubo tema a cargo mío, de lo chocante que resultó el hecho del oficial de censura con el caso mío. Pero tuve que modificar la carta, tachando delante de él la palabra 'General' por la palabra 'Cuñado'. La realidad era que mi cuñado en pocos días había tenido dos atropellos en Barcelona.
9.3.08
102
En la Cuaresma, todos los días nos hacían ir a misa durante más de dos horas, que, entre formaciones y desfiles, pasábamos la tarde. Había dos curas. Uno era de formas afeminadas. El cojo era el encargado de decir la misa, y el otro leía la epístola en el púlpito. Después de que nos lanzaba continuamente arengas de mal gusto, cuando terminaba, decía: "¡Ahora rezaremos un Padre Nuestro para el que se muera de los que estáis aquí presentes!". Las miradas de los reclusos, todas al unísono, se clavaban en el cura mallorquín.
El domingo de Pascua pasaban la orden de que el que quisiese comulgar, que pasase por la sacristía. Llegada la hora, no comulgaban más que los monaguillos, y un funcionario.
El cura cojo era muy chocante. La mayor parte del tiempo se lo pasaba con una escopeta del veintiocho ampaytando los pichones del palacio, que estaba fornido. Después los guisaban en el economato y venía el cura de Paterna, y merendaban los dos opíparamente.
Después, en los domingos, el cura de Paterna se preparaba el discurso, diciendo en el sermón que había pasado la semana conviviendo con la miseria de los presos, alentándolos, consolándolos y mimándolos. Y lo cierto era que a lo que venía era a ponerse como el Kico en el economato con los pichones y un chato tras otro, que salían colorados como pimientos. Así pasaban la mayor parte de los días, y veíamos como los pichones poco a poco iban desapareciendo, y eso que al principio los había abundantes.
El domingo de Pascua pasaban la orden de que el que quisiese comulgar, que pasase por la sacristía. Llegada la hora, no comulgaban más que los monaguillos, y un funcionario.
El cura cojo era muy chocante. La mayor parte del tiempo se lo pasaba con una escopeta del veintiocho ampaytando los pichones del palacio, que estaba fornido. Después los guisaban en el economato y venía el cura de Paterna, y merendaban los dos opíparamente.
Después, en los domingos, el cura de Paterna se preparaba el discurso, diciendo en el sermón que había pasado la semana conviviendo con la miseria de los presos, alentándolos, consolándolos y mimándolos. Y lo cierto era que a lo que venía era a ponerse como el Kico en el economato con los pichones y un chato tras otro, que salían colorados como pimientos. Así pasaban la mayor parte de los días, y veíamos como los pichones poco a poco iban desapareciendo, y eso que al principio los había abundantes.
8.3.08
101
El compañero Muñiz estudiaba esperanto. Cuando, hace dos o tres años, hacían el programa por la tele de 3 x 4, presentado por la Julia Otero, concursó, y batió el récord de respuestas. Pidió como premio la colección de los libros de esperanto. Después, tenía la opción a tres llamadas telefónicas para conseguir un coche. Tenía que averiguar no sé qué en Sabiñánigo, y preguntó si podía llamar a un compañero para que le informara. Yo estaba viéndole, y le dije a mi mujer: "¡Éste llama a Manuel Trem Torres!". No hubo manera de ponerse en contacto después de muchas llamadas.
Al día siguiente los llamé yo, y me contestó su señora, que estaban esperando la llamada, y no hubo manera. Al día siguiente, Manuel se fue a Barcelona a TV3 para saludarle, y me dijo Manuel que se les portaron muy bien en la tele·
La población reclusa de San Miguel era de alrededor de los mil cien. Unos cuatrocientos eran maquis de tendencia comunista; otros tantos de la CNT, y el resto de delito común. Las relaciones entre ambos eran normales, ni buenas ni malas.
Al día siguiente los llamé yo, y me contestó su señora, que estaban esperando la llamada, y no hubo manera. Al día siguiente, Manuel se fue a Barcelona a TV3 para saludarle, y me dijo Manuel que se les portaron muy bien en la tele·
La población reclusa de San Miguel era de alrededor de los mil cien. Unos cuatrocientos eran maquis de tendencia comunista; otros tantos de la CNT, y el resto de delito común. Las relaciones entre ambos eran normales, ni buenas ni malas.
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