Estábamos en pleno guiso y, inesperadamente, se presentó en la Mezquita el Caudillo. La cocinera fue a su encuentro. Después de los saludos de rigor, observó las paelleras y le preguntó lo que les había preparado para comer. Le dijo que paella de arroz, un guiso y tostadas de Santa Teresa. Asintió con la cabeza. Nosotros, no nos cruzamos ni palabra. También subieron de Madrid muchos pasteles, que todo ello quedó a cargo del grupo de camareros encargado del reparto de la comida y el resto de las cosas.
De comida sobró mucha. Fueron muchos los presos que fueron a buscarla, pero yo ni la probé. Por la tarde, nos mandaron a los puestos de trabajo, pero sin trabajar; de modo que a media tarde pasó revista por todas las dependencias. Yo estaba al pie del andamio, con los punteros y las macetas, pasó rozando, pero no nos dijo ni buenas tardes. Así terminó el viaje del Caudillo en el Valle o el Monasterio.
Al cabo de unos años, se presentaron dos o tres autocares con algunos extranjeros. Yo no hablé con ellos, pero sé que se informaron con algunos de lo que hacíamos: la comida que nos daban, el jornal que ganábamos, y todo cuanto hacíamos. Hablaron tanto, que se lo pasaron a lo grande, y en parte tenían razón, pero sabíamos que el resto de los campos de trabajo que había -y eran muchos- todos eran peores que el nuestro.
Así que, a los pocos días, en el extranjero, los políticos exilados, entre ellos Indalecio Prieto, levantaron una polvareda difamatoria, que a los pocos días ya nos dieron la noticia de que se deshacía el Destacamento. De repente, nos llamaron a los cuatro del pueblo, al compañero Remacha y al practicante de la oficina. El practicante ya era sabedor de lo que nos iban a decir.
24.3.08
23.3.08
116
Así estuvimos unos tres días, y por último se presentó. Nos dieron fiesta, pero a mí y a otro nos llamaron para si queríamos ir a ayudar a la cocinera, que subió antes para preparar el terreno. Era una señora muy simpática. Nos decía que, mucha preparación, pero que el Caudillo casi no la cataría.
Se dispuso toda la preparación para hacer la comida en campaña. Me pidió la opinión para el sistema de preparación. Yo le indiqué que en la mili hacíamos un pequeño pozo de unos 25 cm. de hondo por 45 cm. de diámetro de circunferencia, con una zanqueta para introducir la leña, con cuatro piedras para el sostén de la paellera. Y se podía hacer en el suelo de la mezquita, que aún no estaba terminada. Así que dispuso cuatro fuegos, dos para las paelleras del arroz, una para un guiso (no recuerdo qué), y otro para las tostadas de Santa Teresa, que eran la debilidad del Caudillo, según nos dijo la cocinera. Soltó: "Lo que comerá él, no cabría en el cuenco de una mano, pero toda esta gente que lo rodean son como buitres. Verán a la hora de la comida cómo se tiran como lobos hambrientos". Hizo referencia que él no era malo, pero que todos los que le rodeaban eran malas personas y sin escrúpulos.

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Foto: El dictador Francisco Franco y su comitiva, visitando el Valle de los Caídos.
Se dispuso toda la preparación para hacer la comida en campaña. Me pidió la opinión para el sistema de preparación. Yo le indiqué que en la mili hacíamos un pequeño pozo de unos 25 cm. de hondo por 45 cm. de diámetro de circunferencia, con una zanqueta para introducir la leña, con cuatro piedras para el sostén de la paellera. Y se podía hacer en el suelo de la mezquita, que aún no estaba terminada. Así que dispuso cuatro fuegos, dos para las paelleras del arroz, una para un guiso (no recuerdo qué), y otro para las tostadas de Santa Teresa, que eran la debilidad del Caudillo, según nos dijo la cocinera. Soltó: "Lo que comerá él, no cabría en el cuenco de una mano, pero toda esta gente que lo rodean son como buitres. Verán a la hora de la comida cómo se tiran como lobos hambrientos". Hizo referencia que él no era malo, pero que todos los que le rodeaban eran malas personas y sin escrúpulos.
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Foto: El dictador Francisco Franco y su comitiva, visitando el Valle de los Caídos.
22.3.08
115
Al Valle de los Caídos, de hecho, le dieron el nombre en memoria de sus caídos, pero el nombre que tiene o que le dan es Cuelga Moros, debido a unos hechos que ocurrieron, en los que colgaron a varios moros, no sé cuándo ni en qué época, pero aseguraban los de la comarca que era verdad.
De mi redada, había dos más: uno era Ángel Garín, que estaba de cocinero para los libres. De libres, en el edificio trabajaban más de un centenar, muchos de ellos canteros o picapedreros. Picaban piedras y hacían unas figuras fabulosas para la fachada, protegiéndola con piedra picada.
El otro era Modesto Ibarz, que estaba en otro grupo (trabajaba en la bóveda). Estando nosotros allí, salió en libertad.
Después vino el rumor de que tenía que venir el Caudillo. A la inmensa mayoría los destinaron a limpiar los escombros de alrededor, a limpiar las hierbas, los tablones que estaban esparcidos, los andamios -que parecía que estaban hechos provisionalmente-, barrieron todo el contorno, y yo qué sé las cosas que hicieron en vistas a la visita. Yo continuaba con la misma faena, pero, así como caía el escombro, corrían otros recogiéndolo.
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Foto: Construcción de la cruz del Valle de los Caídos.
De mi redada, había dos más: uno era Ángel Garín, que estaba de cocinero para los libres. De libres, en el edificio trabajaban más de un centenar, muchos de ellos canteros o picapedreros. Picaban piedras y hacían unas figuras fabulosas para la fachada, protegiéndola con piedra picada.
El otro era Modesto Ibarz, que estaba en otro grupo (trabajaba en la bóveda). Estando nosotros allí, salió en libertad.
Después vino el rumor de que tenía que venir el Caudillo. A la inmensa mayoría los destinaron a limpiar los escombros de alrededor, a limpiar las hierbas, los tablones que estaban esparcidos, los andamios -que parecía que estaban hechos provisionalmente-, barrieron todo el contorno, y yo qué sé las cosas que hicieron en vistas a la visita. Yo continuaba con la misma faena, pero, así como caía el escombro, corrían otros recogiéndolo.
Foto: Construcción de la cruz del Valle de los Caídos.
21.3.08
114
Para que se me curase mejor la mano, me destinaron con un compañero albañil, que iba tapando rozas, arreglando desagües, y otras tareas. Un día, estábamos poniendo tubos de desagüe de un piso a otro, y se presentó el encargado general, que le decían 'Barrilito'.
-"¿Qué hacéis aquí?".
-"Estamos poniendo un desagüe".
-"¿De qué medidas son los tubos?".
-"De 15 cm.".
-"¡Del 22, me cauen Dios! Vosotros no conocéis a esta gente. Empiezan a tirar bragas, sostenes, condones, y todas estas especies, que lo embozan todo. Así que del veintidós, y no quiero ver ninguna del 15".
Después me volvieron a poner de rocista.
Comparada con la vida en la cárcel, allí era más llevadera. Se comía mejor, un buen trato, y una serie de consideraciones que en las cárceles nunca tuve. Los domingos celebraban misa en el templo, sin haberlo terminado, pero al grupo nuestro ni siquiera nos dijeron nunca si queríamos ir. Así que los domingos los dedicábamos a ir al sector de debajo del templo. Allí acudían con unos carritos con pescados y frutas, y nosotros aprovechábamos, comprábamos un cuarto Kg. de pescado y unas gambas, y nos preparábamos un arroz para los tres, A. Rodes, A. Soler y yo. Después leíamos y paseábamos por allí. Algunos domingos, subíamos a las cúspides de las montañas, para contemplar el panorama de Guadarrama.
-"¿Qué hacéis aquí?".
-"Estamos poniendo un desagüe".
-"¿De qué medidas son los tubos?".
-"De 15 cm.".
-"¡Del 22, me cauen Dios! Vosotros no conocéis a esta gente. Empiezan a tirar bragas, sostenes, condones, y todas estas especies, que lo embozan todo. Así que del veintidós, y no quiero ver ninguna del 15".
Después me volvieron a poner de rocista.
Comparada con la vida en la cárcel, allí era más llevadera. Se comía mejor, un buen trato, y una serie de consideraciones que en las cárceles nunca tuve. Los domingos celebraban misa en el templo, sin haberlo terminado, pero al grupo nuestro ni siquiera nos dijeron nunca si queríamos ir. Así que los domingos los dedicábamos a ir al sector de debajo del templo. Allí acudían con unos carritos con pescados y frutas, y nosotros aprovechábamos, comprábamos un cuarto Kg. de pescado y unas gambas, y nos preparábamos un arroz para los tres, A. Rodes, A. Soler y yo. Después leíamos y paseábamos por allí. Algunos domingos, subíamos a las cúspides de las montañas, para contemplar el panorama de Guadarrama.
20.3.08
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Sin más, me salió un callo en la mano, se me infectó y tuve que coger la baja. Fui a ver a Manuel Fernández, que era el que hacía de médico y practicante del Destacamento, y le dije que quería ir a trabajar. Él me dijo que aún tenía la herida tierna, pero yo decidía. Esto era un sábado, y el domingo me llamaron que quería verme el Oficial del Departamento:
-"¿Es verdad que quiere ir a trabajar el lunes?".
Digo: "Sí, señor".
-"¿Qué interés tiene usted en trabajar tan pronto?".
-"Ninguno, pero no sé las costumbres, y ya estoy mejor".
-"Mire usted, el informe que tengo es que aún no está en condiciones. Y no vaya a creer que la empresa le va a tener ninguna consideración por mucha atención que le tenga. De modo que tómese una semana más, y tranquilo. Cójase libros, váyase a la montaña, y tranquilo".
Y así lo hice.
Un día, estaba paseando por las cercanías del monasterio. Allí estaban cargando escombro mi compañero y el que decía ser confitero, y dirigiéndose a mí, me dijo: -"Comas, mira". Cada palada que tiraba al camión decía: -"¡Oro molido!... ¡Oro molido!...". Y tenía razón. Los escombros eran de las celdas, que tan pronto como las terminaban, las echaban abajo. Continuamente.
Foto: Manolo Comas en el Valle de los Caídos, 1949 o 1950.
19.3.08
112
Después me explicó que lo que iba a deshacer yo, ya lo habían hecho varias veces. Viene el contratista, ve que las puertas están unas frente otras, hay corriente de aire y es malo para los seminaristas. Viene el aparejador, no le gusta el modelo de celdas, al suelo. Va Franco, no le gustan, y así sucesivamente, tirando y construyendo. Con que, con el pico, empecé a tirar celdas. Cuando vino uno de los encargados, me dijo que me lo tomase con calma, me invitó a fumar y estuvimos mucho rato hablando. Sin decir nada, me di cuenta que el trabajo lo debía llevar moderadamente.
Al día siguiente, vino un encargado que había sido preso y pertenecía a nuestra organización. Me preguntó si sabía manejar la maza y el puntero. Yo le contesté que eran herramientas de minero, y yo era minero profesional. Así que me dio un juego de punteros y una maceta, y ves haciendo estas rozas que están marcadas. Así iba haciendo. Cuando venía el encargado, yo paraba a fumar y charlar con él, cosa que veían mal los otros componentes rocistas, el que yo parase con el encargado delante. Ellos, entonces era cuando trabajaban. Yo les dije que me justificaba la faena. Aunque los que había eran malos rocistas. Había veces que estaban sentados cuando no estaba el encargado, y para hacer ruido, picaban el pistolete sin clavarlo. Yo les decía que yo, de ser encargado, sin estar delante, sabría quien rendía y quien no.
Al día siguiente, vino un encargado que había sido preso y pertenecía a nuestra organización. Me preguntó si sabía manejar la maza y el puntero. Yo le contesté que eran herramientas de minero, y yo era minero profesional. Así que me dio un juego de punteros y una maceta, y ves haciendo estas rozas que están marcadas. Así iba haciendo. Cuando venía el encargado, yo paraba a fumar y charlar con él, cosa que veían mal los otros componentes rocistas, el que yo parase con el encargado delante. Ellos, entonces era cuando trabajaban. Yo les dije que me justificaba la faena. Aunque los que había eran malos rocistas. Había veces que estaban sentados cuando no estaba el encargado, y para hacer ruido, picaban el pistolete sin clavarlo. Yo les decía que yo, de ser encargado, sin estar delante, sabría quien rendía y quien no.
18.3.08
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Al día siguiente, me presentaron a mi encargado general, de los que había cuatro o cinco en el edificio. El edificio, también llamado monasterio, se compone de dos pisos y un ático en forma de parrilla; es de unas dimensiones fabulosas, con unas trescientas celdas de una construcción interior inmejorable, con calefacción interna, teléfono, agua corriente, baño con ducha y bañera normal con unas capas de alquitrán y una pintura impermeable, y una decoración perfecta. A cada lado del pasillo central había una sala. Esas salas estaban dedicadas a la dirección del piso. Los bajos eran todos salas y locales grandiosos, que desconozco para qué los querían.
Así que estaba con el encargado general, que era más ancho que alto, y que siempre estaba blasfemando a Dios y al Diablo (pero que no le tocasen la Pilarica, que era su patrona, y para él era cosa sagrada). De modo que dice: "Coge ese pico y ves tirando todo eso". Yo digo: -"¿Eso, qué?". Dice: "Eso, esas paredes. Aquí, lo que se hace hoy, se tira mañana, mecauen Dios".

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Foto: Cruz del Valle de los Caídos.
Así que estaba con el encargado general, que era más ancho que alto, y que siempre estaba blasfemando a Dios y al Diablo (pero que no le tocasen la Pilarica, que era su patrona, y para él era cosa sagrada). De modo que dice: "Coge ese pico y ves tirando todo eso". Yo digo: -"¿Eso, qué?". Dice: "Eso, esas paredes. Aquí, lo que se hace hoy, se tira mañana, mecauen Dios".
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Foto: Cruz del Valle de los Caídos.
17.3.08
110
De modo que a Antonio Rodes y a mí nos hicieron montar en un camión y, junto con el funcionario -que andaba cojo y se llamaba don Nico- nos fuimos a la estación del Escorial, que estaba a 16 km. Llegamos allí, y nos mandó ir cargando el camión de ladrillos. Estábamos cargando, y a cada momento iban cayendo chubascos, y nos refugiábamos en el muelle. Allí, los dos comentamos: "¡Mira que dejar dos presos solos en una estación!". Pero sabían que llevábamos muchos años de cárcel, y no nos íbamos a jugar la condicional, con el tiempo que nos quedaba.
Con que por fin cargamos el camión, "¿Y ahora qué hacemos?". Cansados de esperar, decidimos ir al bar a comunicar que ya habíamos terminado. Cuando entramos en el bar, fuimos la nota de atención de toda la concurrencia, que era mucha. Nos miraban como bichos raros con aquel uniforme y la boina del mismo color. Así que les comunicamos que ya estaba cargado. Estaban jugando a las cartas, e insistieron mucho en que bebiéramos algo. Pero, dándonos cuenta de que éramos el centro de atención de todos, nos fuimos al camión. Aún tardaron un buen rato en llegar. Por cierto, que cuando llegaron, nos dijeron que habíamos corrido mucho cargando.
Con que por fin cargamos el camión, "¿Y ahora qué hacemos?". Cansados de esperar, decidimos ir al bar a comunicar que ya habíamos terminado. Cuando entramos en el bar, fuimos la nota de atención de toda la concurrencia, que era mucha. Nos miraban como bichos raros con aquel uniforme y la boina del mismo color. Así que les comunicamos que ya estaba cargado. Estaban jugando a las cartas, e insistieron mucho en que bebiéramos algo. Pero, dándonos cuenta de que éramos el centro de atención de todos, nos fuimos al camión. Aún tardaron un buen rato en llegar. Por cierto, que cuando llegaron, nos dijeron que habíamos corrido mucho cargando.
16.3.08
109.- Valle de los Caídos
A mediados de Octubre, o poco antes, nos mandaron al Valle de los Caídos. Tan pronto llegamos -ya era el atardecer- nos destinaron a los tres del pueblo al Barracón, donde luego acudieron todos los trabajadores, que estaba compuesto por unos ciento cincuenta de delitos diversos. Los más eran compañeros, que nos fueron presentados todos y nos dieron una gran acogida todos en general. Y, en especial, Manuel Fernández, que era el Secretario General de Galicia, y Ramón Remacha, que era aragonés, y de gran estima en la organización por sus actuaciones. Allí tenía mucha personalidad en la obra. En la oficina había un Oficial, y un funcionario con dos presos compañeros nuestros.

Al día siguiente, nos formaron en la calle, y los primeros en llamar fuimos nosotros. "¡Los mineros, que den un paso adelante!". Y salimos los tres. Nos llamaron por el nombre; después: "¡Los carpinteros, que den un paso adelante!". No salió nadie. Después dice: "¡Fulano de Tal!". "Presente", responde uno. "¿Usted no es carpintero?". Dice: "¡Yo soy confitero!". "¡Pues a buena parte has ido a parar para hacer confites!". Al resto los mandaron a trabajos diversos.
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Imagen: Valle de los Caídos (vista frontal).
Al día siguiente, nos formaron en la calle, y los primeros en llamar fuimos nosotros. "¡Los mineros, que den un paso adelante!". Y salimos los tres. Nos llamaron por el nombre; después: "¡Los carpinteros, que den un paso adelante!". No salió nadie. Después dice: "¡Fulano de Tal!". "Presente", responde uno. "¿Usted no es carpintero?". Dice: "¡Yo soy confitero!". "¡Pues a buena parte has ido a parar para hacer confites!". Al resto los mandaron a trabajos diversos.
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Imagen: Valle de los Caídos (vista frontal).
15.3.08
108.- Estancia en la cárcel de Yeserías
Al llegar, el primero con el que hablé fue Juanito Torres, que ya había visto nuestro expediente. También vino Cecilio Rodríguez y tres más, que todos habían formado uno de los Comités Nacionales. Cuando les hablé sobre lo que me había dicho Juanel de salir a trabajar, consideraban que tenía demasiada condena (era de quince años) para eso. Así que no veían muy claro el asunto.
En seguida me dieron destino. Me mandaron al chequeo de los paquetes de comida que entraban. Así conocí un elemento muy original. Se trata del "Consorcio de Franco", un elemento de una figura un poco rara: una altura de metro cincuenta, con ciento treinta Kg. de peso, era un sistema como un saco ancho, con dos palos, uno en cada lado del saco, y una calabaza para cabeza, sin cuello, pegada a los hombros. Le entraban un bolso de comida, jarabes, piorreas, reforzantes, y otras especies, con un valor mayor que entre todos los demás paquetes que entraban. Lo tenían en la enfermería, tipo camuflaje. Le subía el bolso, que casi no podía con él. A pesar de que me tenía que firmar el libro, durante varios días de mi estancia allí, nunca me dio las gracias ni oí su voz. Según las versiones que daban de él, lo querían linchar los estudiantes de Madrid, a consecuencia de unas estraperladas con los alimentos que mandaba Eva Perón, en especial barcos de lentejas para matar el hambre de aquella época. Y para despistar, lo camuflaron en Yeserías a cuerpo de rey. Para comunicar, no sé si era su señora o qué, pero lo vi personalmente, se cerraba con una mujer en la sala de Jueces cada día. No tenía relación con ningún recluso de la entidad. Yo, como tenía ese destino, me veía obligado cada día a llevarle el paquete que le mandaban. A lo pronto, parece que le molestaba el que después que firmaba, sin mirarte siquiera, le decías adiós y no te contestaba. Era repugnante.
En seguida me dieron destino. Me mandaron al chequeo de los paquetes de comida que entraban. Así conocí un elemento muy original. Se trata del "Consorcio de Franco", un elemento de una figura un poco rara: una altura de metro cincuenta, con ciento treinta Kg. de peso, era un sistema como un saco ancho, con dos palos, uno en cada lado del saco, y una calabaza para cabeza, sin cuello, pegada a los hombros. Le entraban un bolso de comida, jarabes, piorreas, reforzantes, y otras especies, con un valor mayor que entre todos los demás paquetes que entraban. Lo tenían en la enfermería, tipo camuflaje. Le subía el bolso, que casi no podía con él. A pesar de que me tenía que firmar el libro, durante varios días de mi estancia allí, nunca me dio las gracias ni oí su voz. Según las versiones que daban de él, lo querían linchar los estudiantes de Madrid, a consecuencia de unas estraperladas con los alimentos que mandaba Eva Perón, en especial barcos de lentejas para matar el hambre de aquella época. Y para despistar, lo camuflaron en Yeserías a cuerpo de rey. Para comunicar, no sé si era su señora o qué, pero lo vi personalmente, se cerraba con una mujer en la sala de Jueces cada día. No tenía relación con ningún recluso de la entidad. Yo, como tenía ese destino, me veía obligado cada día a llevarle el paquete que le mandaban. A lo pronto, parece que le molestaba el que después que firmaba, sin mirarte siquiera, le decías adiós y no te contestaba. Era repugnante.
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