Después, fui a la empresa que era fiadora de mi libertad. Para colmo, estaba pasando un mal momento, pues tuvo que reducir un gran número de la plantilla de picadores. Entre los despedidos se armó un revuelo de mil demonios, porque yo ingresaba cuando los más de treinta picadores fueron despachados, y aquello no lo aceptaban. El administrador tuvo que hacer frente, diciendo que la empresa había sido fiadora de mí, y que yo aún figuraba en plantilla antes que todos los despedidos. Pero, aunque convenció a unos cuantos, otros emprendieron una política difamatoria y denuncias. Con que me mandó llamar el Comandante del Puesto, y me dijo que me mandaba a Torrero porque iba haciendo política por los cafés. Yo le contesté que no era cierto, que no había entrado en ningún café. Entonces, hizo ademán de pegarme, pero me retiré sin decirle adiós. Después, me llamó el administrador de la empresa, y me dijo que lo mejor que podía hacer era plegar de la empresa, porque tenía denuncias de personal que me quería muy mal.
De modo que, aunque quería trabajar mucho para poder ayudar a mi hermano, que lo pasaba muy mal, tuve que plegar y dedicarme a la tierra, donde las pasábamos canutas. Y donde me encontrase, me tenía que presentar.
3.4.08
2.4.08
126.- "Ya Estoy en Libertad"
El 7 de Junio de 1950 me dieron la libertad en Buytrago, provincia de Madrid, donde se construía un pantano en el río Lozoya.
El recuerdo de mi estancia allí me dejó un sabor agrio, de mal talante, que ojalá nunca lo hubiese conocido.
El trayecto hasta Buytrago lo hice a pie, pero la única nostalgia que sentí al marchar fue que me había dejado unos pocos compañeros que aún les quedaban algunos días para cumplir. Con la colchoneta al hombro, el macuto y la bolsa de costado, cuando ya quedó atrás, ni siquiera volví la vista, para no prolongar el mal recuerdo.
En la llegada al pueblo, a pesar de la alegría de la familia, las cosas no fueron muy halagüeñas. Al primero que vi fue a mi hermano Joaquín y, al verlo, me confirmaron el estado grave de su enfermedad. Teresa, mi mujer, también estaba enferma, suerte que iba en vías de recuperación. Después, fui a presentarme al cuartel de la Guardia Civil, por la libertad condicional. Con una cara de vinagre y sin mirarme a la cara, me ordenó que me presentara dos veces a la semana; que no intentase salir del pueblo, que, de lo contrario, ya sabía la residencia que había dejado en Torrero.
El recuerdo de mi estancia allí me dejó un sabor agrio, de mal talante, que ojalá nunca lo hubiese conocido.
El trayecto hasta Buytrago lo hice a pie, pero la única nostalgia que sentí al marchar fue que me había dejado unos pocos compañeros que aún les quedaban algunos días para cumplir. Con la colchoneta al hombro, el macuto y la bolsa de costado, cuando ya quedó atrás, ni siquiera volví la vista, para no prolongar el mal recuerdo.
En la llegada al pueblo, a pesar de la alegría de la familia, las cosas no fueron muy halagüeñas. Al primero que vi fue a mi hermano Joaquín y, al verlo, me confirmaron el estado grave de su enfermedad. Teresa, mi mujer, también estaba enferma, suerte que iba en vías de recuperación. Después, fui a presentarme al cuartel de la Guardia Civil, por la libertad condicional. Con una cara de vinagre y sin mirarme a la cara, me ordenó que me presentara dos veces a la semana; que no intentase salir del pueblo, que, de lo contrario, ya sabía la residencia que había dejado en Torrero.
1.4.08
125
Un día, al retirar del trabajo, el cocinero que nos servía el café, que era compañero, me llamó, y me dijo que había llegado una expedición, y que un tal Juanel había preguntado por mí. Al entrar al barracón, quedé sorprendido, porque no más entrar, al ir a acostarme, se me tiró encima el compañero Juanel, abrazándome loco de contento:
-"¡Conseguistes lo que nadie ha conseguido! Que saliera a trabajar".
-"Pues a buen sitio has ido a parar". -
-"No me importa, el caso es salir".
Estuvimos mucho rato hablando.Que mi familia se le había portado muy bien con los envíos de material de bolsos que les mandaba, y acto seguido les giraban el dinero.
La persona de Juanel era un caso muy especial. Un hombre sencillo, inteligente y activo como nadie. Y Yo nunca podía haber llegado a pensar que las primeras novelas ideales que leí, cuando empezaba a leer, eran obra de su compañera Lola Iturbe, que apasionaban a toda la juventud. Entonces tendría quince o dieciséis años, que empezaba a leer, y me dejaban embelesado con sus argumentos.
Con que el último día, cuando me dieron la licencia, me dijo que quería charlar un rato conmigo antes de marchar:
-"¿Sabes porqué te pedí para salir a trabajar?".
-"No, pero me lo figuro".
Me dijo que una vez haber atado todos los cabos con diversos compañeros, se fugaría y miraría o haría los posibles para pasar a Francia. Me dio las señas de su señora, a la que escribí, y le dije que pronto se reuniría con su marido. Cuando se terminó la dictadura de Franco y nos pusimos en contacto, me dijo que me había escrito, pero yo nunca recibí noticias hasta que terminó la dictadura.
-"¡Conseguistes lo que nadie ha conseguido! Que saliera a trabajar".
-"Pues a buen sitio has ido a parar". -
-"No me importa, el caso es salir".
Estuvimos mucho rato hablando.Que mi familia se le había portado muy bien con los envíos de material de bolsos que les mandaba, y acto seguido les giraban el dinero.
La persona de Juanel era un caso muy especial. Un hombre sencillo, inteligente y activo como nadie. Y Yo nunca podía haber llegado a pensar que las primeras novelas ideales que leí, cuando empezaba a leer, eran obra de su compañera Lola Iturbe, que apasionaban a toda la juventud. Entonces tendría quince o dieciséis años, que empezaba a leer, y me dejaban embelesado con sus argumentos.
Con que el último día, cuando me dieron la licencia, me dijo que quería charlar un rato conmigo antes de marchar:
-"¿Sabes porqué te pedí para salir a trabajar?".
-"No, pero me lo figuro".
Me dijo que una vez haber atado todos los cabos con diversos compañeros, se fugaría y miraría o haría los posibles para pasar a Francia. Me dio las señas de su señora, a la que escribí, y le dije que pronto se reuniría con su marido. Cuando se terminó la dictadura de Franco y nos pusimos en contacto, me dijo que me había escrito, pero yo nunca recibí noticias hasta que terminó la dictadura.
31.3.08
124
Los domingos que podíamos descansar, a primera hora nos hacían levantar y, después del recuento, nos hacían sacar todas las literas y fregar el piso para oír misa. Venía un cura de Buytrago con un monaguillo alto, que le clareaban las orejas. Llevaba una maleta de madera. Abría la maleta encima de la mesa, y sacaba dos candelabros, una cruz y un mantel. Nos hacían formar, y a la misa.
El monaguillo, durante la misa, cogía la cera de las velas ardiendo, y era un desaire haciéndose uñas largas, con un estado de nervios que llamaba la atención de los presentes. El cura no hacía más que tocarlo con el pie para que se estuviese quieto, cosa que no conseguía.
Los cuatro del pueblo, después de la misa, nos íbamos a pescar debajo del pantano. Con un anzuelo y una lombriz, no hacíamos más que tirar y sacar peces. Garín tiraba la caña, Soler los sacaba del anzuelo, Rodes los pasaba con una cuerda, y yo los freía, hasta que considerábamos que ya teníamos bastante para comer. Y así iban pasando los días.
El monaguillo, durante la misa, cogía la cera de las velas ardiendo, y era un desaire haciéndose uñas largas, con un estado de nervios que llamaba la atención de los presentes. El cura no hacía más que tocarlo con el pie para que se estuviese quieto, cosa que no conseguía.
Los cuatro del pueblo, después de la misa, nos íbamos a pescar debajo del pantano. Con un anzuelo y una lombriz, no hacíamos más que tirar y sacar peces. Garín tiraba la caña, Soler los sacaba del anzuelo, Rodes los pasaba con una cuerda, y yo los freía, hasta que considerábamos que ya teníamos bastante para comer. Y así iban pasando los días.
30.3.08
123
Un día, en la cantera, me ocurrió un caso muy chocante: resulta que ya era hora de plegar, y nos dieron la señal que iban a tirar una pega, y echamos a correr sin poder recoger las chaquetas que teníamos encima de unas rocas. Cuando terminó la explosión de la pega, fui a buscar la chaqueta, y me encontré que no tenía la cartera. Cuando llegué al barracón, di cuenta a los funcionarios. -"¿Tiene alguna sospecha?". Digo: -"¡Sí, señor! Es un libre". -"Vámonos". Fuimos al barracón de los libres. Iba con una gayata, haciéndola volar por los aires, antes de llegar al barracón. Estaban en la calle y, al vernos subir, con el aire del funcionario, me llamaron diciendo: -"¿Que se le ha perdido algo?". Digo: "¡Sí, una cartera!". La encontramos. Miré, no faltaba nada. Llevaba doscientas pesetas, fotos y algunos papeles. Entonces, el funcionario me preguntó: -"¿Te la han robado?". -"Dejémoslo estar".
Al día siguiente, tuvieron que marchar del grupo, porque los compañeros presos, sabedores del caso, si no llego a intervenir yo, los linchan. Después que me la devolvieron, el funcionario me dijo: -"Ustedes son unos bonifacios, que yo no los entiendo. Por muy necesitado que esté ¿Cómo se puede concebir que una persona que está en plena libertad pueda sustraerle la cartera a una persona que está cercada a toda vigilancia y falto de libertad? De no ser porque usted hizo el plan del bonifacio, lo mato. No obstante, le admiro por sus sentimientos".
Al día siguiente, tuvieron que marchar del grupo, porque los compañeros presos, sabedores del caso, si no llego a intervenir yo, los linchan. Después que me la devolvieron, el funcionario me dijo: -"Ustedes son unos bonifacios, que yo no los entiendo. Por muy necesitado que esté ¿Cómo se puede concebir que una persona que está en plena libertad pueda sustraerle la cartera a una persona que está cercada a toda vigilancia y falto de libertad? De no ser porque usted hizo el plan del bonifacio, lo mato. No obstante, le admiro por sus sentimientos".
29.3.08
122
Arriba, en el cabrestán, todo estaba montado muy a la ligera. Una especie de andamio provisional, que tenías que ir con los cinco sentidos donde ponías los pies, porque, de lo contrario, estabas expuesto a jugarte la vida. Con las vagonas en aquella altura, sin quitamiedos, y poca luz, estabas expuesto a jugártela en cualquier momento, cosa que ocurría muy a menudo.
Era preferible trabajar a la cantera, aunque en parte parecíamos estos que trabajan a galeras. No nos faltaba más que arrastrar las bombas con los pies, con los trajes de penado y un centinela cada veinte metros.
En cambio, en la descarga de la vagonas, éstas eran basculables, y tenías que ir con cuidado de que no te tragase uno de aquellos molinos, que engullían unas rocas que no no las podía abrazar un hombre, y con tan poca luz, que podía pasar cualquier cosa.
Era preferible trabajar a la cantera, aunque en parte parecíamos estos que trabajan a galeras. No nos faltaba más que arrastrar las bombas con los pies, con los trajes de penado y un centinela cada veinte metros.
En cambio, en la descarga de la vagonas, éstas eran basculables, y tenías que ir con cuidado de que no te tragase uno de aquellos molinos, que engullían unas rocas que no no las podía abrazar un hombre, y con tan poca luz, que podía pasar cualquier cosa.
28.3.08
121
El trabajo era agotador. Primero nos llevaron a un desmonte. A los cuatro del pueblo nos dieron una parihuela, una especie de dos barras de carrasca muy fuertes, con unas tablas clavadas en el medio. Nos hacían meter unas rocas que no las podíamos mover y, entre los cuatro, teníamos que cargarlas en unos vagones basculables, para después descargarlas al terraplén. Cuando llegabas al final de la jornada, los brazos te crecían cuatro dedos cada día. Y el encargado no hacía más que incitarnos al trabajo. Hasta que tú le decías: "¡El trabajo es duro, el jornal insignificante, y la comida fatal! Así ¿Qué le parece?". Entonces te tenía consideración.
Después nos trasladaron a otra cantera, en la parte superior del pantano, a la orilla del río. En aquella cantera cargábamos los vagones y, en malacate, o plano inclinado, subían las vagonas con un cabestrante, y las tiraban a unas tolvas donde, con unos molinos, lo trituraban todo y hacían machaca, garbancillo y arena, para la mezcla del cemento.
Todo aquello estaba montado muy a la ligera y, cuando enganchabas los vagones y empezaban a subir, tenías que correr, o de lo contrario estabas expuesto a sufrir las consecuencias.
Después nos trasladaron a otra cantera, en la parte superior del pantano, a la orilla del río. En aquella cantera cargábamos los vagones y, en malacate, o plano inclinado, subían las vagonas con un cabestrante, y las tiraban a unas tolvas donde, con unos molinos, lo trituraban todo y hacían machaca, garbancillo y arena, para la mezcla del cemento.
Todo aquello estaba montado muy a la ligera y, cuando enganchabas los vagones y empezaban a subir, tenías que correr, o de lo contrario estabas expuesto a sufrir las consecuencias.
27.3.08
120.- Estancia en Buytrago
A los tres días ya nos trasladaron a Buytrago. Aquel sí que era un campo con todas las de la ley. Había dos salones llenos de literas de madera con tres pisos, todo lleno de basuras, chinches y otras especies.
La comida era fatal. Estaba compuesta por unas lentejas con arroz, y, de condimento, una especie de grasa que quién sabe de lo que estaba compuesta. Las lentejas, madre mía las lentejas. Cada una tenía por lo mínimo dos gusanos negros. Al servirlas, toda la capa del plato estaba negra. Empezabas a sacarlas con la cuchara, pero a última hora te cansabas, cerrbas los ojos y empezabas a comer a lo que saliese. De modo que, tanto Soler como Rodes, Garín y yo, que comíamos juntos, sentados en plena calle, nos mirábamos y decíamos: "Muchachos, al ataque". Con que cerrábamos los ojos, y a comer. Para segundo plato, no lo había. Pero en el economato nos comprábamos trozos de tocino muy gordos y un poco de vino. Así pasábamos las comidas, y las cenas, que siempre vi lo mismo.
En la litera, a mí me tocó debajo de uno que trabajaba al cemento, y no podéis imaginar la cantidad de cemento que cada día tragaba. La limpieza brillaba por su ausencia.
Trabajábamos una semana de noche y otra de día, con turnos de diez horas, jornadas intensivas. Por la noche, hasta la una de la madrugada, aún íbamos resistiendo. Pero de la una hasta las cinco de la madrugada, se hacían aquellas horas insoportables. Parecía que no íbamos a terminar. Después, en el barracón, no podías descansar; pasaban recuento cuatro o cinco veces al día. El uno que terminaba de trabajar, el otro que tenía que entrar, y así sucesivamente, y no podías conciliar el sueño, a pesar de que estabas agotado.
La comida era fatal. Estaba compuesta por unas lentejas con arroz, y, de condimento, una especie de grasa que quién sabe de lo que estaba compuesta. Las lentejas, madre mía las lentejas. Cada una tenía por lo mínimo dos gusanos negros. Al servirlas, toda la capa del plato estaba negra. Empezabas a sacarlas con la cuchara, pero a última hora te cansabas, cerrbas los ojos y empezabas a comer a lo que saliese. De modo que, tanto Soler como Rodes, Garín y yo, que comíamos juntos, sentados en plena calle, nos mirábamos y decíamos: "Muchachos, al ataque". Con que cerrábamos los ojos, y a comer. Para segundo plato, no lo había. Pero en el economato nos comprábamos trozos de tocino muy gordos y un poco de vino. Así pasábamos las comidas, y las cenas, que siempre vi lo mismo.
En la litera, a mí me tocó debajo de uno que trabajaba al cemento, y no podéis imaginar la cantidad de cemento que cada día tragaba. La limpieza brillaba por su ausencia.
Trabajábamos una semana de noche y otra de día, con turnos de diez horas, jornadas intensivas. Por la noche, hasta la una de la madrugada, aún íbamos resistiendo. Pero de la una hasta las cinco de la madrugada, se hacían aquellas horas insoportables. Parecía que no íbamos a terminar. Después, en el barracón, no podías descansar; pasaban recuento cuatro o cinco veces al día. El uno que terminaba de trabajar, el otro que tenía que entrar, y así sucesivamente, y no podías conciliar el sueño, a pesar de que estabas agotado.
26.3.08
119.- Retorno a la cárcel de Yeserías
De modo que, a mediados de Abril, nos devolvieron a Yeserías. Pero nuestra estancia allí fue corta. Caso curioso fue que íbamos custodiados por el funcionario don Nico, una bella persona. Resulta que, de los ocho que nos quedamos, al llegar a la puerta de la cárcel, cuatro de los que íbamos fueron a ver a sus familiares, y no podéis pensar lo que pasó don Nico hasta que volvieron.
También vinieron a recibirnos Teresa e Ismael, y Flora. Estuvieron mucho rato hasta que acudieron todos. Don Nico tenía que esperar, porque íbamos incluidos en el mismo parte, y, con la leche que tenía el director de allí, si se presenta a hacer la entrega sin el completo, se abre un expediente a don Nicomedes, y a los compañeros los habrían declarado prófugos. Estábamos parados en un lugar muy disimulado de la cárcel, pero el funcionario tenía miedo que no saliese ningún oficial, alguien que lo conociese y le llamase la atención en tal circunstancia.
Así que, al final, nos volvieron a ingresar en Yeserías, pero estuvimos poco tiempo.
También vinieron a recibirnos Teresa e Ismael, y Flora. Estuvieron mucho rato hasta que acudieron todos. Don Nico tenía que esperar, porque íbamos incluidos en el mismo parte, y, con la leche que tenía el director de allí, si se presenta a hacer la entrega sin el completo, se abre un expediente a don Nicomedes, y a los compañeros los habrían declarado prófugos. Estábamos parados en un lugar muy disimulado de la cárcel, pero el funcionario tenía miedo que no saliese ningún oficial, alguien que lo conociese y le llamase la atención en tal circunstancia.
Así que, al final, nos volvieron a ingresar en Yeserías, pero estuvimos poco tiempo.
25.3.08
118
De modo que el oficial nos dijo que habíamos sido elegidos para recoger todo el material de la empresa Molán, durante el periodo de veintitantos días, y que, si nos venía de gusto, podíamos mandar a buscar a la familia, cosa que aceptamos encantados. Así, en dos o tres días, vino mi mujer con el chico Ismael, y la señora de Soler. Nos destinaron un barracón pequeño. Nos comunicaron la llegada, fuimos a recibirlos a la carretera del Escorial, que estaba al pie de la montaña, a 7 km. del monasterio. Antes de que llegasen, en el cruce del valle ya les advirtieron que les estábamos esperando. El encuentro fue en el autobús que nos subió hasta arriba, pasando por el medio de los Juaneles, las dos piedras de 14 metros de altura, que costó una fortuna trasladarlas desde Toledo.
Les tuvimos que dar unas cuantas explicaciones a aquellos pasajeros que iban al Escorial.
Pasamos veinte días deliciosos con la familia, después de tantos años de cárcel.
El trabajo era muy llevadero: recoger los andamios y tablones, y con el camión de la empresa, trasladarlos al Escorial, o sea, a la estación, hasta que dejamos limpio todo el monasterio, que tiene unas dimensiones del doble que las del Escorial.
Al otro lado del Cabezo está la entrada del templo, donde está ahora enterrado el Caudillo y otras personalidades, según anunciaron rumores de por allí . La Cruz, entonces, aún no estaba hecha. Solamente en maquetas que estaban expuestas en la puerta principal del monasterio.
¿Qué ha pasado con el Valle de los Caídos?
Yo, que trabajé más de siete meses, puedo hablar con conocimiento de causa de lo que pasó allí. En la década entre los cuarenta y los cincuenta, cuando España pasaba por la angunia del hambre, allí se tiraban los millones a mansalva, sin reparar que la clase obrera cobraba unos jornales míseros que ni apenas podían comer. Después, en las cárceles estábamos como las sardinas, y eran las redadas que continuamente ingresaban en las Provinciales.
En el Valle, la inmensa mayoría de los reclusos ya era de pena reducida, porque así no estábamos motivados a la fuga, debido a que ya llevábamos muchos años internados, y ello tenía un valor muy importante.
Muy a menudo, leo cartas en La Vanguardia haciendo relación a Ramón Rubials por su estancia en la cárcel. Yo no quiero quitarle méritos a su estancia en el cautiverio, sino todo lo contrario. Yo, que he seguido las inmensas cárceles de España, he convivido con una cantidad inmensa de compañeros de varias ideologías, como cenetistas, comunistas, algún socialista y muchos maquis; y muchos responsabilizados por éstos al paso de la cruzada de Francia. En Zaragoza, habría cerca de 500 en prisión preventiva, y en San Miguel de los Reyes, unos 500. Yeserías era una cárcel de tránsito. Al Valle de los Caídos, no conocí ninguno. Allí, entre los tres grupos, los que más éramos, de la C.N.T., y alguno de delito común.
El trato que nos daban y la comida, comparado con las cárceles anteriores, era bastante aceptable; pero lo más vergonzoso era que lo que hacíamos hoy lo deshacíamos mañana. En siete meses, no vi ni una pizca de progreso de obra en el monasterio.
Con toda esta gente que conviví en el cautiverio, no he oído hablar de nadie ya; todos han muerto. Los Sigfrido Catalán, Juanel, Carrasquer Félix, Heliodoro Sánchez, Ángel María de Lera y Sastre, Félez y tantos otros, y nosotros, que de 17 sólo quedamos dos. Hasta sus esposas han muerto.
Les tuvimos que dar unas cuantas explicaciones a aquellos pasajeros que iban al Escorial.
Pasamos veinte días deliciosos con la familia, después de tantos años de cárcel.
El trabajo era muy llevadero: recoger los andamios y tablones, y con el camión de la empresa, trasladarlos al Escorial, o sea, a la estación, hasta que dejamos limpio todo el monasterio, que tiene unas dimensiones del doble que las del Escorial.
Al otro lado del Cabezo está la entrada del templo, donde está ahora enterrado el Caudillo y otras personalidades, según anunciaron rumores de por allí . La Cruz, entonces, aún no estaba hecha. Solamente en maquetas que estaban expuestas en la puerta principal del monasterio.
¿Qué ha pasado con el Valle de los Caídos?
Yo, que trabajé más de siete meses, puedo hablar con conocimiento de causa de lo que pasó allí. En la década entre los cuarenta y los cincuenta, cuando España pasaba por la angunia del hambre, allí se tiraban los millones a mansalva, sin reparar que la clase obrera cobraba unos jornales míseros que ni apenas podían comer. Después, en las cárceles estábamos como las sardinas, y eran las redadas que continuamente ingresaban en las Provinciales.
En el Valle, la inmensa mayoría de los reclusos ya era de pena reducida, porque así no estábamos motivados a la fuga, debido a que ya llevábamos muchos años internados, y ello tenía un valor muy importante.
Muy a menudo, leo cartas en La Vanguardia haciendo relación a Ramón Rubials por su estancia en la cárcel. Yo no quiero quitarle méritos a su estancia en el cautiverio, sino todo lo contrario. Yo, que he seguido las inmensas cárceles de España, he convivido con una cantidad inmensa de compañeros de varias ideologías, como cenetistas, comunistas, algún socialista y muchos maquis; y muchos responsabilizados por éstos al paso de la cruzada de Francia. En Zaragoza, habría cerca de 500 en prisión preventiva, y en San Miguel de los Reyes, unos 500. Yeserías era una cárcel de tránsito. Al Valle de los Caídos, no conocí ninguno. Allí, entre los tres grupos, los que más éramos, de la C.N.T., y alguno de delito común.
El trato que nos daban y la comida, comparado con las cárceles anteriores, era bastante aceptable; pero lo más vergonzoso era que lo que hacíamos hoy lo deshacíamos mañana. En siete meses, no vi ni una pizca de progreso de obra en el monasterio.
Con toda esta gente que conviví en el cautiverio, no he oído hablar de nadie ya; todos han muerto. Los Sigfrido Catalán, Juanel, Carrasquer Félix, Heliodoro Sánchez, Ángel María de Lera y Sastre, Félez y tantos otros, y nosotros, que de 17 sólo quedamos dos. Hasta sus esposas han muerto.
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